España en Asia Central: ¿de singular a normal?

Una azafata verifica el suministro de jabón en un WC del Talgo uzbeko (Afrosiyob), que une la ruta Tashkent-Samarcanda. Foto: podrobno.uz

España en Asia Central: ¿de singular a normal?

Nicolás de Pedro

Asia Central es aún una región poco conocida fuera del mundo postsoviético. Probablemente, incluso aquellos lectores familiarizados con la geopolítica centroasiática se sorprenderán al saber que las relaciones políticas entre España y Kazajstán son extremadamente fluidas; que en aquel país, la tan traída estos días, marca España, se asocia con facilidad a productos de tecnología punta; que miembros del Gobierno y la elite kazaja suelen pasar sus vacaciones en la Costa Brava catalana; que una asociación kirguiz celebra anualmente en Madrid el Noruz, año nuevo persa; o que, en su día, el dirigente uzbeko, Islam Karímov, envió a una de sus hijas como embajadora a España. Los dirigentes por ambos lados suelen caracterizar las relaciones al más alto nivel como “excelentes y singulares”. Si a estos adjetivos añadiéramos el de “curiosas”, tendríamos una caracterización bastante ajustada de las relaciones de España con el Asia Central postsoviética.

Entre 2007 y 2010, estas relaciones, centradas fundamentalmente en Kazajstán y Uzbekistán, vivieron un auge sin precedentes. La presidencia española de la OSCE (Organización para la Cooperación y la Seguridad en Europa) en 2007 marcó un punto de inflexión en la política centroasiática de España. Se inició un periodo de cortejo mutuo, una auténtica luna de miel, que conllevó la implementación de todo tipo de iniciativas y acuerdos. Así, en julio de 2009, España y Kazajstán firmaron un acuerdo de asociación estratégica, cuyo nombre resultó ser más ambicioso que lo que su planteamiento y aplicación mostraron. Y eso que, unos meses después, Asia Central figuró entre las prioridades de la presidencia española de la UE del primer semestre de 2010. Sin embargo, unas expectativas excesivas provocaron después una considerable insatisfacción mutua y, en el caso uzbeko, incluso un rápido deterioro de la relación bilateral.

A diferencia de lo sucedido con Uzbekistán, el auge de las relaciones con Kazajstán viene fraguándose desde mediados de los años noventa. En aquella temprana aproximación, jugó un papel decisivo la (ahora) conocida amistad entre el rey Juan Carlos y el presidente Nursultán Nazarbáyev. En buena medida, el frecuente intercambio de visitas, cuyo ritmo contrasta con el bajo perfil que aún mantiene la diplomacia española en Asia, ha sido el motor que ha dinamizado la relación bilateral. La cercanía y fluidez de estos lazos ha impulsado, y en algún caso, facilitado decisivamente, la penetración económica española.

Con todo, las relaciones económicas y empresariales hispano-kazajas son en su conjunto modestas, aunque para determinadas empresas en particular son relevantes y ofrecen perspectivas interesantes. Talgo es la presencia empresarial más visible, una de las más longevas y, hasta la fecha, la más exitosa. Desde 2003 su presencia en el país no ha hecho sino crecer y, junto con el Real Madrid, el Barça, el Quijote, la guerra civil o Julio Iglesias, es, probablemente, una de las primeras imágenes con las que las que se asocia el nombre de España en Kazajstán. Esta popularidad tiene mucho que ver con el hecho de que Almaty y Astaná, antigua y nueva capital respectivamente, están unidas diariamente por el conocido como “tren español”. En los dos últimos años, la presencia de Talgo en el país no ha hecho sino multiplicarse con la creación de Tulpar Talgo, empresa conjunta con el monopolio kazajo Temir Zholy, el establecimiento de una fábrica de trenes en Astaná o la consecución de un gran contrato de mantenimiento para los próximos quince años. Repsol, Airbus Military o Indra son otras grandes empresas que han logrado acuerdos importantes en Kazajstán.

