Rumania y Bulgaria, regreso a la casilla de salida

El primer ministro Victor Ponta estrecha la mano a un Durao Barroso que resulta ser un agresivo martillo. En efecto, el presidente de la Comisión Europea ha “martilleado” en varias ocasiones al premier rumano con duras críticas. El fotomontaje proviene de la revista Academia  Caţavencu, célebre publicación satírica rumana, a través del blog Karikatură politikă

Àlex Amaya Quer, Cluj-Napoca, 6 de octubre, 2012

La crisis política rumana se ha cerrado finalmente en falso. Iniciada con las grandes protestas sociales de enero, evolucionó después en un ruidoso choque de trenes entre el presidente Traian Băsescu y una nueva mayoría parlamentaria de centro-izquierda que forzó la suspensión parlamentaria del presidente. La invalidación por parte de la Corte Constitucional del referéndum para ratificar dicha suspensión, celebrado el 29 de julio, ha motivado el retorno de Băsescu al palacio de Cotroceni, devolviendo al país al mismo lugar político en el que se encontraba dos meses atrás.

La sensación de hastío y pérdida de tiempo y recursos que determinó una insuficiente participación popular en el referéndum (solamente votó un 46% del electorado, y de ahí su invalidación), ha quedado reflejado en una reciente encuesta, según la cual un 87% de los rumanos no confía en los partidos políticos, un 60% desconfía del parlamento y un 58% de la Corte Constitucional. Tres cuartas partes del público rumano opinan que los escándalos políticos van a continuar este otoño, y que la cohabitación entre Băsescu y el primer ministro Ponta va a ser imposible. El mismo porcentaje cree que su vida va a ser peor en comparación con el comienzo de 2012. El 2 de diciembre se celebrarán elecciones parlamentarias, en las que la Unión Social-Liberal (USL) parte como favorita pese al desgaste sufrido durante la crisis veraniega. Con todo, el panorama político es igual de incierto que medio año antes, por lo que nadie descarta un nuevo intento de impeachment presidencial y un 2013 plagado de comicios adelantados.

Las tensiones políticas del último trimestre no solamente han tenido repercusiones graves en la confianza de la población rumana hacia sus líderes. Desde el mismo inicio del proceso de destitución de Băsescu, Bruselas ha mantenido un ojo crítico e irritado sobre el circo bucarestino. Las maniobras ofensivas del gobierno de Ponta contra la Corte Constitucional y el estamento judicial han encolerizado a la Comisión Europea, la cual, por boca del mismo Barroso y sobre todo de la comisaria Reding, ha llamado la atención en diversas ocasiones y con dureza sobre la falta de escrúpulos del premier rumano. La prensa occidental ha convertido a Ponta en una suerte de caudillo balcánico, incapaz de respetar las mínimas reglas democráticas y dispuesto a tirar por la borda dos décadas de europeización del país cárpato mientras consolida un poder autoritario que recordaría a los oscuros tiempos del Conducător. Pese a que esta imagen es bastante exagerada, ya que Ponta no tiene un proyecto definido que incluya resetear la vida política rumana y devolverla a antes de 1989, sus aliados socialdemócratas europeos han alimentado el fuego, criticando su forma de gobernar.

En el plano europeo, la consecuencia más perniciosa para Rumania tras la crisis veraniega ha sido una nueva demora del acceso de este país al Área Schengen. Dado que la batalla política rumana incluyó un ataque sin precedentes del ejecutivo sobre la Corte Constitucional, el informe de julio del MCV fue enormemente negativo. El MCV, o Mecanismo de Cooperación y Verificación, mide los avances en materia de reforma judicial en Rumania y Bulgaria, siendo uno de los indicadores más fiables para justificar o no el acceso de estos países a Schengen. El plan inicial era que un informe positivo en julio avalara en septiembre la entrada de los dos socios balcánicos, laminando los argumentos del frente opositor formado por Alemania, Holanda y Finlandia. Pero la crisis rumana ha dado al traste con estas expectativas. Pese a que Bulgaria, por su parte, ha procurado lavar sus trapos sucios en casa, no ha mantenido una imagen de socio estable y leal, como demuestran su polémica negativa a integrarse en un futuro en la Eurozona o sumarse a la iniciativa de unión bancaria. Y aun tras los cantos de sirena de Barroso, Bulgaria mantiene una posición escéptica ante la evolución de una UE en crisis. La solidaridad de la presidencia chipriota no ha reducido las probabilidades de que ambos países tengan que esperar a 2013 para recibir una respuesta más positiva, con el riesgo que para entonces Schengen sea un espacio menos libre que en la actualidad.

Pero la posición de Bruselas y Berlín no puede disociarse de la gravísima crisis que sufre la Eurozona, y especialmente los países de la periferia mediterránea. La estéril guerra política en Bucarest y las explícitas dudas de Sofía no han hecho sino aportar argumentos a aquellos líderes políticos occidentales que desean mantener a Rumania y Bulgaria en un limbo institucional dentro del entramado europeo mientras no se resuelvan los desafíos planteados por Grecia, España, Portugal e Italia. Todo ello se combina con la condición de Rumania y Bulgaria de inestable frontera exterior europea y de voraces pero ineficientes receptores de ayuda comunitaria. Bruselas se plantea seriamente recortar los fondos de cohesión dedicados a estos países y varios programas han sido ya suspendidos. En definitiva, la incapacidad rumana de poner orden en su sistema político y el polémico escepticismo búlgaro no hacen más que justificar, a ojos de los atribulados socios occidentales, un nuevo retorno de estos países a la casilla de salida del juego comunitario.

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