Eslovenia: El crepúsculo del régimen de la independencia (2)

Hemicycle at the European Parliament building Louise Weiss in Strasbourg

Jože Mencinger: “Yo diría que somos una región de Europa. Tenemos menos poder y somos menos independientes que en Yugoslavia. En Yugoslavia éramos relativamente fuertes, pero no en Europa. Económicamente, está claro que perdimos todos los atributos que hacen de un país una entidad económica: no tenemos dinero, casi no tenemos política fiscal, no  tenemos  nuestro propio sistema económico y tampoco tenemos fronteras”. En la foto: Parlamento Europeo, Estrasburgo

Eslovenia: El crepúsculo del régimen de la independencia (2)

Carlos González Villa, Eurasian Hub, 6 de septiembre, 2013

Desde el punto de vista de la legitimidad, el “régimen de la independencia”  se fundamenta en la existencia de la democracia liberal como paradigma de lo bueno y deseable tras la experiencia comunista. En este sentido, el caso esloveno es casi indiferenciable de otros en la Europa poscomunista. De hecho, resulta conveniente recordar que entre 1989 y 1991, el gobierno federal yugoslavo intentó poner en marcha su propio proceso de transición. Siguiendo los pasos dados por Polonia y Hungría, Yugoslavia realizó una ambiciosa reforma económica neoliberal e intentó implementar un sistema político homologable a los estándares occidentales. Sin embargo, la élites políticas republicanas se le adelantaron y, tras la convocatoria de las primeras elecciones pluripartidistas en Eslovenia, en abril de 1990, la reforma política federal quedó prácticamente paralizada.

Aquél año, 1990, bien puede ser descrito como una competición entre legitimidades en la que las élites eslovenas tenían que ofrecer algo más que la idea de liberar a su población de una federación opresora que se aprovechaba de la laboriosidad de sus gentes para subvencionar a las regiones pobres del sur. Había que dar una dirección política a la indignación, tomando en cuenta, por un lado, que la pertenencia a la federación yugoslava había dado a Eslovenia su forma, de la que sus habitantes estaban tan orgullosos. A nivel de las élites, el nuevo régimen se construyó no como ruptura, sino como extensión de las élites comunistas locales. A su vez, había que considerar que Eslovenia no tenía precedentes como estado independiente y que su viabilidad como tal era dudosa. Si Yugoslavia, un país de casi 24 millones de habitantes, había sufrido enormemente el período de contracción de la economía mundial iniciado a finales de los sesenta, ¿qué se podría esperar para el futuro de Eslovenia?

En este contexto emerge el proceso de integración europeo como solución a un problema de supervivencia, pero también a la cuestión de la legitimidad del nuevo régimen. Era un buen momento para jugar esa baza. En octubre de 1989, el presidente de la Comisión, Jaques Delors, pronunció un discurso  que algunos autores  identifican con el primer antecedente de la política de ampliación de la Unión Europea hacia el Este de Europa. En él, el jefe del ejecutivo comunitario se refirió al atractivo que suponía la integración europea para la realización de los cambios políticos y económicos que se estaban desarrollando en Europa del Este. Pero también invitó al grupo de estudiantes universitarios que lo escuchaba, a preguntarse si, en el futuro, la principal cuestión sería preguntarse cómo y cuándo los nuevos países se integrarían en un gran mercado común o si se trataba de perseguir metas más ambiciosas. Aunque sin mencionar la palabra ampliación, las palabras de Delors sonaban a invitación.

Dos meses después, los comunistas eslovenos celebraron su último congreso, en el que cambiaron la denominación de su organización por la de Partido de la Reforma Democrática. En él, su hasta entonces presidente fue nominado a la presidencia de la república y, tras su elección en abril, se dio de baja como militante para representar los intereses de toda la nación. Pero sobre todo interesa recordar el lema de aquel evento, “Evropa zdaj!” (¡Europa ahora!), y el material propagandístico elaborado, llamativo para la época y difundido a todo color.

En aquellos años, la derecha anticomunista se integraba en las dinámicas de reparto del poder y su referencia era la idealizada “Europa Central”. En un interesante volumen especial de Nova Revija – la revista de referencia de este grupo – publicado en el verano de 1991, hay puntos de vista que conviene recordar. Especialmente los expresados por el entonces ministro de asuntos exteriores, Dimitrij Rupel, muy bien conectado con las élites alemanas y austriacas: “La política exterior de Eslovenia estará, por encima de todo, dirigida hacia Europa; es decir, persiguiendo la inclusión de Eslovenia en la integración política y económica de Europa con el objetivo de convertirse en un miembro con todos los derechos de la Comunidad Europea. Esta meta realizable a largo plazo a través de la completa adaptación del sistema político y económico de Eslovenia a los estándares establecidos por los países de esta comunidad”.

