Eslovenia: El crepúsculo del régimen de la independencia (1)

Eslovenia_1991 Proclamación de la independencia de Eslovenia: 25 de junio de 1991; Foto: Ukom Archive

Eslovenia: El crepúsculo del régimen de la independencia (1)

Carlos González Villa, Eurasian Hub, 4 de septiembre, 2013

Revolución, reforma, conquista (y reconquista), restauración y transición, entre otros, son términos normalmente utilizados para denotar momentos o eventos más o menos prolongados en la evolución política de un Estado. En muchos casos, el significado de esos acontecimientos es utilizado por las nuevas élites dominantes para justificar su permanencia en el poder en el período posterior, estirando el marco temporal del propio hecho hasta el punto de que su propia defensa se convierte en la idea que aglutina a las instituciones del nuevo régimen

Del proceso soberanista esloveno se puede decir algo similar, hasta el punto de que el régimen político esloveno de las últimas dos décadas bien puede ser denominado como ‘régimen de la independencia’. En el período que va desde el proceso de los ‘Cuatro de Ljubljana’, en la primavera y verano de 1988, hasta la proclamación de la independencia, que se materializó en junio de 1991 (y que incluyó un breve conflicto armado con el Ejército Popular Yugoslavo), se desarrolló un proceso secesionista que permitió a las élites marcar el ritmo de sus relaciones con las grandes potencias sin la carga que suponía la pertenencia a la federación yugoslava. Desde entonces, los componentes de esas élites han asumido como forma de legitimación su propia participación en el proceso de independencia, ya sea haciendo gala de ella (y compitiendo por los honores) o renegando de su participación en el anterior régimen (y acusando de lo propio a la parte contraria).

El ‘régimen de la independencia’ consiste en el conjunto de instituciones (formales e informales) y valores que han regulado el acceso al poder en Eslovenia en las últimas dos décadas. Si se atiende a la vertiente más formalista, hay que resaltar que la Constitución de 1991 consagra el principio del pluralismo político y la protección de los derechos y libertades individuales. Ello fue producto de la evolución del régimen anterior, en el que muchos de esos derechos ya estaban garantizados, y de la ruptura constitucional del otoño de 1989, en la que el acceso a las instituciones dejó de efectuarse a través del sistema de elección de delegados para introducir a los nuevos partidos políticos. Dicha evolución, con sus características particulares, no deja de ser similar a la experimentada por otros países del Este de Europa que, en aquellos años, asumieron la democracia liberal como forma de organización del Estado en plena ofensiva geopolítica de Estados Unidos.

Sin embargo, pensar en un cambio de régimen implica tomar nota de la evolución de los elementos que le dieron su forma definitiva: las bases sociales y las élites políticas. Las primeras forman parte de las pequeñas burguesías que, como apunta Francisco Veiga en La Trampa Balcánica, surgieron del socialismo y que se desarrollaron especialmente tras las reformas liberalizadoras de los años sesenta. Su extensión fue un fenómeno que afectó a toda Yugoslavia, aunque en diferente medida. En Eslovenia fueron el sustento del crecimiento del nacionalismo en los años ochenta; un proceso caracterizado por la prevalencia del discurso economicista, derivado del hecho de que la república era la entidad más vinculada a los procesos económicos de centro (i.e. aquellos enfocados en la exportación de bienes industriales) y del relativo atraso de las regiones periféricas a las que, argumentaban, debían subsidiar (a la vez que hacían uso de sus materias primas y recursos humanos).

Aquel discurso era fundamentalmente falaz. Como todo argumentario nacionalista, extraía elementos de la realidad que, no por ser ciertos, explican la complejidad de la situación. Y no sólo fallaba la interpretación del subdesarrollo del determinadas regiones yugoslavas. Aunque Eslovenia ocupaba una posición central en la estructura económica yugoslava y siguió actuando como uno de los principales actores económicos en la región tras la disolución del país, su posición en relación a la economía europea era la de periferia sujeta a los términos comerciales de los países más poderosos.

Ello se intentó compensar con voluntarismo político y un gran entusiasmo de la población acerca de los beneficios de la integración en la UE. Pero, ¿había otra opción? Eslovenia, con sus poco más de dos millones de habitantes (equivalentes a la población de la provincia de Alicante) y sus 20.272 km(que exceden por muy poco a la superficie de la provincia de Cáceres), habría tenido serios inconvenientes si no hubiera orientado su camino hacia las instituciones comunes continentales. De hecho, no parece probable que el proceso soberanista se hubiera lanzado con tanto ímpetu (o que se hubiera lanzado en absoluto) de no ser por la existencia de un proyecto capaz de integrar al país fuera de Yugoslavia.

Los primeros tres lustros dejaron claras las relaciones de dominación bajo la pantalla de la política de ampliación que propició el ingreso de doce nuevos países en 2004 y 2007, pero la parafernalia europeísta evitó mayores discusiones sobre lo que realmente se jugaban los eslovenos. Al final, las contradicciones latentes sólo se destaparon con el estallido de una gran crisis mundial y su secuela europea. Hoy en Eslovenia se discute si las reformas estructurales, las privatizaciones y la reforma del sector bancario, se llevaran a cabo sin o con la intervención de la troika, por las buenas o por las malas, en un momento en el que una parte de la población sufre las consecuencias de la precarización.

Todo ello ocurre en un ambiente que dista mucho de ser el de un pequeño país idílico dispuesto a enfrentar bien unido el vendaval. “La intensidad de la crisis actual”, me comentó un periodista hace pocos meses en Ljubljana, “no es muy diferente a la de 1991-1993. Entonces hubo un fuerte incremento del desempleo tras una brutal caída del PIB. Fue un momento difícil desde el punto de vista social, pero al menos se tenía la sensación de que saldríamos de esa situación peleando juntos. Hoy, ese sentimiento no existe”.  El crepúsculo del ‘régimen de la independencia’ se observa primero en una población que ya no cree en la existencia de unas instituciones que velen por el futuro de sus ciudadanos. Dos millones de personas que en los últimos años van tomando postura y que se disuelven en grupos de patriotas sin Estado, nostálgicos del régimen anterior, hastiados y algunos, otros, que con aplomo intentan abrirse paso para plantear públicamente sus alternativas.

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