Propaganda desangelada

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Bosnia: en su día, fue el triunfo de la federación-dentro-de-la-federación, una pequeña Yugoslavia rediviva: la Republika Srpska, la Federación Croato-Musulmana, más diecisiete cantones, todo en uno y sin Tito presente. De hecho, era el primer triunfo de la idea federal no defendida por los socialistas, sino por los vencedores de la Guerra Fría. Defendida y exaltada por policy makers como Strobe Talbott, presidente de la Brookings Institution, pensador dispuesto a federalziar el mundo entero como solución a cualquier problema. ¿Irak, Siria? Federalizacion según el modelo bosnio. Hoy, Bosnia-Hercegovina es ya el juguete roto del descompuesto Nuevo Orden internacional. Para Ucrania: centralización o disolución. Pero nada es posible mientras Putin-obsesión siga en el Kremlin. O eso nos dicen.

Título original: Limitaciones críticas de la propaganda occidental

Publicado con el título: Una guerra desigual de propaganda

EL PERIÓDICO – Francisco Veiga, 17 DE MARZO, 2015

En este pulso cada vez más envenenado que mantienen Moscú y Washington desde que estallaran las protestas del denominado Euromaidán, a finales de noviembre de 2013, en Occidente se ha descubierto, con cierta sorpresa, el nuevo poderío de la “propaganda rusa”.  No cabe negar que esa potencia no es la ruina decadente de los tiempos de Yeltsin, y que Moscú ha invertido mucho en acción exterior. Pero más allá de eso, la explicación del inesperado éxito de la citada propaganda recae en la creciente incapacidad de su contrapartida: la propaganda occidental.

En esencia ocurre que los argumentos de la propaganda occidental están ya tan manidos que caen en continuas contradicciones.  Y cuando saltan sólo se replantean dos salidas: el silencio o el recurso a la personalización del enemigo. Dicho de otra manera: Putin tiene la culpa de todo. Los supuestos manejos, argucias y conspiraciones del vilipendiado presidente son el perfecto comodín para escaquear las propias meteduras de pata o dobles raseros indigeribles.

Este subterfugio tiene dos efectos perversos. El primero y más evidente es que contribuye a disolver como azucarillo en agua todo el argumentario desarrollado en los últimos treinta años de fallido Nuevo Orden Mundial. El pasado mes de septiembre, por ejemplo, tuvimos un ejemplo de hasta dónde se podía llegar por ese camino: Radio Europa Libre denunciaba que Bosnia, la República federal de facto surgida de los acuerdos de Dayton, en 1995, era para Moscú (es decir, Putin) un modelo para solucionar el conflicto de Ucrania. Tras hacer mangas con capirotes a fin de “demostrar” que lo que había sido bueno para Bosnia no lo era para Ucrania, el articulista consideraba que el primer caso era el de un “Estado en crisis permanente”, hasta el punto de que su estructura federal “obstaculizaba su acceso a la UE y la OTAN”. Por lo tanto, después de veinte años de mantener que la Bosnia de Dayton era la niña de los ojos de la ingeniería de pacificación del Nuevo Orden Mundial, joya de la corona de la R2P, ejemplo para solucionar otros conflictos supuestamente interétnicos –como el de Irak- ahora ya no sirve porque a “Putin” si le parecería bien para Ucrania. El mensaje tenía ecos del castizo “La maté porque era mía”.

No es el único caso. Desde que Putin dijo aquello de que Crimea era el “Kosovo ruso”, ya no hay mucho interés en Occidente por disimular que la pequeña república albanesa es otro Estado fallido del cual su propia población escapa como puede en los últimos meses. Y luego vienen Milosevic, Saddam Hussein, Gadafi: todos aquellos villanos cuya desaparición iba a ser, en sí misma, como la de Putin, la solución de los problemas en sus respectivos países o los del entorno.

Por lo tanto, la desgastada maquinaria propagandística occidental –mayoritariamente anglosajona y primariamente americana- ataca en una sola dirección pero no construye. Incluso devora a sus propios aliados.  El “Fuck the EU!” de Victoria Nuland o el espionaje sistemático y maniático de la NSA  -revelado en detalle por Snowden- se entrecruzan con  la primera oportunidad que encuentran los republicanos para poner a Obama en un aprieto perpetuo: ayer en Siria o Ucrania, hoy en Irán, con ayuda de Netanyahu.

El segundo efecto pérfido de todo este asunto tan mal llevado es que abre importantes boquetes en el tejido político europeo. Por supuesto que acorralar a Rusia es dar pábulo al conflicto; es la mejor manera de generar profecías autocumplidas, porque está cantado que el nacionalismo ruso se exaltará en la misma medida en que lo haga el de nuestros propios histéricos, algunos incluso dispuestos a la refundación de la División Azul.  Lo cual no nos lleva a ninguna solución. Aun suponiendo que Rusia no sea una democracia, como se suele pregonar desde Occidente,  la mejor manera de abrir el sistema es disolver fronteras no acordonándolo

Pero lo peor de todo es que el nacionalismo ruso al contraataque está corrompiendo el sistema político europeo relanzando y exportando la vieja alianza rojo-parda de los tiempos de Yeltsin. Y esto le funciona bien, a falta de una contra-propaganda occidental eficaz. No sólo porque se atrae a los partidos de la ultraderecha europea. Eso es fácil, dado que incluso en el Tea Party americano hay admiradores de Putin, al que ven como un hombre enérgico y activo, decidido partidario del orden y la mano dura, cristiano hasta los tuétanos, martillo del Islam; y, por si falta algo, homófobo. Un excelente sucesor de Obama, si pudieran llevarlo a la Casa Blanca. Todo un síntoma de esa peligrosa transversalidad ultraderecha-izquierda radical que amenaza con reducir la política europea a una inmensa caldera de nacionalismos recociéndose en las más añejas salsas decimonónicas. Lo cual, y eso sí sería el final, podría devolvernos de nuevo a 1914.

 

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