“Crimea”, de Orlando Figes

crimea-la-primera-gran-guerra-9788435025959

Si durante estas Navidades usted desea disfrutar del tiempo libre con algún buen libro de historia o hacer un regalo de calidad, pruebe con la última obra del profesor Orlando Figes traducida al español: Crimea: la última cruzada. Ese es el subtítulo real de la edición inglesa, transmutado por la editorial española en: Crimea: La primera gran guerra (Edhasa, Barcelona, 2012). Como suele ser habitual, estas “adaptaciones” no resultan muy afortunadas, dado que si bien es cierto que la Guerra de Crimea prefigura la Gran Guerra de 1914-1918 en más de medio siglo, no parece muy apropiado considerarla como una primera gran contienda a escala europea  o incluso intercontinental: las guerras revolucionarias y napoleónicas y la Guerra de los Siete Años (1756-1763) arrasan Europa y se libran también en territorios coloniales.  Antes de ellas, la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) involucra a todas las potencias europeas en una sucesión de choques militares  de enorme potencia devastadora sobre el conjunto de la población continental.

Posiblemente, el cambiazo en el subtítulo viene avalado por esas motivaciones de oportunidad que muy a menudo y con cierta ligereza  alegan los comerciales de las editoriales. En cualquier caso, no debería restarle a Edhasa ningún mérito por el hecho de haberse lanzado a publicar en español la obra de Orlando Figes. Especialista en historia de Rusia, sus libros son un excelente ejemplo de esa historiografía anglosajona, bien documentada y escrita con soltura, que resulta tan justamente atractiva para el lector especializado, pero también para el gran público.  Figes pasa de lo general a lo particular logrando que lo uno apoye a lo otro. Las ideas claras sobre lo que significó la siempre olvidada Guerra de Crimea las desarrolla en la introducción y los primeros cuatro capítulos. Porque realmente, el conflicto no sólo fue uno de los más importantes del siglo XIX –algo más que olvidado en la actualidad, incluso por historiadores profesionales- sino que resultó ser un punto de inflexión crucial. El mismo autor  explica cómo rompió la antigua alianza conservadora entre rusos y austriacos que había mantenido el orden existente en el continente europeo, lo que dio origen al surgimiento de nuevos estados-nación en Italia, Rumania y Alemania. Terminó con la “misión” que se habían atribuido los rusos como estabilizadores del orden político europeo, tras el vendaval de las guerras revolucionarias y napoleónicas. Pero a la vez, la derrota rusa en Crimea marcó el comienzo de la modernización social y económica del vasto Imperio ruso, incapaz de enfrentarse a las potencias occidentales.

La guerra dejó en los rusos “un profundo resentimiento hacia Occidente, la sensación de haber sido traicionados porque otros estados cristianos habían tomado partido por los turcos”  y un sentimiento de frustración de sus ambiciones en los Balcanes que volvería a repetirse de forma casi idéntica en la guerra de 1877-1878, y que estallaría violentamente en la Gran Guerra de 1914. Pero, a la vez, la Guerra de Crimea fue la expresión más palpable del esfuerzo franco-británico por defender el Imperio otomano a lo largo de buena parte del siglo XIX. Fue también la gran oportunidad esperada por Napoleón III para devolver a Francia a una posición de influencia en Europa, tras haber sido marginada a partir de 1815. Y eso a partir de una nueva guerra –esta vez victoriosa- contra Rusia, la revancha de la derrota de la Grande Armée napoleónica.

Pero además, Orlando Figes recupera también esa faceta de guerra religiosa que tuvo, dado que el conflicto se origina a raíz de una crisis diplomática por la custodia de los Santos Lugares en Tierra Santa, debida a la rivalidad entre católicos y ortodoxos.  Es un planteamiento interesante porque, como afirma el autor, en algunos estudios la disputa de Tierra Santa es utilizada para ilustrar la (supuestamente) absurda naturaleza de esta guerra “tonta” e “innecesaria”. Esas consideraciones quedan rematadas, ya en el epílogo de la obra, por la importancia que adquiere en Gran Bretaña esa contienda como origen de un culto patriótico al soldado cristiano que derivará en el concepto de una “cristiandad musculosa” capaz de caracterizar como guerra justa toda aquella en la que se ve involucrada.

Es posible que el énfasis que pone Figes en esta cuestión provenga de la influencia que ha tenido la religión en algunos conflictos vividos en el mundo de nuestra época –algo, a pesar de todo, discutible desde un punto de vista rigurosamente historiográfico. Pero eso es lo de menos aquí, porque el detenimiento con el que el autor explora el componente religioso de la contienda –de ahí el subtítulo  original: “La última cruzada”- es realmente magistral e ilustra muy bien la capacidad que posee Figes para pasar de lo particular a lo general y viceversa, integrando con habilidad una buena cantidad de documentación original.

Esa pericia se manifiesta en toda su plenitud a lo largo de los capítulos dedicados a las operaciones militares y la marcha de la guerra, y hace que la lectura de las 704 páginas de texto no se haga nada pesada.  Allí podemos encontrar decenas de testimonios de todos los bandos, descripciones de personajes de lo más variado –incluyendo la experiencia de Tolstoi en la guerra- consideraciones sobre la composición y valía de los ejércitos- alejadas de los tópicos nacionalistas y el triunfalismo, la explicación de cómo funcionaba el comercio privado que siguió a las fuerzas aliadas hasta el mismo teatro de operaciones en Crimea, el desorden y el caos de la intendencia, el desastroso estado de la sanidad militar, las miserias y glorias cotidianas, los grandes planes de operaciones y la improvisación.

