“Primavera Árabe”: vestigios de inducción estratégica (2)

Gene Sharp: presentado desde hace pocos años como el padre de las modernas tácticas de inducción estratégica. Trailer de un documental hagiográfico sobre su figura como “organizador de revoluciones”

Vayamos a por el perfil del concepto. Entendiendo aquí por “inducción estratégica” algo muy diferente del sentido aleccionador que se le da al concepto en la empresa comercial, podría ser definida como aquella acción o conjunto de acciones  por los cuales  un gobierno pretende  instigar a otro u otros gobiernos o países extranjeros, a fin de servir a sus conveniencias estratégicas en un momento dado. Pero va más allá de las acciones encubiertas de desestabilización e influencia, operativos BIAC o PSYOP, “propaganda negra” o intoxicación informativa, generalmente de corto recorrido. En realidad, la inducción estratégica puede formar parte de la política de un equipo de gobierno, es consustancial a la acción de los lobbies y think tanks, y en general, se entiende  que moviliza a un complejo entramado de medios e instituciones, a fin de lograr los objetivos propuestos.

La inducción estratégica es habitual desde la noche de los tiempos, por lo que se podrían destacar decenas de ejemplos. Muchas políticas de inducción estratégica suelen quedar en la penumbra, dados los escasos beneficios que se obtienen de su publicitación. Tanto si los resultados son los esperados como si la inducción concluye en un fracaso, ni los autores ni los objetos de la misma tienen interés en explicar lo sucedido, por razones comprensibles. Una vez publicados los indicios de lo sucedido, es normal que periodistas, políticos e historiadores tiren del hilo para sacar a la luz todos los detalles. La historia puede dar lugar a variados equívocos de todo tipo, como convertir en un fracaso a largo plazo lo que fue un éxito puntual, al explicar toda la historia posterior en base a lo supuestos objetivos del operativo e inducción. Un ejemplo al respecto lo podríamos tener en el operativo que organizó el gobierno alemán en 1917, plena Primera Guerra Mundial, para transportar a Lenin desde Suiza a San Petersburgo, a sabiendas de que si llegaba a tomar el poder, el revolucionario bolchevique sacaría a Rusia de guerra, como así fue. La jugada de inducción estratégica contó con la decisiva ayuda de Alexander Parvus: teórico marxista, revolucionario ruso, militante del SPD, agente de inteligencia alemán y empresario millonario en el Imperio otomano. En un valioso  ensayo breve de David Stove  se explica por qué la historiografía ha mantenido bajo la alfombra este ejemplo de inducción estratégica.

Aún así, hubo numerosas excepciones a esa tendencia. Las políticas de inducción estratégica llevadas a cabo por los soviéticos, solían presentarse domésticamente como incitaciones a la revolución, y por ello como algo muy progresista y positivo. Durante el periódico clásico del imperialismo, e incluso después, las potencias protagonistas, con la distancia moral que tomaban con respecto a los países colonizados, también solían explicar sus operativos de inducción estratégica como acciones a veces rocambolescas que ponían de relieve el atraso o dependencia de los países objetivo. Un ejemplo clásico, aunque radical y violento desde el punto de vista de lo que es la política de inducción estratégica, es el golpe de estado de 1953 contra el primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh. De todas formas, dado que su factura de operación de inteligencia puede inducir a confusión, se puede contraponer a otros ejemplos. Así, las Tanzimat impuestas al Imperio otomano entre 1839 y 1876, fueron producto de modernos planteamientos de inducción estratégica llevados al más alto nivel.

