Oriente Medio: la necesidad de soluciones globales

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En la ilustración, la elocuente portada del libro de Tariq Alí, publicado originariamente en inglés ya en octubre de 2010.

Han pasado sólo diez días desde la publicación del artículo de opinión que se reproduce hoy. Desde entonces, la situación en Oriente Medio ha dado un nuevo vuelco, con la aceleración de la crisis siria. Sin embargo, la propuesta sigue siendo válida: la solución para Oriente Medio ha de ser lo más global posible. Esconder los problemas con apagones mediáticos, no conduce a ninguna solución, sólo a ganar tiempo hasta la próxima catástrofe, cada vez más cerca de la final. La crisis de Ghuta ha redirigido los focos desde Egipto a Siria; pero eso no ha servido para arreglar las cosas en Egipto. Y lo mismo sucede con Irak o Yemen. Mañana, la fisión de la Primavera Árabe puede alcanzar a Túnez, Marruecos, o la mismísima Arabia Saudí.

 

Oriente Medio: la necesidad de soluciones globales

Francisco Veiga, El Periódico, 19 de agosto, 2013

El verano de 2013 -y en realidad, todo el año-, marcarán un hito en la mortalidad sufrida en el mundo árabe por causa de guerras y enfrentamientos vividos, incluyendo ahí Oriente Medio y el Norte de África (conocido por los anglosajones con el acrónimo MENA). En Libia sigue muriendo gente, porque cada dos por tres hay ataques y escaramuzas. En Yemen, Al Qaeda parece afianzarse cada día que pasa, apoyándose en el descontento de la población ante los continuados ataques de los drones americanos, que matan de forma más indiscriminada que precisa. En Irak, la cadena de atentados con coches bomba parece interminable. ¿Saben ustedes cuántos muertos llevamos ya por esos ataques indiscriminados? No se culpen demasiado por no conocer la respuesta: es un asunto que ya no aparece en las primeras páginas de los diarios. La guerra de Siria, por supuesto, es la estrella en este macabro escenario. En los últimos meses, los combates han arreciado y a pesar de ello, la  victoria de los rebeldes –muchos de ellos yihadistas radicales- parece lejana, mientras que las tropas del régimen tampoco terminan de controlar la situación. Y venga muertos y más muertos. Mientras tanto, el equilibrio político pende de un hilo en Líbano, hasta el punto de que ya no es un destino turístico recomendable. Y menos aún Egipto, donde el cómputo de muertes está subiendo con peligrosa rapidez. Hay quien habla ya de una guerra civil de baja intensidad, como la vivida en Argelia entre 1991 y 2002, donde se llegaron a sumar más de  150.000 muertos.

El mundo árabe está patas arriba, trágicamente abierto en canal. Nadie sabe interpretar qué está sucediendo; y mucho menos, cómo arreglar la cadena de desaguisados. Parece claro que la situación se ha escapado de todo control, si es que alguien lo tenía o aspiraba a tenerlo. En ese sentido, muchos dedos apuntan ya hacia Obama. La teoría de que su política en Oriente Medio no es sino una versión adaptada de la de Bush, viene ya de cuando la guerra en Libia. Desde luego, la realidad que se vive estos días en El Cairo no puede sino contradecir las buenas intenciones del ya célebre discurso del presidente americano en la Universidad al-Azahar en esa misma ciudad, en junio de 2009, que anticipó eso que aún llamamos la Primavera Árabe y que cada vez sabemos menos qué fue. A medio año de su nueva toma de posesión, que empezó con cierta energía, no vemos que Obama  esté ofreciendo ninguna idea para estabilizar Oriente Medio, al margen del apoyo a la enésima conferencia de paz palestino-israelí.

Y es que las dudas que tenemos hoy sobre Obama se extienden a toda la situación en MENA. Así que, con toda la carga de clichés artificiosos y dobles raseros que se han acumulado sobre Oriente Medio a lo largo de los años,  nos limitamos a posicionarnos continuamente “a favor  y en contra de” de esto y aquello,  de forma muchas veces irreal.

Las guerras civiles de Libia y Siria se definieron a partir de que Gadafi o al Assad “disparaban contra su propio pueblo”. En Egipto está sucediendo lo mismo, pero dado que es un aliado estratégico de los Estados Unidos, nos parece inverosímil  que la situación  se pueda solucionar con otra intervención internacional apoyada en la OTAN.  En julio simpatizábamos con los manifestantes turcos que protestaban contra la deriva autoritaria del islamista Erdogan en Turquía; pero al mes siguiente ya no teníamos la misma certidumbre, ante las decenas de miles de egipcios que, desde las calles y la plaza Tahrir, clamaban contra el islamista Morsi. Erdogan logró aplastar  a  los manifestantes porque tenía a su favor a la policía y había desactivado políticamente al Ejército. Si no hubiera sido así, los generales hubieran presionado también en Turquía, como ya lo hicieron durante las manifestaciones anti-islamistas de 2007.

Quizá resulta ya inaplazable que enfoquemos todo el  escenario en su conjunto,  porque las soluciones para Oriente Medio han de ser más globales y menos emocionales; aplicando la lupa sobre los problemas de cada país árabe por separado, aquí y ahora, no iremos muy lejos. La guerra de Siria lo envenena todo en Oriente Medio; hasta que no se lleve a cabo una conferencia de paz que consiga una salida pactada, con la intervención de las grandes potencias, las cosas derivarán a peor en toda la zona. Pero hasta que no se ponga fin a la guerra por poderes entre Arabia Saudí y los Emiratos contra Irán, poco se podrá hacer en Siria. Si esos focos de tensión se desactivan, la situación en Egipto, Irak e Yemen  seguramente mejorará. La estabilidad devolverá el turismo y las inversiones internacionales. Sin paz, no hay genialidades políticas ni estratégicas  que valgan, y los unos y los otros seguirán matándose en las calles, lo cual no llevará a ninguna solución para nadie.

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