Sin embargo, más que la firma de grandes contratos, lo que Astaná esperaba, y obtuvo, era el respaldo de Madrid para conseguir la presidencia de la OSCE, uno de los grandes objetivos personales del presidente Nazarbáyev. Y ciertamente la presidencia española de 2007 tuvo que emplearse a fondo para disipar las dudas que albergaban bastantes miembros ante el compromiso kazajo con los principios democráticos definitorios de la propia OSCE. Kazajstán, finalmente, obtuvo su ansiada presidencia en la reunión celebrada en Madrid en diciembre de aquel año 2007; algo que, según declaró el entonces ministro kazajo de asuntos exteriores, Kanat Saudabáyev, “Kazajstán nunca olvidaría”. La coincidencia, durante el primer semestre de 2010, de la presidencia kazaja de la OSCE con la española de la UE impulsó la búsqueda de cooperación y posibles sinergias. Sin embargo, la crisis económica y la puesta en marcha del Tratado de Lisboa, que reduce el papel de las presidencias rotatorias, hizo que la cooperación fuera escasa, y, desde luego, mediáticamente invisible. La insatisfacción mutua, probablemente más acusada por parte española, fue poco a poco adueñándose de las relaciones. Madrid esperaba más contratos y Astaná más visibilidad para este acercamiento político. Y en las discusiones sobre qué venía primero se diluyó la oportunidad de obtener mayores resultados.

En el caso de Uzbekistán, la diplomacia española recurre habitualmente a la evocación de la legendaria embajada del castellano Ruy González de Clavijo a la corte de Tamerlán en Samarcanda a principios del siglo XV. Pero su reiteración, más que sugerir una cierta continuidad histórica, pone en evidencia la  ausencia de relaciones que ha caracterizado esos últimos quinientos años. De hecho, las relaciones con Uzbekistán no tomaron cierta entidad hasta la mencionada presidencia española de la OSCE. Según parece, el perfil bajo en materia de democracia y derechos humanos que adoptó el ministro Moratinos durante su viaje por las cinco repúblicas en 2007, resultó particularmente grato al presidente uzbeko Islam Karimov. Los vínculos personales fueron cultivados desde aquel primer encuentro y, según algunas fuentes uzbekas, se acordó una visita oficial del Rey a Uzbekistán. La concesión de sendos  contratos a Initec Energía y Talgo, y la elección de Gulnara Karímova como embajadora en Madrid a finales de 2009 fueron una muestra inequívoca del interés mutuo por reforzar esta relación. Desde la perspectiva uzbeka, durante su presidencia, España podía contribuir a una mejora de las relaciones de Tashkent con la UE. Sin embargo, no se produjeron avances significativos y, para irritación uzbeka, tanto la apertura de la embajada española en Tashkent como el viaje del Rey fueron sucesivamente pospuestos. De igual forma, la participación en un seminario en Madrid de un conocido y crítico analista uzbeko así como la publicación por El País de un artículo de John Carlin sobre los turbios negocios en Uzbekistán del ex presidente del Barça, Joan Laporta, un texto que, de paso, mostraba las miserias del régimen de Karímov y su familia, alimentaron la controversia y la irritación uzbeka. La deslucida inauguración en agosto de 2011 del Talgo que une Tashkent con Samarcanda marcó el momento más bajo de la relación bilateral. “Uzbekistán ningunea a España en la puesta en marcha del AVE” rezaba el contundente titular de la crónica de la veterana corresponsal de El País, Pilar Bonet, quien, al igual que otros periodistas españoles, no pudo acudir al evento al negarle el visado las autoridades uzbekas.

Pasada la vorágine de aquellos tres años, existen indicios que apuntan a un renovado interés por parte de Madrid por relanzar la relación con Asia Central, principalmente con Kazajstán, despojada, eso sí, del entusiasmo desbordado de años precedentes. Al igual que sucedió con el viaje del presidente Zapatero a Astaná en junio de 2011, la probable visita del presidente Rajoy en 2013 tendrá, previsiblemente, un marcado carácter económico. Las relaciones al más alto nivel han facilitado el desembarco español, pero deben ser complementadas, por excelentes y singulares que sean, con una normalización de la agenda española. Los grandes desafíos siguen siendo dos. Por un lado, lograr una mayor participación de pymes en el comercio bilateral, lo que, probablemente, generaría un mayor impacto en la creación de empleo en España. Por otro lado, una identificación precisa de los nichos estratégicos en los que existen oportunidades reales y en los que España tiene capacidad competitiva. Un mayor conocimiento propio e inteligencia económica son, pues, imprescindibles. España ha llegado con retraso a una región que no ha esperado para tejer unas densas redes de intereses y de contactos con otros países. Por evocadora que resulte la muy lejana embajada de Clavijo no sirve para articular la política centroasiática de España del siglo XXI.

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