El estado del bienestar en los extremos de Eurasia

En Asia se expande el del bienestar, mientras en Europa es encogido a martillazos. El debate se sitúa en el epicentro de nuestra situación actual, dado que el trasfondo de su desmantelamiento se vincula a la perentoria necesidad europea de “ser competitivos”. La derecha occidental vuelve a agitar, como hace un siglo, el “peligro amarillo”. A China no hay quien la pare; los chinos nos comerán; sólo una guerra los parará. Este tipo de apreciaciones, de gran éxito popular, parecen avalar la imperiosa necesidad de “situarnos a su nivel” para poder contrarrestar su mano de obra barata e inagotable. Pero esto es un mito. La economía china se desarrolla en un contexto global, con lo que supone de padecer los efectos de las crisis europea y americana. La mano de obra no es inagotable, contra lo que pudiera parecer. Y los trabajadores chinos, desean libre sindicación y cobertura social; es decir, tenderán al modelo europeo, más que al americano. Traducción a cargo del historiador Javier Romero.

Reconsiderando el estado del bienestar

La próxima revolución en Asia

Varios países de este continente están construyendo estados del bienestar, teniendo además la posibilidad de aprender de los errores de occidente

Las economías de Asia llevan mucho tiempo asombrando al mundo con su dinamismo. Gracias a años de espectacular crecimiento, más gente ha salido de la pobreza absoluta en Asia contemporánea que durante ningún otro período de la historia. Pero, según van ganando poder adquisitivo, los ciudadanos de la región también quieren más de sus gobiernos. Existe por todo el continente una creciente presión a favor de la creación de sistemas de pensiones y de asistencia sanitaria nacional, seguro de desempleo y otros elementos característicos de la protección social. Como resultado de todo ello, las economías más pujantes del mundo están cambiando de marcha; han dejado de limitarse a acumular riqueza para comenzar a construir un estado del bienestar.

La velocidad y la escala de esta transformación resulta mareante (véase éste artículo). El pasado octubre, el gobierno de Indonesia se comprometió a que todos sus ciudadanos tuvieran seguro médico para 2014. Este país está construyendo la organización de sanidad nacional “de un solo pagador” (en la que un único organismo gubernamental se encarga de cobrar las contribuciones y pagar las facturas) más grande del mundo. En tan sólo dos años, China ha extendido la cobertura de pensiones a otros 240 millones de habitantes de zonas rurales, una cifra superior a la cantidad total de personas bajo la cobertura de la Social Security, el sistema de pensiones estatal de los EE.UU. Hasta hace apenas unos años, aproximadamente 80% de los habitantes de la China rural no tenían seguro médico; en la actualidad, prácticamente todo el mundo lo tiene. En la India, aproximadamente unos 40 millones de hogares se benefician de un plan del gobierno para suministrar un máximo de 100 días de trabajo al año cobrando el sueldo mínimo, y el estado ha extendido la cobertura del seguro sanitario a unos 110 millones de pobres, más del doble que el número de personas sin seguro en los EE.UU.

Si se considera que la introducción de un sistema de pensiones en Alemania en 1880 fue el inicio y el establecimiento por parte de Gran Bretaña de su National Health Service fue el apogeo, la creación del estado del bienestar de Europa requirió más de medio siglo. Algunos países asiáticos construirán los suyos en una década. Si no hacen bien las cosas, especialmente si se hacen promesas que no podrán cumplirse, podrían llegar a desbaratar las economías más dinámicas del mundo. Pero si crean redes de seguridad viables, no sólo podrían mejorar la vida de sus propios ciudadanos, sino también convertirse en modelos a seguir. En un momento en el que los gobernantes del mundo rico no están consiguiendo rediseñar estados que puedan afrontar el problema de unas poblaciones envejecidas y de unos enormes déficits presupuestarios, esta podría ser otra área más en la que Asia pasa por delante de occidente.

Más allá de Bismack y Beveridge

La historia ofrece numerosas lecciones a los asiáticos de qué deben evitar. Los estados del bienestar de Europa comenzaron como redes de seguridad básicas. Pero con el tiempo, acabaron convirtiéndose en almohadones. Esto se debió en parte a que, después de las guerras y de la Depresión, las sociedades europeas hicieron de la redistribución su prioridad, pero también porque los receptores del gasto del estado del bienestar se convirtieron en poderosos grupos de interés. El resultado final, con mucha frecuencia, fue la esclerosis económica y un estado cada vez más grande. Los EE.UU. han mantenido una red de seguridad menos generosa, pero han cometido errores al crear su sistema de derechos sociales –errores que incluirían hacer promesas de pensiones y de instalaciones de asistencia sanitaria que no podían asumirse, y vincular el seguro médico de las personas a tener empleo.

La experiencia en otras partes del mundo emergente, en especial en la América latina, es aún peor. En estos países, los gobiernos habían tendido a acumular insuficientes ingresos por impuestos como para poder cumplir sus promesas de gasto. Frecuentemente, la protección social agrava las desigualdades, debido a que las pensiones y la asistencia sanitaria atendían a trabajadores urbanos con recursos y no a los realmente pobres. Brasil es  famoso por tener unos niveles de gasto gubernamental del primer mundo pero servicios públicos tercermundistas.

