Una buena dosis helvética para Europa

appenzell3

Landsgemeinde: la más vieja tradición de voto directo en Europa. IAESTE

Una buena dosis helvética para Europa

A la Unión Europea no le vendría mal un poco de democracia directa al estilo helvético. El ejemplo suizo demuestra, entre otros aspectos, que cuando los ciudadanos asumen las riendas de la política, el Estado y la deuda se reducen.

 | , Frankfurter Allgemeine Zeitung, 1 de mayo, 2013 [traducido y republicado por PressEurop]

Hasta los confines de la izquierda resuena un llamamiento a aplicar “una mayor dosis de Suiza”. Es algo nuevo y original. El origen de esta nueva admiración berlino-bruselense por la Confederación Helvética se encuentra en el referéndum suizo sobre la “iniciativa Minder”, una iniciativa popular contra las remuneraciones abusivas cuyo instigador se llama Thomas Minder, jefe de una empresa familiar suiza y sin etiqueta política.

No vamos a juzgar aquí el fondo de esta última iniciativa popular hasta la fecha: en la medida en que permite a los accionistas decidir directamente la remuneración de sus dirigentes, se trata de una medida de rectificación pertinente para restablecer el vínculo entre la propiedad y el control [dentro de la empresa].

Se plantea la misma pregunta de carácter estructural sobre las relaciones entre los ciudadanos y los responsables políticos. En una democracia, se supone que los elegidos deben actuar en nombre del pueblo. El ciudadano es el soberano. En la práctica, ocurre lo mismo que con el pequeño accionista ante la gran sociedad de capitales: al elector le resulta ingrato y difícil influir en las actividades multidimensionales de sus representantes en el Gobierno y en el Parlamento.

“Federalismo financiero”

Se plantean entonces dos preguntas de fondo: ¿qué efectos tiene en Suiza la democracia directa en general? Y ¿se deben recomendar los métodos de democracia directa (el referéndum y las iniciativas populares) a los demás países de Europa, en especial sobre cuestiones de política europea?

En ninguna parte se encuentra más desarrollada la democracia directa como en Suiza. Ocurre lo mismo con el “federalismo financiero”, que en su versión helvética se caracteriza por una autonomía relativamente amplia de los cantones y los municipios. En Suiza, se organizan referéndums financieros obligatorios o facultativos varias veces al año en el ámbito local.

Gracias a las iniciativas populares, los ciudadanos pueden apoyar o revocar como deseen las decisiones políticas. Y cualquier transferencia de soberanía a una escala superior debe contar con el aval directo del pueblo.

Resultados elocuentes

Los resultados son bastante elocuentes: las colectividades territoriales despilfarran menos desde el momento en el que los ciudadanos pueden decidir por sí mismos el uso de sus propios fondos. Su moderación se traduce en una reducción de la presión fiscal. Y la deuda también se reduce, gracias a los referéndums financieros con los que los ciudadanos presiden por sí mismos la gestión de los fondos públicos en lugar de los Gobiernos.

Además, no se renuncia a la “solidaridad”. Si los cantones que practican la democracia directa redistribuyen globalmente menos, no significa en ningún caso que el nivel de redistribución no sea suficiente para los más desfavorecidos. La desigualdad social no es mayor en los cantones que practican la democracia directa. Al contrario, todo hace pensar que en dichos cantones las transferencias sociales son más específicas.

Todo esto implica un incremento de la productividad económica, gracias a prestaciones públicas de mejor calidad y a una política financiera más saneada que en las democracias únicamente representativas.

¡Felix Helvetia! La opinión pública limita la deuda y al mismo tiempo fomenta el cumplimiento de las obligaciones fiscales, la eficacia y la subsidiariedad: ¿no es eso precisamente lo que necesita actualmente Europa?

¿Se puede exportar ese modelo?

La organización de referéndums europeos, por ejemplo, sobre la introducción de los eurobonos, la ampliación del mecanismo de ayuda a los países con dificultades o una mayor armonización fiscal, no cambiaría nada el “déficit democrático” de la UE. En primer lugar, porque una democracia presupone la existencia de un demos, un pueblo europeo capaz de concebir y de expresar una “solidaridad” europea y una opinión pública.

Pero de momento, es algo que no existe. Por otra parte, este tipo de consultas podría hacer fácilmente que las “mayorías” hicieran acopio de transferencias o de ventajas concretas en detrimento de los demás, con el pretexto de que “nosotros somos los que decidimos y ustedes los que pagan”.

El déficit democrático europeo comienza en los Estados miembros. Y la democracia directa tiene aquí una importante función, al defender la descentralización del proceso de toma de decisiones y de las responsabilidades. El Gobierno y el Parlamento representan al pueblo. Existe un gran riesgo de que los jefes de Estado y de Gobierno, reunidos en el Consejo Europeo, tomen decisiones que transfieran la soberanía de los Estados miembros al nivel europeo y ya no tengan en cuenta los intereses de sus ciudadanos.

Por este motivo, las grandes transferencias de competencias y de derechos soberanos a escala supranacional no las deben decidir los Gobiernos durante reuniones de crisis nocturnas, sino que se deben legitimar directamente y por lo tanto, mediante referéndum.

En lo que respecta a las cuestiones europeas, convendría recurrir a la democracia directa en aquellos aspectos en los que Suiza la practica habitualmente con éxito: los ciudadanos deben poder decidir a nivel local cómo se emplea su dinero y decir en qué medida quieren ser garantes de las deudas de otros.

Toda la Unión Europea se podría beneficiar de esta helvetización, siempre que adopte la forma de un ambicioso programa de reforma de las instituciones políticas.

Anuncios