De hecho, la Guerra de Crimea constituyó una derrota militar para Rusia, pero generó un una sensación de desilusión generalizada en Gran Bretaña, dado que la toma de Sebastopol, que puso fin a al contienda, fue mérito de los franceses, y la paz se firmó antes de que las tropas británicas hubieran logrado una victoria importante. Así, la guerra quedó asociada en la memoria popular a la tan célebre como absurda carga de la Brigada Ligera en Balaclava, y de ahí a la incompetencia de los mandos. Es por ello que en el epílogo, Orlando Figes aporta interesantes consideraciones de alcance social a las estratégicas. De la Guerra de Crimea surgió una nueva consideración del soldado raso inglés, el “Tommy”, que “combatía valerosamente por el Reino Unido y ganaba las guerras pese a los catastróficos errores de sus generales”.

Asimismo, “la mala conducción de la guerra también produjo una nueva seguridad en las clases medias, que se agruparon en torno de los principios de la competencia profesional, la industria, la meritocracia y la autoconfianza, en oposición a los privilegios por nacimiento. La guerra de Crimea les había proporcionado muchos ejemplos de iniciativas profesionales que habían ido al rescate de la mal conducida campaña militar: el trabajo de enfermería de Florence Nightingale, la pericia culinaria de Alexis Soyer, el ferrocarril de Balaclava de Samuel Peto o los albañiles de Joseph Paxton, que fueron enviados a construir las cabañas de madera que protegieron a los soldados británicos de las inclemencias del segundo invierno en los altos de Sebastopol. Gracias a la prensa, a la cual escribían dando consejos prácticos y opiniones, las clases medias se involucraron activamente en la conducción diaria de la guerra”.

Dicho todo esto, el libro presenta algunas limitaciones que también deben tenerse en cuenta. Así, Figes explicita al comienzo de la obra en que la Guerra de Crimea puede ser considerada la primera guerra moderna en base a la utilización de navíos de vapor, el telégrafo, el ferrocarril e incluso unas redes de trincheras que prefiguran aquellas de la Primera Guerra Mundial. Todo esto es correcto, aunque en absoluto novedoso: es mencionado, descrito y analizado en obras anteriores sobre ese conflicto. Sin embargo, ese componente de modernidad apenas juega un papel a lo largo del cuerpo principal de la obra, como no sea de forma indirecta; por ejemplo, a partir de las numerosas fotografías que ilustran el texto, que nos recuerdan que la guerra de Crimea fue el primer conflicto cubierto por el reportaje fotográfico. En realidad, en base a su insistencia en el componente religioso y la ineficacia de la intendencia inglesa –que no francesa- Figes pone énfasis en describir esa guerra más como un final de época que como un principio.

En segundo lugar, y a pesar del primer capítulo dedicado a la cuestión Oriental en extenso –comenzando por las guerras ruso-otomanas del siglo XVIII, el autor no incluye, al menos de forma explícita, la Guerra de Crimea en la extensa rivalidad estratégica ruso-británico por los límites de los respectivos imperios en Eurasia, lo cual fue conocido como el Gran Juego, y que se extendió desde 1813 a 1907. Es cierto que el Gran Juego se suele circunscribir al Asia Central, en un espacio que incluye  las actuales repúblicas ex soviéticas y Afganistán. Pero en realidad incluía también Persia y el Cáucaso, y dado que las costas georgianas daban al Mar Negro y el Imperio otomano jugaba también su papel en todo ello, la Guerra de Crimea no puede deslindarse de ese pulso de gigantes que se echaron rusos y británicos a lo largo del siglo XIX. De hecho, la animadversión anglo-rusa en Oriente Medio y la zona del Mar Negro creció muchos enteros entre 1829 y 1833, y de no haber sido porque las revoluciones de 1848 pusieron Europa patas arriba y Rusia contribuyó a aplastarlas de forma decisiva, Gran Bretaña hubiera intentado un golpe decisivo contra su expansivo poder imperial; tuvo que esperar hasta 1853, cuando se le presentó la oportunidad, con la Guerra de Crimea.

Figes no evita incluir el análisis de todo ello en su libro: por el contrario, le dedica tres capítulos, muy recomendables, al enfrentamiento ruso-turco, por un lado, y al anglo-ruso, por otro. Pero hay algo que falla en el relato de esas tensiones, y parece estar en que el autor no separa claramente los términos y causas del creciente enfrentamiento a Rusia por parte de franceses e ingleses. De un lado, juega ahí el rechazo creciente a la gran potencia oriental como “gendarme de Europa”; de otro, la amenaza a los intereses geoestratégicos e imperialistas de ambas potencias occidentales. El hecho de que símbolos, imágenes y panfletos vehicularan ese rechazo de forma burda, demagógica o mendaz, no supone que fuera irreal o que debamos confundir causas con efectos o poner delante el carro delante de los caballos. Y es ahí donde, de nuevo, el subtítulo de la edición española desconcierta al lector una vez terminado el libro. Porque lo que Orlando Figes quiere explicarnos es que la Guerra de Crimea fue, realmente, una última cruzada, no una gran guerra por la superioridad estratégica.

Francisco Veiga

Fenton159
Una célebre fotografía de Roger Fenton: grupo de jinetes del 8º Regimiento de Húsares, una de las unidades que había participado en la célebre carga de la Brigada Ligera en Balaclava, pocos meses antes. Soldados uniformados como en tiempos de las guerras napoleónicas, abandonan los antiguos y gloriosos óleos y posan para una moderna fotografía, en la abandonada actitud que propicia una guerra que anticipaba la modernidad. Entre ellos, se puede ver a una cantinera.

Anuncios