Kirguistán: el fracaso de la última intentona golpista

Verjas exteriores, palacio del gobierno, Bishkek: octubre de 2012. Traducción: No es necesario saltar la valla. Hay una entrada “pacífica” cerca. ¡Queremos tranquilidad! Un análisis sobre los sucesos en la capital kirguisa por dos analistas especializados, para Eurasian Hub

Nicolás de Pedro y Luis Sánchez, Barcelona y Madrid, 7 de octubre, 2012

Afortunadamente, el último intento de asalto a la sede del Ejecutivo en Bishkek y de convocar grandes manifestaciones para derribar el Gobierno ha fracasado. La acción del pasado 3 de octubre estuvo liderada por Kamchybek Tashíev, líder del nacionalista y xenófobo Ata Jurt, de talante agresivo y violento y uno de los caciques sureños que llevan agitando la política kirguiz desde la caída del ex presidente Bakíyev. Sin embargo, no por chapucero, el intento resultó menos peligroso. Hubo, al menos, tres heridos de bala y el incidente a punto estuvo de desencadenar un grave enfrentamiento en el centro de la capital.

A pesar de ello, no deja de tener ese inconfundible sabor tragicómico y surrealista de muchos de los episodios que sacuden regularmente la política kirguiz. Tashíev, aprovechando las (legítimas) reivindicaciones de los trabajadores de la gran mina de oro de Kumtor, enfundándose en la bandera nacional y apelando nada menos que a Chingiz Jan, ha tratado de tomar el poder tal y como sucedió en las dos famosas, aunque mal llamadas, revoluciones de marzo de 2005 (caída de Akáyev) y abril de 2010 (caída de Bakíyev).

Pero el caso es que Tashíev, como líder de la principal facción del Jogorku Kenesh (Parlamento) no necesita saltar la valla para entrar en el recinto presidencial y parlamentario. No tiene más que dirigirse al acceso principal y entrar libremente, como le han recordado jocosamente algunos carteles colgados por ciudadanos anónimos en las vallas que rodean el complejo

De hecho, ahora tanto él como Sadyr Japarov, diputado aliado de Tashíev, insisten, tras anunciarse su detención preventiva durante dos meses en instalaciones del Comité de Seguridad Nacional, en que simplemente iban a trabajar, que un grupo de policías les impidieron el acceso y que son víctimas de una maquinación de sus rivales políticos.

Algo que, insistimos, si no fuera por lo heridos y el conflicto que podía haber desencadenado, solo puede provocar estupefacción o cierta hilaridad a cualquiera que vea alguno de los vídeos del asalto colgados en Youtube. Pero lo cierto es que Tashíev podría haber planeado un golpe más elaborado que combinara una acción desde dentro con una protesta callejera violenta. En fin que, si sus ansias de poder hubieran ido acompañadas de algo más de talento, la cosa podría haber sido bien distinta. Afortunadamente, lo que la naturaleza no da, ni Salamanca ni ningún Parlamento lo otorgan.

La manifestación convocada para el día siguiente tuvo cierta entidad en Jalalabad, en el sur, donde consiguió bloquear la carretera principal, pero en Bishkek apenas reunió a unas decenas de personas. Muchos de ellos, por cierto, representantes de esa versión local de los ni-nis, aunque en su caso reflejan, fundamentalmente, un éxodo rural escasamente articulado y la debilidad estructural del menguante tejido productivo y mercado laboral kirguiz. Son esta legión de jóvenes sin estudios y con sus expectativas de encontrar un trabajo y un lugar en la capital frustradas, los que se ven fácilmente tentados a unirse a las redes de políticos como Tashíev (y otros) que pagan a quienes se movilizan a su favor. El discurso nacionalista y agresivo de Tashíev hace el resto. No son, obviamente, los únicos que simpatizan con un discurso simplón que promete mejoras rápidas y un “Kirguistán fuerte”. La depauperada situación económica, sobre todo en el sur, pero también en el norte, alimentan el descontento y decepción popular con el actual sistema político. Sin embargo, eso no es suficiente para galvanizar el apoyo a líderes como Tashíev, que no es el único que enarbola un discurso populista y xenófobo (particularmente contra la comunidad uzbeka del sur). Tashíev, además, recuerda demasiado al defenestrado Bakíyev que, junto a su familia y clan de apoyo, a punto estuvieron de saquear y arruinar el país por completo.

A la desconfianza que genera el personaje se une el hartazgo de la población de Bishkek con la sucesión de “revoluciones” como factor a considerar. Además de cambios de gobierno o régimen, todas las revueltas han venido acompañadas de disturbios, saqueo de comercios, delincuencia callejera y auge del crimen organizado. Lo que no ha hecho sino ensanchar la brecha entre esta masa de recién llegados y los habitantes “tradicionales” de la capital, que tratan con notable desdén a estos inmigrantes rurales, muchos de los cuales ni siquiera pueden desenvolverse en ruso, el idioma predominante en Bishkek. Este hartazgo y brecha social explican, en parte, por qué las movilizaciones antes masivas, son ahora mucho más reducidas y centradas en temas o personajes concretos. Las dificultades para articular manifestaciones masivas se han puesto de manifiesto estos últimos días. Así por ejemplo, la inmensa mayoría de los conciudadanos de Sadyr Japorov, de la norteña Tiup en el Issyk Kul, han desoído sus llamadas para movilizarse.

Todo ello invita a pensar que la mística de las revoluciones ha perdido credibilidad entre sectores importantes de la ciudadanía. La falta de renovación entre la clase política y de resultados económicos tangibles ha contribuido de manera significativa a ello. Sin embargo, conviene ser cautos a la hora de extraer conclusiones, ya que la experiencia reciente en un contento tan volátil y cambiante como el kirguiz nos indica que lo definitivo deviene fácilmente en provisional. Así, aunque todo apunta a que la chapucera intentona golpista de Tashíev no va a tener continuidad, habrá que esperar unos días, tal vez semanas, para estar completamente seguros. En ese tiempo, además de recuperarse de sus heridas, sabremos si finalmente la fiscalía kirguiz, de acuerdo con la legislación vigente, apuesta por castigar severamente la intentona de Tashíev o si, por el contrario, se produce alguna componenda entre la elite política. Ambas opciones pondrán de nuevo a prueba el aún frágil parlamentarismo kirguiz y las expectativas sobre un futuro democrático, pacífico y próspero para Kirguistán.

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