Desde el final de la Guerra Fría, los Estados Unidos han tendido a desvelar sus políticas de inducción estratégica con total liberalidad, presentándolas bajo un prisma idealista altamente positivo. Es evidente que se sienten fuertes y confiados, como vencedores absolutos de la Guerra Fría, y eso es ya una explicación de tal conducta. Pero es que, además, los objetivos de muchas sus políticas de inducción estratégica, deben ser forzosamente públicas y transparentes, a fin de poner de relieve la presunta superioridad moral de sus motivaciones y objetivos. La Guerra Fría tuvo como trasfondo una pugna ideológica, y una vez ganada la contienda, no tiene sentido reconstruir el resto del mundo de forma soterrada y artera. Desde ese punto de vista, se ha hecho un gran esfuerzo para diferenciar entre políticas de inducción estratégica al nuevo uso, y operativos de inteligencia al viejo estilo, aunque es evidente, según explica francamente el mismo Gene Sharp, que aquellas se derivan de éstas. Cuanto menos, las tácticas puntuales son, en muchas ocasiones, una  combinación de métodos de protesta contraculturales de los años 60 (los cuales conoció directamente el mismo Gene Sharp)   y operativos de agitación clásica propios de la inteligencia de todos los tiempos, lo que incluye compra de voluntades, presiones políticas o diplomaticas de alto nivel, sobornos e incluso intimidación.

¿Se trata, al fin y al cabo, de conspiraciones clásicas, más o menos aderezadas con ingredientes de aroma progresista? De nuevo, es más que todo eso. Afirmar, sin más, que las políticas de inducción estratégica son meras conspiraciones, vendría a suponer que el márketing comercial también lo es. Porque, de hecho, las políticas de inducción estratégica muchas veces son presentadas como la introducción y promoción de un producto en el mercado político. Y eso es válido tanto para la ciudadanía del país objetivo, como para los observadores externos del proceso, aliados, adversarios o neutrales, que son obligados, a su vez, a colaborar con la campaña de inducción estratégica, sea de forma directa o indirecta.

De ahí que tengan tanta importancia en el desarrollo de tales políticas la colaboración de los medios de comunicación (voluntaria o inconsciente), potentes difusores de consignas convertidas en información, con el apoyo de una amplia bastería de argumentaciones falaces: non sequitur, culpa por asociación, falsas dicotomías, argumentum ad fatigum, “falacia democrática”, y una larga lista destinada a desconcertar y ganarse la aquiescencia del gran público, dentro y fuera de casa. Ese discurso está muy bien adaptado al lenguaje fragmentado de los medios de comunicación de masas y redes sociales, y cubre la inexistencia de cuerpos ideológicos razonados y articulados sistemáticamente.

Por lo tanto, las políticas inducción estratégica patrocinada sobre todo por los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos, demócratas o republicanos, poseen un marcado componente de trazos propios de la ideología neoliberal dominante, de la misma forma que en la Unión Soviética se construían en torno a los argumentos propios del marxismo y la mitología revolucionaria.

Precisamente por ello, las políticas de inducción estratégica made in USA, a lo largo de los últimos  años, han tenido un fin muy preciso, derivado de las ideas de Zbigniew Brzezinski: contribuir a la construcción del Nuevo Orden Mundial de la Posguerra Fría, liquidando viejos problemas y obstáculos propios de ese periodo.  Y estos son dos: los regímenes que en su día fueron aliados del Bloque del Este, o formaron parte de él; y la remodelación del mapa político de Oriente Próximo, todo ello destinado a disolver el foco de tensiones que ha generado la creación del estado de Israel, y el nuevo problema que es Irán como potencia regional.

En nuestros días, la posibilidad de que determinados planteamientos políticos surgidos del extinto bloque del Este puedan erigirse en alternativas regionales al modelo neoliberal dominante, enfermo de crisis, han revigorizado las políticas de inducción estratégica por parte de las potencias occidentales, aunque han comenzado a encontrarse con alumnos adelantados en el tablero MENA.

Este planteamiento podría parecer contradictorio  con el hecho de que las revueltas de la “Primavera Árabe” comenzaron en Túnez y Egipto, países de regímenes autocráticos, desde luego, pero reconocidos aliados de las potencias occidentales.  Sin embargo, la evolución de los acontecimientos a lo largo de toda la primera mitad de 2011, no hacen sino corroborar la lógica que subyace al componente de inducción estratégica que poseen las revueltas de la “Primaver Árabe”.

Francisco Veiga (UAB) y Carlos González Villa (Complutense)

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