Cabeza de Boc

El ya ex primer ministro de Rumania, Emil Boc

La dimisión de Emil Boc, primer ministro de Rumania ha sido interpretada por la prensa internacional como una consecuencia directa de las protestas sociales que durante dos semanas han tenido lugar en Bucarest y otras sesenta ciudades del país. No en vano, las principales exigencias de los manifestantes eran la dimisión del presidente Traian Băsescu y del gobierno dirigido por Boc.

La caída de Emil Boc se debe fundamentalmente a la retirada de la confianza por parte de sus socios de gobierno –los húngaros de la Unión Democrática de los Magiares de Rumania, UDMR, y los ex–socialdemócratas de la Unión Nacional para el Progreso de Rumania, UNPR– y la exacerbación de las rivalidades en el interior de su partido. Pero estos movimientos en el interior de las instancias de poder no hubieran llevado a este desenlace en ausencia del extenso estado de malestar que afecta a Rumania, y ante el que el presidente Băsescu ha reaccionado con una decisión radical que intenta cargar sobre el primer ministro dimisionario la responsabilidad de la situación.

Las inéditas protestas sociales de enero han debilitado sin duda a un primer ministro que hasta entonces parecía ser capaz de aguantar hasta el final de la legislatura, pero que desde su elección en diciembre de 2008 había visto cómo su fama de buen gestor –Boc fue el popular alcalde de la ciudad transilvana de Cluj- había devenido en una imagen pública de marioneta del presidente Băsescu, sin aparente voluntad política ni capacidad de imponer sus criterios. El cese del ministro de Asuntos Exteriores Teodor Baconschi el pasado 23 de enero, por unas polémicas declaraciones contra los manifestantes, fue una primera victoria de los rivales de Boc dentro de su partido. Desde entonces las críticas de diputados y senadores pertenecientes al Partido Demócrata Liberal, PDL, habían crecido en número, acusando al Primer Ministro de la inestabilidad que experimenta el país y de la caída de su partido en las encuestas.

Por otra parte, los socios de gobierno, asustados por las consecuencias electorales que puede acarrear el sostenimiento sin condiciones de un gobierno moribundo, comenzaron a moverse para apartarse de un primer ministro impopular y cada vez más aislado. La UDMR, a su vez, está muy preocupada por una creciente falta de credibilidad entre la minoría húngara, sobre la que ha tenido el monopolio electoral desde 1990, y por la posible aparición de partidos alternativos más nacionalistas que ella. Por último, el presidente Băsescu ha tenido un papel fundamental en la defenestración de Boc. Hace apenas cuatro días afirmó que mantenía su confianza en el ya ex–primer ministro, pero ello no silenció los rumores de que tarde o temprano el presidente iba a sacrificar a Boc para intentar aislar la institución que él preside de la gangrena que afecta al gobierno.

Băsescu intenta jugar a dos cartas para sobrevivir políticamente. De una parte la caída de Boc es una forma de responsabilizarle de la caída del nivel de vida de los rumanos. De otra, trata de mantener ante Europa la imagen de dirigente responsable capaz de llevar a cabo las reformas económicas necesarias. Tanto la Unión Europea como el FMI están interesados en que Rumania regrese a la estabilidad institucional lo antes posible, y por ello Băsescu recibió la semana pasada el espaldarazo del FMI en una visita de control en que el Presidente fue felicitado por su aplicación de unas políticas económicas contra las que han protestado miles de rumanos en las semanas anteriores. Sin embargo, las maniobras de Băsescu dan como resultado una imagen de mandatario incapaz de gobernar los tiempos de la crisis política iniciada en enero, empeorándola con cada decisión tomada a destiempo.

El elegido para sustituir a Boc es el historiador Mihai-Răzvan Ungureanu, ex–ministro de Exteriores y actual jefe del Servicio de Inteligencia Exterior rumano (SIE). Con un perfil más independiente y técnico, capaz de hacer las cosas bien, el gobierno encabezado por Ungureanu intentará terminar la legislatura con menos sobresaltos que los que ha tenido Boc. Por su parte, el PDL, ya sin el lastre del ex-primer ministro, tratará de concentrar sus esfuerzos en recuperar el electorado perdido.

La elección de Ungureanu probablemente acalle las diferencias en el seno del PDL y entre los miembros de la coalición de gobierno. Pero, de todos modos, la estabilidad no tiene por qué estar asegurada con él. Persiste el riesgo de nuevas protestas sociales, envalentonadas por el efecto de la dimisión de Boc, o debido a la insistencia declarada de mantener las políticas de austeridad. Se evapora, eso sí, la perspectiva de elecciones parlamentarias anticipadas. Pero para cuando éstas se celebren la oposición ha prometido que iniciará un proceso de destitución contra el presidente Băsescu en el caso probable de que logre obtener la mayoría absoluta. El mandato de Băsescu no termina oficialmente hasta diciembre de 2014, pero los acontecimientos del 6 de febrero, aunque le permiten ganar tiempo, no le garantizan que pueda aprovecharlo totalmente.

Àlex Amaya Quer

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