Irán, la primavera deseada (y 2)

Reportaje de Presstv.ir sobre lo que en Therán es considerada su gran victoria diplomática de la primavera y el verano: la normalización de las relaciones diplomáticas con Egipto después de treinta años de interrupción

No voy a entrar a detallar ahora el calendario de la crisis de proliferación nuclear iraní ni a debatir sus verdaderos objetivos. La república Islámica es un país soberano y responsable ante la comunidad internacional; no existe, a priori, razón legítima para desconfiar de ella si no lo ha existido antes para hacerlo de las actuales potencias nucleares, declaradas o no. Aún así, Occidente sobrerreaccionó ante el programa nuclear, por percibirse amenazado, y actuó simultáneamente en dos frentes: uno económico, con las consabidas sanciones y otro diplomático, tratando de influir en la política exterior de los países vecinos de Irán para crear un vacío en su derredor.

Pero a la vez que se colocaba la soga en el cuello iraní, se le regalaba una tijera para cortarla: la desastrosa situación creada allende las fronteras iraquí y afgana por la coalición de guerreros contra el terror, favoreció el ejercicio de una política exterior empática, pragmática y responsable que rápidamente se extrapoló con éxito a las distintas coyunturas de los países vecinos y de su entorno regional.

El concepto de la política exterior iraní se puede plasmar en algo así como:  “lo que es bueno para mi vecino, es bueno para mí, y viceversa”. A partir de ahí, la República Islámica se lanzó a ofrecer su colaboración en aquellos problemas candentes que afectaban a la región y cuya solución pasaba forzosamente por un esfuerzo conjunto: seguridad, desarrollo económico e infraestructuras de comunicaciones.

Así, en el campo de la seguridad, Irán coordinó esfuerzos para aplacar al extremismo suní, reducir el tráfico de estupefacientes y solucionar conflictos enquistados como el que enfrenta a Armenia con Azerbaiyán. En el campo económico concedió préstamos e invirtió en proyectos, actuando como motor económico en Oriente Medio y Asia Central. En el campo de las infraestructuras, facilitó el acceso de los vecinos a su propia red ferroviaria y oleoductos, convirtiendo su territorio  en un corredor que comunica Asia Central con el Golfo Pérsico.

Esta política exterior es un triunfo personal de Ahmadineyad; inicialmente se empezó a trazar de forma paralela entre el ejecutivo y la presidencia (el anterior ministro de exteriores iraní, Manucher Mottaki, había sido designado directamente por el Guía Jameneí). Pero cuando se desveló la preeminencia de la primera vía frente a la segunda, Ahmadineyad tomó las riendas y nombró a su propio ministro de exteriores. La destitución de Mottaki, que no podía llegar sin la sanción del Guía, fue el reconocimiento del triunfo de la diplomacia ejercida por Ahmadineyad, que consiguió desbaratar el bloqueo impuesto por EE.UU. sobre la república islámica.

Dentro de esta coyuntura, a mediados de 2010, las diplomacias egipcia e iraní iniciaron un acercamiento después de 30 años de ttoal carencia de sintonía. Aunque cabe pensar que la iniciativa fuera de la imaginativa campaña desatada por Ahmadineyad, desde luego no habría ocurrido sin una voluntad de aproximación por parte de El Cairo. El acercamiento hacia Egipto es muy relevante, puesto que a los ojos de Irán, éste país compartía junto con EE.UU. el estigma satánico por su acuerdo de paz con Israel. La maniobra  hubo de superar la oposición israelí y también la saudí, y además se ha mostrado  consistente como para trascender los cambios políticos ocurridos en Egipto.

Pero la trascendencia del acercamiento no quedó sólo en el hito histórico, dado que la nueva coyuntura en Egipto, junto con el alejamiento entre Israel y Turquía (que además se aproxima posiciones iraníes) convierte a Irán de asediado a asediador del estado de Israel, al acercar a todos los países limítrofes a una postura política favorable. Desde luego, la diplomacia iraní parece superar con creces a la israelí, y no es de extrañar dado que  ofrece apoyos bastante consistentes basados en los tres ases arriba citados: 1º la lucha contra el extremismo suní, 2º  apertura de sus puertos del Golfo Pérsico al comercio con Asia Central y, si hiciera falta, ¡ayuda económica a base de sacos repletos de dólares! (como no dudó hacer el propio Ahmadineyad en su visita a Kabul en 2010).

Las consecuencias del acercamiento con Egipto también se hicieron sentir en el Reino Saudí, país que con un 10-15% de población chií se siente amenazado por la República Islámica y trata de contener su expansión. Arabia Saudí también había constituido un anillo defensivo frente a Irán: los Emiratos del Golfo, Irak, Kuwait y Pakistán, eran sus principales peones; exceptuando Kuwait, en todos ellos su influencia ha sido desplazada o equilibrada. Cuando la minoría chií de Bahrein se manifestó por sus derechos, el vaso saudí empezó a derramarse.

Arabia no sólo se vio forzada a intervenir en Bahrein y Yemen, mostrando su cara autocrática a la Primavera Árabe, sino que intentó contagiar su propia preocupación a las demás monarquías del Golfo para alejarlas de la influencia iraní.  También en el campo económico, Arabia Saudí ha contraatacado intentando llevar a la baja el precio del crudo, factor que afectaría directamente a las finanzas iraníes y reduciría la capacidad de la República Islámica para influir económicamente en su entorno. La respuesta de Ahmadineyad muestra lo consolidada que es su posición interna, dado que consiguió, en primer lugar, sustituir al hombre de Jameneí al frente del Ministerio de Petróleo por uno propio (provocando el revuelo parlamentario que se citaba en la primera parte de este artículo) y aprovechar su mandato por turno de la OPEP para liderar una mayoría de naciones contrarias al aumento de extracciones de crudo,  desmontando la iniciativa saudí.

La diplomacia iraní, sin recurrir a la agresión, esta cosechando triunfos donde coaliciones multinacionales y millones de dólares y euros han fracasado. Ante su trayectoria se comprende que la República Islámica comience a pedir al régimen de Siria, uno de sus tradicionales apoyos en la región, que se doblegue ante las exigencias de los sublevados. El futuro de una república nacida de la expresión de la voluntad del pueblo, pasa por escuchar y respetar la voluntad del pueblo. Ojalá que el anillo de la Primavera Árabe se cierre con un Irán aceptado internacionalmente, que, libre de la paranoia de la amenaza externa, deje de ser tan cruel con sus enemigos internos y consolide definitivamente su sociedad civil.

                                                                                                                     Pablo Martín

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