Fiesta en Zagreb

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Fiesta en Zagreb: sin borrachera pero con resaca

Carlos González Villa, 1 de julio, 2013

En la media noche del 30 de junio, la televisión pública croata ofreció un evento comparable a la ceremonia de apertura de unos Juegos Olímpicos. Se trató de la puesta en escena de una noche mágica en la que todos los sueños eran realizables. La plaza Ban Jelačić de Zagreb tenía el aspecto de un gran teatro (de hecho, las actuaciones musicales fueron el centro del evento) en el que solo tenían cabida los invitados e invitadas correspondientes y todo aquel ciudadano dispuesto a comportarse. Nada que ver con la celebración por el retorno de los generales Gotovina y Markač (, que tuvo un carácter más popular. Una muy diferente forma tuvo el evento organizado para celebrar la entrada de Croacia en un selecto club que, hoy por hoy, no encuentra un horizonte al que caminar. Los ciudadanos croatas, sobre todo aquellos que no asistieron a la fiesta, lo saben bien.

No era una noche para preguntas incómodas, pero ver la instalación de las nuevas fronteras de la UE en Serbia y Bosnia y Hercegovina mientras, en Zagreb, se interpretaba la ‘Oda a la Alegría’, no dejaba de ser chocante. Por un lado, el impacto económico sobre esos países será tremendo (especialmente en el caso de Bosnia). Por el otro, es necesario tener una cierta voluntad para encontrar un motivo de celebración en la instalación de unas estrictas fronteras precisamente en esos lugares, en los que se materializaron los planes excluyentes que hoy se legitiman.

Pero se suponía que no debía ser una noche para hacer segundas lecturas. Se puede hablar pues de la llamativa intervención de la Presidenta de Lituania, Dalia Grybauskaitė, única jefa de Estado que intervino en la ceremonia. En su discurso, destacó el hecho de que tanto Lituania como Croacia eran dos naciones muy vinculadas al baloncesto. En consecuencia, obsequió al presidente Josipović una camiseta de tirantes azul con detalles amarillos y, por supuesto, con el número 28. Podríamos preguntarnos si ese es el modelo que buscaron las potencias que hoy dirigen Europa: el de pequeños Estados manejables que eviten tener auténticas relaciones políticas que podrían garantizar gobiernos verdaderamente democráticos en sus países. Pero no era noche para preguntas incómodas.

Tampoco era noche para analizar discursos. En las fiestas suceden y se dicen cosas que, aunque luego se tengan que repensar, no dejan de suceder y de ser dichas. Para algo son las fiestas. El presidente Van Rompuy debió pensar algo así cuando hacía continuas referencias a la importancia del valor de la unidad en la organización a la que Croacia ingresaba. Algo parecido le debió pasar cuando se refirió al espacio de la antigua Yugoslavia enumerando a sus componentes: Eslovenia, Croacia, Bosnia y Hercegovina y “Priština y Belgrado”. Las jerarquías en este caso siempre han estado claras, pero no debe haber lugar para la duda. Por eso, José Manuel Durão Barroso destacó la importancia que tendrá Croacia como ejemplo para los procesos de adhesión de los demás Estados de la región, un papel tradicionalmente asignado únicamente a Eslovenia, que ocupa el lugar más elevado en la jerarquía. No podía faltar una mención a la contribución de Croacia por la reconciliación con sus vecinos. Y de hecho no faltó.

La fiesta de Zagreb no tiene tanto que ver con Croacia como con el estado de esta UE, una organización que no se haya a sí misma y que en todas sus dimensiones, incluyendo la política de ampliación, funciona con una inercia preocupante. Esa forma de ver el mundo, moldeada a partir de los intereses geopolíticos de sus patrones (de dentro y fuera de la Unión), puede estallar en las manos de sus actuales dirigentes cuando los pueblos sean capaces de orientar y organizar políticamente las dudas e inquietudes que ya tienen. Zagreb fue un ejemplo de ello en mayo de este mismo año, cuando activistas e intelectuales de diferentes puntos de la región organizaron la segunda edición del Foro Balcánico, en el marco del sexto Festival Subversivo, que este año contó con la presencia destacada de Alexis Tsipras.

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