Berlín-Tallin: cuatro días con ampollas en el trasero

Berlin_Tallinn Paisaje ferroviario entre Suwałki y Mockava. En 2011, Miko Itälahti hizo el mismo recorrido Berlin-Tallinn para un reportaje. La eternización de algunos trayectos ferroviarios entre ciudades europeas puede resultar una experiencia exasperante. ¿Ha probado el lector a hacer en tren los 212 kilómetros que separan a Bruselas de Amsterdam?

Berlín-Tallin: cuatro días con ampollas en el trasero

Resulta posible desplazarse en tren desde la capital alemana hasta la de Estonia. Pero más que los paisajes, lo que más llamó la atención al periodista estonio que probó la experiencia es la lentitud del viaje y la necesidad de la armonización europea de los ferrocarriles.

Eesti Päevaleht, 5 julio 2013 [republicado por PressEurop]

La experiencia me demostró que el proyecto del Rail Baltic es realmente necesario. Los trenes existentes no son idóneos ni para el transporte de pasajeros, ni para el de mercancías. Siim Kallas, comisario europeo de Transporte [de nacionalidad estonia] me contó cómo una vez pidió por curiosidad que le proporcionaran un billete para realizar el trayecto de Berlín a Tallin en tren. Y se lo consiguieron, aunque no le comentaron que el trayecto pasaba por Moscú.

Las personas que conocen bien el estado del ferrocarril [en la región], confirman que actualmente no se puede llegar hasta Tallin con el tren de Europa, porque en algún punto entre Lituania y Polonia ni siquiera hay raíles.

Por ello me sorprendió escuchar lo que me dijo un funcionario del Gobierno del condado de Harju cuando me llamó para proponerme un trayecto de Berlín a Kaunas. “¿Todo el recorrido en tren?”, le pregunté para asegurarme. “Sí, en tren”, me confirmó. Tomé la decisión de probar esta experiencia en dos segundos. Decidí incluso llegar hasta Tallin, si era posible.

Día 1

Viernes, 14 de junio. El expreso Berlín-Varsovia. No hay otra estación más pomposa en Europa que la estación principal de la capital alemana: colosal, toda realizada con cristal iridiscente, con vistas a la cancillería alemana y el Reichstag.

Pero no hay tiempo para contemplar la estación: el tren llega a la hora en punto, a las 17 h 37. Me dirigen hacia un vagón especial, donde me sirven la cena. Me siento como Hércules Poirot que debe resolver un crimen que se ha cometido en el tren. Me resulta agradable este movimiento elegante del tren de larga distancia, no como esos famosos trenes de alta velocidad que alcanzan hasta 300 km/h. Esos no van hacia el Este. La velocidad del tren que va a Varsovia llega como máximo a 160 km/h y se reduce a entre 60 y 80 km/h en los tramos estrechos. “Desde que se inauguró una nueva autovía, es más rápido ir en coche que en tren”, reconoce con tristeza el director de márketing de la línea ferroviaria.

Una vez traspasada la frontera germano-polaca, se nota que estamos en el Este. El trayecto se entrecorta con frenadas y aceleraciones regulares. “¡Es como si realmente acabara la parte de Rail y empezara la de Baltic!”, bromea un viajero experimentado.

23 h 14: el tren Express entra en la Estación Central de Varsovia, Warszawa Centralna. Ya es de noche pero el trayecto ha sido soportable.

Día 2

Sábado, 15 de junio. Tren especial Varsovia–Sestokai–Kaunas [Polonia-Letonia-Lituania]. El tren sale de Varsovia a las 9 h 40, con dirección a Lituania. Tras media hora de trayecto, se nota que los raíles de Varsovia que van hacia el norte del país son de otra época. El tren no alcanza en absoluto los 120 km/h anunciados. Es evidente que en Polonia el coche es más práctico que el tren.

Nos detenemos en cada paso a nivel y son cientos, antes de volver a avanzar mientras se escucha un silbido, al ritmo de un peatón. “Al Gobierno polaco sólo le interesa la construcción de autovías, el ferrocarril no le importa”, me explica el asistente de un eurodiputado polaco, que viaja conmigo. “Aún no han utilizado los 2.000 millones de euros de subvenciones europeas destinadas a la red ferroviaria”, lamenta.

A medio día, el tren se detiene en Bialystok. Aquí se acaba la electricidad. La locomotora azul se sustituye por una verde, que funciona con diésel. Media hora de parada. Esperamos de nuevo durante 45 minutos al norte de Polonia, en Suwalki, para dejar pasar un tren que conecta Vilna con Varsovia. Al contrario de lo que me dijeron, hay un tren directo una vez al día, aunque no sea muy cómodo, entre Vilna y Varsovia.

Durante la última hora antes de llegar a la frontera lituana, el tren avanza a entre 20 y 25 km/h. Pero en este punto es donde las vistas son más bonitas, con los campos polacos y las numerosas iglesias… Mientras contemplo el paisaje, veo algunas obras en las vías. Al llegar a Sestokai, se acaban las vías de 1.435 mm de ancho y comienzan las de 1.520 mm. Por lo tanto, hay que cambiar de tren.

Los representantes del ferrocarril lituano comentan que firmaron un acuerdo para que en 2015 el mismo tren pueda ir hasta Kaunas, gracias a construcción de una red conforme a las normas europeas. Para los lituanos, se trataría de una primera etapa del Rail Baltic. En cambio, los estonios y los letones dudan de la intención de los lituanos de prologar la construcción.

Tras ocho horas y media de viaje, ¡qué placer poner el pie en el andén de Kaunas! ¡Acabo de concluir la mitad del viaje!

Día 3

Domingo, 16 de junio. Kaunas–Vilna, Vilna–Daugavpils. Continúo el trayecto solo al tomar el tren de Kaunas hacia Vilna. Me sorprenden las nuevas líneas de trenes rojos de dos pisos. El trayecto es rápido y agradable. Sin embargo, la cruda realidad nos espera al llegar a Vilna. El tren entre Lituania y Letonia pasa por San Petersburgo. Una auténtica nostalgia soviética: el tren, lleno hasta reventar, inicia la marcha resonando. En el vagón, los asientos son increíblemente estrechos, suena una música rusa, la gente se dispone a dormir… A las 22 horas, llegamos a Daugavpils y me pregunto si este viaje puede ser aún más desapacible.

Día 4

Lunes, 17 de junio. Daugavpils–Riga, Riga–Valga, Valga–Tartu–Tallin. Las calles de Daugavpils están desiertas, tanto por la noche como al amanecer. En Letonia circulan los mismos trenes antiguos accionados con diésel que en Estonia. Intento interesarme por lo que veo a través del cristal, pero los cuatro días de tren empiezan a pasarme factura. Las paradas son frecuentes: 19 hasta Riga. Si bien las estaciones letonas están bien reformadas, no es el caso de las vías. El tren Riga-Valga avanza con extrema lentitud y se detiene en todas partes.

Me siento agotado al subir al tren de Tallin a Valga, en Estonia. Los minutos entre las últimas paradas (¡33 en total!) pasan muy lentamente. A unas estaciones de Tallin, una asesora comercial del operador de trenes “Edelaraudtee” me pregunta cómo he podido soportar este trayecto casi sin moverme. “Bueno, eso no es nada. Empecé el viaje hace cuatro días en Berlín”. “¡Pues tiene que tener ampollas en el trasero!”, me dice con empatía. ¡Y es verdad! ¡Me rindo! No aguantaré hasta la estación de Tallin. Me bajo en la parada más cercana a mi casa.

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