La paradoja stalinista

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El libro clásico del sociólogo británico Mervyn Matthews, publicado en 1972, suministraba indicios más que significativos sobre la “paradoja stalinista”. Muy en la línea argumental del dictador soviético, la formulación de la prosloika pretendía disimular, ya en 1936, la aparición de una inteligentsia que ocupaba el espacio de una verdadera clase media soviética, la cual gozaba de una educación claramente diferenciada de los otros grupos sociales.

 

Post publicado en colaboración con el Grup de Recerca de Historia Actual (GReHA)

La “paradoja stalinista” es un mecanismo que comenzó a manifestarse en los años cincuenta del siglo XX en el bloque del Este, y cuyas implicaciones aún tienen profundas implicaciones en los acontecimientos del Este europeo.

El punto de partida es el modelo de desarrollo económico que se habían fijado los estados que habían entrado en la órbita soviética a partir de 1945, y que era un calco del desarrollado en la URSS bajo el régimen stalinista. Ante todo, ese modelo perseguía el desarrollo de una potente industria pesada. En parte porque se creía que con ese músculo se garantizaría la autosuficiencia económica, clave de la lucha contra el enemigo capitalista. La resistencia que los soviéticos habían logrado oponer a los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, no solo había estado basada en las enormes reservas humanas y la dura climatología, sino también en los miles de tanques y cañones que las fábricas habían construido. Además, solo desde las fábricas se podía aspirar a mejorar el nivel de vida del conjunto de la población. La concepción marxista del progreso implicaba que un país era mayor de edad sólo cuando tenía la capacidad de modificar profundamente el entorno, y eso sólo se podía lograr desde las ciudades y las fábricas.

En segundo lugar, la industria tenía por misión transformar la base social de los países del Este, especialmente la de aquellos cuya población activa era mayoritariamente agrícola. Para los marxistas europeos, el campesinado nunca llegó a ser política y socialmente fiabla al cien por cien; sólo el proletariado podía defender y consolidar los logros de la revolución. Los regímenes comunistas pusieron manos a la obra, y  efectivamente, en algunos países estas transformaciones fueron muy profundas.

Pero estas transformaciones, con ser esenciales, no explican por sí mismas el apoyo social cosechado por los regímenes comunistas en los Balcanes, dado que se produjeron en otros países del Este -como Polonia- en los que el partido fue siempre una superestructura impuesta de forma artificial sobre la sociedad. Lo realmente característico fue que poner en pie esa gran industria requería forzosamente  la creación de un sector servicios mínimamente eficaz y unos cuadros técnicos y directivos. Eso se traducía en la necesidad de disponer de  todo un ejército de gerentes especializados, planificadores, burócratas, economistas, ingenieros, peritos, funcionarios, profesores, juristas y un larguísimo etcétera.

Por lo tanto, y en esencia, los regímenes comunistas en los Balcanes, es decir, en la zona más subdesarrollada de Europa oriental, contribuyeron realmente a crear unas clases medias de extracción plenamente popular. Y este proceso sí que marca diferencias con respecto al resto del bloque del Este, y explica el mayor éxito de los regímenes comunistas en los Balcanes. Ciertamente que a cualquier observador occidental que haya visitado esos países en los últimos treinta años la denominación “clases medias” puede parecerle exagerada. ¿Poseían conciencia de sí mismas?¿Disponían de una capacidad económica o un nivel de vida que pudiera definirlas como tales? Desde dentro del sistema, las similitudes eran mucho más evidentes. Los integrantes de la nueva burguesía no disponían de un nivel económico muy superior al de un obrero cualificado, pero poseían poder: para obtener más rápidamente un automóvil o un piso en el lugar conveniente, para viajar al extranjero, para comprar artículos de contrabando u obtener algunas divisas occidentales, o para pasar a los primeros puestos en la cola del médico. Por otra parte, la consideración social de la que gozaban en el Este los equivalentes de las “profesiones liberales” capitalistas, era muy superior a la que se le otorgaba en Occidente.

Pero sobre todo, jugaba la consideración de las expectativas sociales. En comparación con el panorama de pobreza, enfermedades crónicas y analfabetismo que asolaban a las clases populares (mayoritariamente agrarias) de los países balcánicos antes de la guerra, el salto vivido en los años sesenta era revolucionario. Nuevamente, el observador occidental podía considerar que este welfare state comunista era una versión a lo pobre del occidental, lo cual no podía justificar el apoyo social al régimen.  Sin embargo, a ojos de  los campesinos del sudeste europeo la experiencia era muy otra: nunca antes se había disfrutado de unos servicios sociales parecidos. Y sobre todo, por primera vez sus hijos podían acudir a la universidad o los institutos técnicos al margen de su procedencia.

(Procedencia: Francisco Veiga, La trampa balcánica. Una crisis europea de fin de siglo, Grijalbo-Mondadori,  Barcelona, 2002,  pags. 195-200)

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