Siria: implicaciones de una guerra ya ideológica

ANÁLISIS- La alienación atrae a algunos inmigrantes vulnerables a la yihad Milicianos de la Yihad Islámica Palestina (Harakat al-Jihad al-Islami al-Filastini). Organización surgida en la franja de Gaza, en la actualidad tiene hombres destacados en Líbano y Siria, entre otros países.  El islamismo radical se ha convertido en una ideología de alcance global, pero la  explicación genérica sobre el choque de civilizaciones ha perdido validez. Actualmente, son yihadistas movimientos y unidades paramilitares concretas, abastecidas o apoyadas por países muy determinados, y planteamientos estratégicos precisos. Sus enemigos también lo son. Pero en todo caso, poseen una base ideológica propia. Las argumentaciones etnicistas basadas simplemente en el nacionalismo y las identidades religiosas  parecen disolverse. El final de la Historia no ha llegado.

 Siria: implicaciones de una guerra ya ideológica

Eurasian Hub, 16 de septiembre, 2013

En  cuestión de muy pocos días la situación en Siria ha experimentado un giro copernicano, que pocos analistas se atrevían a pronosticar. Es cierto que todavía pueden pasar muchas cosas, la contienda no está concluida;  y, lo peor, nadie piensa en escenarios políticos para el día después de esa lejana posibilidad. Todo eso es cierto y, como siempre, hay amplio margen para que agoreros, pesimistas y warmongers tengan margen de acierto. Al fin y al cabo, un reloj parado da la hora exacta dos veces al día.

Pero sí que es factible detenerse en lo sucedido, todo ello en menos de una semana, desde el momento en que la diplomacia rusa sacó punta a la vaga alusión del secretario de Estado americano, John Kerry sobre la posibilidad de que el régimen de Damasco evitara el ataque militar entregando las armas químicas. Como se sabe, Moscú se volcó en esa tenue propuesta con acierto porque, en palabras de Pilar Bonet, “no es la primera vez que los dirigentes rusos confrontan a los políticos estadounidenses con sus propias aseveraciones y les obliga a rectificar o a admitir el carácter retórico de palabras destinadas a crear una opinión pública favorable a los argumentos de Washington”.

Por lo tanto, lo pasado ha sucedido: Rusia movió las agujas de la vía, y el expreso americano se desvió.  Ha sido el desquite ruso del humillante ninguneo de Viktor Chernomyrdin y su papel en Kosovo, hace catorce años, que marcó un punto de inflexión en la política rusa.  Ahora, la operación de Siria  figurará en los manuales de la diplomacia y la inteligencia, cuyos grandes logros se limitan, muchas veces, a mover unos centímetros la situación, justo lo necesario para que las cosas cambien radicalmente. Desde luego, los rusos parecen haber contado con la ayuda del mismo Obama, cuyos planes de guerra amenazaban incluso las bases políticas de su propia presidencia.

Por lo demás, hasta ahora casi todos los análisis se han centrado en dos aspectos cardinales: a) La mayor o menor verosimilitud del casus belli argumentado (la trigger massacre del pasado 21 de agosto); b) La capacidad real de un ataque americano sobre Siria para cambiar la situación bélica o política.

Pero hay un tercer aspecto que merece ser considerado: ¿de qué hablamos cuando nos referimos a la guerra en Siria? Esa es una cuestión crucial que posiblemente explique parte de lo que está sucediendo ahora mismo.

En la actualidad ya está completamente extendido que lo acontecido en Siria es una guerra civil. Queda lejos aquel lenguaje de madera sobre la guerra civil libia, según el cual, hasta el último momento, el régimen de Gaddafi disparaba sobre su propio pueblo desarmado. Pero además, la contienda civil siria ha perdido todo vestigio de interetnicidad, como se buscó explicar en un principio. Ya no se pone énfasis en que la guerra enfrenta a comunidades tales como alauitas, suníes, kurdos, o chiítas, dando como resultado la posible aparición de un patchwork de reinos de Taifas.

Ese factor es importante porque supone que la guerra civil siria es percibida ya como una guerra de carácter ideológico. En ese sentido, hasta hace poco, la articulación que se hacía era entre “fuerzas democráticas” y “régimen dictatorial”. El dramático ascenso de las fuerzas salafistas en el teatro de operaciones sirio hace que la dicotomía anterior ya no parezca tan ajustada a la realidad. Por ende, las numerosas divisiones entre los grupos de la oposición teóricamente democrática y algunas de las figuras que la integran, las han apartado del espacio central de la contienda. Así que en Siria están enfrentadas a muerte las fuerzas del islamismo radical con las de un régimen autocrático pero laico, basado en un partido muy desgastado,  que en su día fue panarabista.