¿Por qué Eslovenia y no toda Yugoslavia? Se pueden encontrar excusas y razones. Empezando por las primeras, se puede rescatar una reflexión realizada en ese mismo volumen por el filósofo Tine Hribar, muy influyente en los círculos nacionalistas, que descartaba la posibilidad de democratizar Yugoslavia a través del proceso de integración europeo porque aunque “la idea es buena, suena demasiado bien para ser cierta. Los eslovenos no pueden simplemente avanzar del nivel subnacional al transnacional. Ellos no pueden saltarse el nivel nacional sin poner en peligro su identidad étnica… Sólo una nación soberana puede entregar parte de su soberanía de una forma soberana y transferirla a una comunidad transnacional”. En el apartado de las razones, hacía tiempo que en Yugoslavia se había desencadenado el mecanismo de desapego entre regiones ricas y pobres, especialmente tras el inicio de la crisis sistémica de la federación en los años ochenta. La independencia política con respecto a Yugoslavia permitía romper con la obligación de financiar una parte de las necesidades del sur de la federación a la vez que no se rompía completamente la relación de explotación norte-sur que tanto benefició al desarrollo económico de Eslovenia. Esa posición ayudaría a que el pequeño país se convirtiera, después de 2004, en un “intérprete” de los Balcanes para la Unión Europea, fungiendo en no pocas ocasiones como proxy político de las grandes potencias en la región.

Como contrapartida, fue desde Europa que se facilitó la salida de Eslovenia de la federación yugoslava, primero, dándole trato de igualdad en las negociaciones de Brijuni de julio de 1991. Allí, mientras los mediadores europeos lograron que seconcediera a las autoridades federales una moratoria de tres meses a la declaración de independencia, los representantes de Serbia y Eslovenia negociaban una retirada anticipada del ejército federal. Pocos meses después, Alemania terminaría forzando el reconocimiento diplomático del nuevo país utilizando todas sus herramientas de presión en un tenso Consejo Europeo el 15 de diciembre de 1991.

La independencia fue el inicio del camino de Eslovenia hacia Europa y esa misma idea fue una de las que le dio estabilidad al país en las décadas siguientes. Sus cuatro jefes de Estado han sido personas con muy buenas conexiones con las potencias occidentales y todos ellos han apostado fuerte por la UE como referencia para Eslovenia. El discurso  de toma de posesión de Borut Pahor en diciembre de 2012 brinda una buena ocasión para entender la importancia del proceso de integración para ellos: “Anticipo una fase en la que una nueva convención constitucional para Europa requrirá las decisiones adecuadas de todas las naciones y Estados de Europa… Ello probablemente implicará una transferencia adicional de elementos de soberanía nacional… ¿Cómo entenderemos y responderemos estos dilemas de importancia estratégica para la nación y el Estado? Yo, como presidente, dedicaré todos mis esfuerzos para preparar a nuestro país para ello”.

Por el otro, en los últimos 23 años, Eslovenia ha carecido de algo parecido a un sistema de partidos estable. A nivel institucional, este período ha sido un ir y venir de elecciones anticipadas, coaliciones imposibles, cambios de socios constantes… y, sin embargo, las élites han permanecido con más bien pocos cambios y han sabido mantenerse pese al baile de siglas. Todas ellas, además, compartiendo la visión en torno a la necesidad de seguir adelante con lo que dictan las instituciones europeas, pues poco puede decir Eslovenia en Bruselas y Estrasburgo con su peso relativo. Normalmente, ello ha sido percibido positivamente por la población. Un 90% de los votantes (con una participación del 60%) aprobó en 2003 el ingreso del país a la UE. Tras el ingreso en la organización, su población se había venido manifestando muy positivamente en los sondeos de opinión acerca de los beneficios de pertenecer a la UE.

Pero el Eurobarómetro de 2008, el año de la presidencia de la UE, es posiblemente una de las últimas pruebas de aquel optimismo. Desde entonces, la confianza en la organización ha descendido hasta los 30 puntos en 2013. Sin embargo, es especialmente revelador para el tema que nos ocupa el hecho de que, aun en las actuales circunstancias, el pueblo esloveno confíe más en la Unión Europea que en su propio Gobierno y su propio Parlamento.

Pero la oposición creciente al régimen de la independencia podría terminar articulándose como oposición al actual proceso de integración europeo. La crisis económica actual es, en buena medida, una consecuencia de la dependencia del país de las exportaciones exportaciones a la UE, como indica Catherine Samary. Pero sobre todo, son las recetas a esa problemática las que más chocantes resultan a la población. Las medidas de austeridad, la subida de impuestos indirectos y la creación del “banco malo”, que parecen haber espantado el fantasma del rescate que sobrevoló el país esta primavera, no son una respuesta acorde a la naturaleza de la crisis eslovena, cuya economía se caracteriza por ser una de las que más presencia estatal tiene en el Este de Europa.

El crecimiento de la oposición al sistema será el de la oposición a esta Europa precisamente por las características de esta Eslovenia, que el profesor Jože Mencinger, vicepresidente económico del gobierno secesionista (aunque abandonó el cargo pocas semanas antes de la independencia, entre otras cosas, por la llegada de Jeffrey Sachs a Eslovenia) definía de este modo: “Yo diría que somos una región de Europa. Tenemos menos poder y somos menos independientes que en Yugoslavia. En Yugoslavia éramos relativamente fuertes, pero no en Europa. Económicamente, está claro que perdimos todos los atributos que hacen de un país una entidad económica: no tenemos dinero, casi no tenemos política fiscal, no  tenemos  nuestro propio sistema económico y tampoco tenemos fronteras”.

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