La “traslación de Obama”

El pasado día 29 de enero, el profesor Francisco Veiga pronunció una conferencia en el Cercle d´Economía sobre la evolución geoestratégica del macrocontinente eurasiático entre 2001 y 2012. En recuerdo de Zbigniew Brzezinski, la exposición fue titulada, genéricamente: “El gran tablero de ajedrez. La nueva configuración de Eurasia desde 2001”

La conferencia introducía dos novedades, una de ellas relativa. Ésta era la utilización de la aplicación Prezi para la exposición de datos, mucho más versátil que PowerPoint. Mientras que el programa de Microsoft recurre a un sistema lineal de exposición, Prezi permite distribuir la información sobre el plano en modo patchwork, de forma más o menos desestructurada, lo cual confiere una gran versatilidad a la hora de presentarla al público. Prezi es conocido (y criticado) por el Zooming User Interface (ZUI), lo cual es imprescindible para sacarle todo el jugo posible al diseño, dado que además es posible aplicar la denominada 2.5D.

En cualquier caso, el lector puede comprobar aquí mismo el funcionamiento de esta aplicación, lanzada ya hace tres años por los húngaros Adam Somlai-Fischer, Peter Halacsy y Peter Arvai.

En lo referente al contenido de la conferencia, al menos en la primera parte, se centraba en desarrollar una hipótesis que a efectos de figurar entre los conceptos propuestos en Eurasian Hub, se podría denominar la “traslación Obama“. También sería dado recurrir al “desvío Obama”, aunque podría entenderse comportando ni que fuera un cierto matiz peyorativo que no está en nuestro ánimo incluir. “Traslación” se utiliza aquí en el sentido que se le da en Física:   “Movimiento que cambia la posición de un objeto”

Según esta hipótesis, el presidente Barack Obama continúa con el desarrollo de una estrategia puesta en marcha por su predecesor, George W. Bush, en las repúblicas ex soviéticas: el recurso a impulsar movimientos de masas a partir de una determinada metodología y en determinadas coyunturas sociales y políticas, en países con regímenes autocráticos y en el marco de grandes operativos de inducción estratégica.

Las “revoluciones de colores” del periodo 2003-2005 -con el patrón inicial desarrollado con la “Revolución del bulldózer” que llevó a la caída de Slobodan Milošević en 2001, y según otros ya en Bulgaria, en 1990- triunfan en Ucrania, Georgia y Kirguistán, pero fracasan o no llegan a  arrancar en otras repúblicas ex soviéticas. Finalmente, la brutal represión llevada a cabo en la confusa y nunca bien explicada masacre de Andiján (Uzbekistán) en 2005, ataja el desarrollo de nuevos intentos en el Asia Central ex soviética, al ser respaldada por los regímenes de repúblicas vecinas, temerosos de que se repita lo sucedido en la “Revolución de los tulipanes”, acaecida en Kirguistán.

A otro nivel, pero por esas mismas fechas, tiene lugar la invasión de Irak por fuerzas estadounidenses y de potencias aliadas, en marzo de 2003. Entre las diversas  razones que llevan al presidente Bush a embarcarse en esa aventura, debe incluirse también el objetivo buscado en las “revoluciones de colores” pero por otros medios: el derrocamiento de un autócrata que, supuestamente, debería desencadenar una transformación política -y por tanto estratégica- en Oriente Medio. Este plan falla porque se lleva a cabo sin considerar la compleja realidad de Irak, y minusvalorando la amenaza real del radicalismo islámico. La inducción estratégica es aquí directa y brutal, hasta el punto de cobrar e aspecto de un verdadero forzamiento estratégico.

La destrucción del Estado iraquí comporta también la eliminación del contrapeso a Teherán que había sido Bagdad en los años ochenta y noventa del siglo XX. En consecuencia, la fuerza e influencia de Irán aumenta, ocupando el enorme boquete geoestratégico que han creado la desaparición de Irak y la guerra de Afganistán. La sombra amenazante de la potencia iraní parece crecer todavía más cuando Mahmud Ahmadinyad llega a al presidencia, en 2005, y relanza el programa nuclear.

El ascenso de la tensión parecía imparable, acrecentada por las sanciones dictadas contra Teherán. La denominada Revolución Verde iraní, en el verano de 2009 -como consecuencia del supuesto fraude electoral que mantuvo a Ahmadineyad en el poder- pareció marcar un cambio de rumbo en la política del régimen, que sin embargo se reveló falaz.

Las protestas del verano de 2009 -básicamente en Teherán- constituyeron el punto de articulación entre las “revoluciones de colores” de 2003-2005 y la Primavera Árabe de 2011. En parte porque el plan para instigarlas parecía haberse originado bajo el mandato de Bush -reabriendo un borrador diseñado ya en 2002- pero gestionado ya con Obama en la Casa Blanca desde hacía pocos meses. La situación recordaba la vivida por John Fitzgerald Kennedy en 1961, dando luz verde al desembarco en Bahía de Cochinos, planificado por la administración Eisenhower; y con parecidos resultados.

En cualquier caso, en pleno desarrollo de la Revolución Verde, la Brookings Institution publicó un documento que iba a tener una importancia destacada en el desarrollo de lo que vendría a continuación: Which Path to Persia? Options for a New American Strategy toward Iran, entre cuyos firmantes figuraban John Hannah y Martin Indyk, ambos funcionarios prominentes de la administración Bush y mas tarde activistas del cambio de régimen en Siria.

Con la Revolución Verde se inició la “traslación de Obama”, que ha llevado a fomentar nuevas variantes de las “revoluciones de colores”, desplazándolas desde la ex Unión Soviética y Asia Central, hacia el mundo árabe. La traslación ha incluido la retirada de las tropas americanas de Irak, pero implicándose en la guerra de Libia (2011), operación de cambio de régimen parecida en estilo y en consecuencias a la llevada a cabo por Bush en 2003.

Sin embargo, la “traslación de Obama” no implica sólo un cambio de teatro geográfico. Tras completar tareas pendientes -liquidación de Osama bin Laden o Anwar al Awlaki- la administración demócrata ha puesto en marcha algo parecido a una medicina homeopática contra el islamismo radical, consistente en fomentar un neoliberalismo islámico, ya presente en todo el mundo musulmán desde hace algunos años, en torno a los cambios políticos generados por la Primavera Árabe. Desde el tono de los sermones del telepredicador egipcio Amr Jaled al desarrollo galopante del Dubai de los grandes negocios, pasando por la banca islámica, Obama busca asociar su paso por la historia al post-yihadismo, tras el fracaso de su antecesor por liquidar el post-sovietismo.

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