Esa situación ha cobrado un nuevo significado con las protestas sociales en Turquía, de carácter cívico pero cada vez más claramente anti-islamistas. Eso entronca con el golpe de estado en Egipto, igualmente anti-islamista, “legitimado” con grandes movilizaciones en la calle –lo que denominamos “elecciones instantáneas en televisión”. Con la excepción de las movilizaciones cívicas en Turquía, el frente anti-islamista no es nada atractivo desde el punto  de vista de la democracia occidental; pero parece estarse constituyendo como un hecho objetivo en dos potentes núcleos del mundo árabe.

En cualquier caso, la definición más o menos precisa del enfrentamiento ideológico que se vive en Siria no es ahora mismo un asunto central para esta argumentación. Lo importante es considerar que a los Estados Unidos ya no le interesa la proyección política del conflicto sirio. Sea la que sea, no responde a los parámetros  propios de la Primavera Árabe que se difundieron en su día. Sea la que sea, ya no emociona a los americanos, que se han mostrado claramente contrarios a la intervención. Mucho menos mueve a los europeos.

Por lo tanto, podemos decir que el imaginario del conflicto ya “no vende”, y la mercancía se está pudriendo. Así que no resulta rentable para Washington forzar la situación mintiendo descaradamente como hizo el presidente Bush en 2003 con Irak. Ya no es tiempo de manipular mediáticamente la situación, como se hizo en Kosovo o Libia. Esa fue una lección que se extrajo de la Guerra Fría y se pudo seguir aplicando durante más de veinte años: era factible echar mano de cualquier tergiversación para entrar en la guerra del Vietnam, o ayudar a los islamistas radicales en Afganistán. Porque el gran combate de fondo era el real: la libertad y la democracia contra el comunismo; o la revolución contra el capitalismo, en el bando contrario. Eso justificaba, en último término, las mentirijillas y trampas en los frentes subsidiarios.

Así que ese mecanismo puede estar agotándose; o recargándose con nuevos planteamientos, quizá. Pero el arsenal argumental utilizado hasta ahora parece que ya no vale. ¿Por qué?

En un post anterior ya apuntamos que, a lo largo de toda una serie de conflictos,  la reiteración del mismo argumentario intervencionista, se había ido desgastando. Además, las revelaciones de Snowden sobre el espionaje masivo de la NSA a propios y ajenos, amigos y enemigos, con los más dispares objetivos, había añadido un factor de marcada desconfianza en el liderazgo americano. A ello debe añadirse ahora una tercera explicación, más de fondo.

La gran estrategia estadounidense a partir del final de la Guerra Fría partía de la desideologización global. Se suponía que el marxismo soviético había fracasado y ya no era una alternativa atractiva –eso incluía  a China, aunque el régimen hubiera sobrevivido. El socialismo, e incluso la socialdemocracia de corte europeo pronto iban a  seguir el camino hacia el desguace programado que había sufrido  el marxismo leninismo. La formulación más conocida ese punto de partida era la célebre obra de Francis Fukuyama, El fin de la Historia.

A partir de esa supuesta desideologización, que suponía la supremacía teórica del neoliberalismo a escala mundial, se podía intentar la aplicación de fórmulas hegemónicas que parecían apuntar en una misma dirección: la fragmentación y el desmembramiento. La destrucción de Yugoslavia fue un laboratorio excelente. Pero también la partición de Somalia. Y, por supuesto, la apoteosis resultó ser el hundimiento de la Unión Soviética, con la aparición de catorce nuevas repúblicas, sin contar con Rusia. En Europa todo gira en torno a  Bosnia y Kosovo, pero en realidad la práctica de fomentar fragmentaciones estatales fue exportada a América Latina, dando lugar a operaciones como la “Nación Camba” en Bolivia,  el “Estado Zulia” en Venezuela, o la  provincia de Guayas en Ecuador. Y para concluir, está bien presente en nuestra memoria el ya célebre mapa del teniente-coronel Ralph Peters, que en 2006 propugnaba una severa remodelación de las fronteras de Oriente Medio y Asia Central meridional (Irán, Afganistán y Pakistán), tras haber experimentado con Irak.