Los gobiernos asiáticos son muy conscientes de todo esto. No tienen ninguna intención de reemplazar una tradición de duro trabajo y de riqueza por una de indolente dependencia del estado del bienestar. Los gigantes de la región buscan su inspiración no en Grecia, sino en la diminuta Singapur, en la que el gasto gubernamental es sólo una quinta parte del producto interior bruto pero sus escuelas y hospitales están entre las mejores del mundo. Hasta ahora, las redes de seguridad de los grandes países asiáticos han sido por lo general minimalistas; un seguro médico básico y pensiones que sustituyen una pequeña fracción de los ingresos de los trabajadores. Todavía ahora, los gastos sociales de la región en comparación con el tamaño de sus economías es de tan sólo un 30% de la media de los países ricos; es menor que los de cualquier parte del mundo emergente exceptuando los del África subsahariana.

Esto deja una cantidad de espacio razonable para la expansión. Pero Asia afronta numerosos problemas particularmente complicados. Uno de ellos es la demografía. Aunque algunos países, principalmente la India, son relativamente jóvenes, la región incluye algunas de las poblaciones que más rápidamente envejecen de todo el mundo. Hoy día, China tiene cinco trabajadores por cada anciano. Para 2035, la relación habrá descendido a dos por anciano. En los EE.UU, por el contrario, la generación del baby-boom hizo que el sistema de la Social Security tuviera cinco contribuidores por beneficiario un cuarto de siglo después de su introducción, en 1960. Todavía hoy, cuenta con tres trabajadores por cada jubilado.

Otro problema es el tamaño, que hace especialmente difícil las políticas de bienestar. Los tres gigantes –China, India e Indonesia- son grandes territorios con enormes diferencias de ingresos entre las diversas regiones contenidas dentro sus fronteras. Construir un estado  del bienestar en cada uno de estos países viene a ser algo así como crear un único estado del bienestar en toda la Unión Europea. Por último, muchos trabajadores asiáticos (en India la cifra es aproximadamente un 90%) están en la economía “sumergida”, lo cual hace aún más difícil verificar sus ingresos o hacerles llegar transferencias.

Tigres amables, no gatos fofos

¿Cómo superar estos desafíos? No existe una única solución que funcione para todos los países, desde la India a Corea del Sur. Cada país hará, y deberá hacer experimentos con diversos modelos de estado del bienestar. Pero existen tres principios generales que a todos los gobiernos asiáticos les irá muy bien tener en cuenta.

Lo primero a lo que debería prestarse aún más atención es a la viabilidad con el tiempo de toda promesa hecha. La cuantía de la mayoría de pensiones asiáticas podrá ser modesta, pero los trabajadores comienzan a percibirlas a edades tempranas. El China, por ejemplo, las mujeres se jubilan a los 55; en Tailandia, muchos trabajadores son obligados a dejar de trabajar a los 60 y pueden retirar sus fondos de pensiones a los 55. Esto es patentemente insostenible. Las edades de jubilación deben aumentar en toda Asia, debiendo ser ajustadas en función de la esperanza de vida.

Segundo, los gobiernos asiáticos necesitan dirigir su gasto social de forma más cuidadosa. Para expresarlo con crudeza, la previsión social debe estar más orientada a la protección de los pobres más que al subsidio de los ricos. En unas sociedades que envejecen rápidamente, en especial, los pagos a los ancianos no deben secar la inversión en los más jóvenes. Demasiados gobiernos asiáticos siguen gastando cantidades ingentes de dinero público en subsidios universales regresivos. Indonesia, por ejemplo, gastó el año pasado nueve veces más en subsidios de combustibles que en asistencia sanitaria, y la parte del león de esos subsidios fue a parar a la población con mayor poder adquisitivo del país. Ahora que los políticos de Asia prometen un estado del bienestar de base más amplia, éstos tienen ahora la oportunidad política, y la responsabilidad económica, de deshacerse de estos gastos inútiles.

En tercer lugar, los reformadores asiáticos deberán ser flexibles además de innovadores. No deberían anquilosar sus mercados de trabajo con rígidas legislaciones de indemnización por despido o con sueldos mínimos excesivamente generosos. Tendrían que garantizar que las pensiones sean transferibles entre trabajos y entre regiones. No deberían equiparar una red de seguridad de financiación pública con la provisión de servicios por parte del gobierno (un único pagador gubernamental podría ser la forma más barata de proveer de asistencia sanitaria básica, pero eso no quiere decir que cada una de las enfermeras tenga que ser empleada pública). Y tendrían que emplear la tecnología para superar los fallos que aquejan al sector público del mundo rico. Desde hacer un amplio uso de los historiales médicos electrónicos a realizar pagos de pensiones por medio de teléfonos públicos, los países asiáticos pueden crear sistemas de asistencia nuevos y eficientes por medio de la moderna tecnología.

Finalmente, el éxito del gran salto adelante de Asia hacia la provisión de servicios sociales se verá determinado por la política tanto como por la economía. Los ciudadanos del continente deberán mostrar voluntad de planificar por adelantado, trabajar más y rechazar subsidios basados en el creciente endeudamiento de las generaciones futuras: virtudes que hasta ahora no han brillado entre sus equivalentes del mundo rico. Alcanzar esa madurez política requerirá un salto adelante mucho mayor que todos los demás.

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