La fragmentación a gran escala de los bloques geoestratégicos más importantes del globo, se acompañaba de la activación de argumentos ideológicos sencillos, con fuerte carga de neonacionalismo de reciente formulación (o refundido y readaptado) y nuevas técnicas de movilización de masas muy fáciles de aplicar, y cuyo más conocido formulador y difusor es Gene Sharp. De esa forma se aplicaron las “revoluciones de colores” en algunas repúblicas ex soviéticas o en América Latina. En el Líbano, la “Revolución de los Cedros” de 2005,  parecía contener elementos que se readaptarían, ya en tiempos de Obama, en la Primavera Árabe, comenzando por la “Revolución del Jazmín” en Túnez, en 2011. Recordemos que Bush ya alabó lo sucedido en Líbano como formando parte de una “ola democrática” destinada  a extenderse por la zona. En cualquier caso, la base ideológica de estos movimientos nunca iba contra el “pensamiento único”.

Un ejemplo muy claro lo tenemos en las formulaciones del profesor Alberto Mansueti, ideólogo de Rumbo Propio, el partido que propugnaba la realización de una consulta popular para solicitar la autonomía de Zulia, en Venezuela: “Nuestra propuesta es clara: el capitalismo liberal. Es la fórmula del éxito económico de los pueblos, demostrada históricamente por los países que hoy son ricos, y más recientemente por los ‘dragones’ del Sudeste asiático”.

Parece evidente que la crisis de 2008 ha restado mucha fe en la capacidad del capitalismo liberal como única panacea para asegurar la riqueza de los pueblos. Pero, sobre todo, la aparición de un islamismo radical inmanejable ha supuesto un punto de inflexión en todos esos intentos que iban avanzando más o menos a tientas –no imaginemos grandes planes conspirativos- y que iban sumando e incluyendo ideas como la “Soft Partition” ideada originariamente para Irak por Michael E. O´Hanlon, teórico de la Brookings Institution, a partir de los planteamientos del mismísimo Joe Biden Jr.[i], o Leslie (Les) Howard Gelb, éste presidente emérito del Council on Foreign Relations, un veterano think tank y editor de la prestigiosa revista Foreign Affairs. Con mucha más trascendencia, la reordenación de las piezas sueltas debería cuadrar en la “federalización mundial”, formulada por otro hombre de la Brookings Institution, como es Strobe Talbott.

Obviamente, estas tendencias eran barajadas más en las filas demócratas que las republicanas, tradicionalmente más inclinadas a la política  del Gran Garrote defendida por Theodore Roosevelt: los republicanos siempre se han decantado por actuar directamente como gran potencia, sin idear sofisticadas justificaciones argumentales.

Pero aun asumiendo que en los Estadios Unidos, como superpotencia hegemónica que es,  las políticas exteriores se heredan, los argumentarios intervencionistas desarrolladas en Europa y América Latina, tales como la reformulación de un islamismo moderado en clave neoliberal, parecen haberse ahogado en Siria, pero también en Egipto; y veremos qué sucede en Turquía. De momento, los americanos y las fuerzas de ISAF abandonarán Afganistán en 2014. El salafismo controla amplios espacios del Sahel. Al Qaeda no ha sido erradicada de Yemen. Y el egipcio Ayman al Zawahiri, su nuevo jefe, difunde a través de Internet el mensaje de que la victoria final del islam vendrá de Siria, el que controle ese país vencerá.

Ante la posibilidad de ser burlados y manipulados por el radicalismo islamista, ideología internacionalista, Washington y Moscú se han puesto de acuerdo. Eso podría suponer, al menos por el momento, abandonar el recurso al guión: “Ustedes armen el lío, y nosotros ya les ayudaremos” que han practicado los estadounidenses con gran desenvoltura en América Latina desde mediados del siglo XIX, y que culminó con el “modelo Hearst”  de inducción estratégica a través de los medios de comunicación. Suponer que el mecanismo ha muerto seguramente sería una ingenuidad, dada su longevidad y los antecedentes históricos del mismo. Podría estar comenzando  un periodo de inflexión. Pero al menos habrá que ver qué sucede con las agendas abiertas durante la presidencia Obama, e incluso algunas de las heredades de la era Bush.


[i] En relación a Biden e Irak, sus concepciones tienen  nombre propio: Michael Hatzel, su asesor de política exterior cuando era senador.

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