La guerra de Yemen (y 3)

Carro de combate de la milicia Ansar al Sharia, afecta a AQAP, cerca de la localidad de Jaar, Yemen, 28 de abril de 2012. ¿Hubiera aprobado bin Laden una guerra convencional de Al Qaeda en Yemen?

La estrategia que Osama Bin Laden y Ayman al Zawahiri infundieron a al Qaeda se basaba, esencialmente, en tres grandes conclusiones convertidas en directrices. La primera sostenía que las estrategia seguida por los islamistas radicales hasta los años ochenta del siglo XX, no servía. Pretender erradicar del poder, uno a uno, a los dirigentes laicos y pro-occidentales (o pro soviéticos) del mundo musulmán, era una empresa estéril. Al menos para al Zawahiri quedó demostrado con el asesinato del presidente egipcio Anwar al Sadat en 1981. La operación, brillantemente concebida, desencadenó una contundente represión contra sus autores y los islamistas radicales egipcios, pero sin desencadenar ningún tipo de revolución o cambio político en el país.

A cambio, el objetivo real era atacar a las grandes potencias que sostenía a los felones: los Estados Unidos –muy especialmente- y la Unión Soviética. A priori, el objetivo parecía inalcanzable; pero la victoria en la guerra de Afganistán cambió la perspectiva. Allí, los guerrilleros muyahidines, muchos de ellos de ideología islamista, arrinconaron a los invasores soviéticos, que en 1989 tuvieron que retirarse del país. Esa derrota contribuyó al colapso de la superpotencia, con lo que se reforzó la creencia de los fundadores de Al Qaeda en que la victoria total era posible. La guerra de Afganistán también terminó de convencer a Bin Laden y al Zawahiri de la potencia y capacidad de manipulación de los americanos en el mundo musulmán.

Por lo tanto, la estrategia de hostigar a los Estados Unidos y atacar el corazón de su territorio, siempre fue la idea estratégica central de bin Laden y al Zawahiri. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron el momento cumbre de esa línea de acción.

Los americanos lo entendieron enseguida, y por ello su esfuerzo se centró en buscar y eliminar a los líderes de Al Qaeda, allá donde estuvieren; y también, en revertir su estrategia. El ataque contra Afganistán, en 2001, formó parte de la primera línea de acción. La invasión de Irak, en 2003, ya fue expresión del segundo plan: volver a meter el genio en la botella. En efecto, llevar la guerra al país de Saddam Hussein supuso atraer las fuerzas de combate de Al Qaeda y aliados a una especie de batalla de desgaste, tanto en lucha contra las tropas estadounidenses, como contra milicias y activistas rivales, suníes o chiitas.

La guerra en Irak desgastó las fuerzas de Al Qaeda, al tiempo que tergiversó el sentido estratégico original de su lucha. Al principio, los yihadistas aún golpearon en Madrid (2004) y Londres (2005). Pero luego, las acciones terroristas se espaciaron, perdieron contundencia y se limitaron a atacar objetivos en otros países árabes. Osama bin Laden parecía estar perdiendo el control global de la organización, a favor de comandantes locales, más empeñados en sus estrategias particulares y en el enfrentamiento con los “cruzados” en el campo de batalla. Entre los papeles que se encontraran en su mansión de Abbottabad, tras su muerte, el líder y fundador de Al Qaeda se quejaba de esta situación e instaba a la reanudación de la estrategia directa contra los Estados Unidos.

De ahí la importancia de Anwar al Awlaki, que funda AQAP en el corazón histórico de Arabia y terruño de los bin Laden, y planifica de nuevo los ataques contra el gigante americano: el frustrado atentado en el vuelo de la Northwest Airlines parece apuntar, de nuevo, a la estrategia maestra de Al Qaeda. Por si fueras poco, al Awlaki era estadounidense él mismo y los laboratorios de AQAP parecían ser capaces de elaborar bombas indetectables.

De ahí la importancia central de Yemen en la estrategia de Al Qaeda, en una segunda fase que suponía retirarse de Afganistán y Pakistán –país, al fin y al cabo no árabe- y asentarse en el bastión místico del mundo árabe-musulmán. Además, desde allí se podían redesplegar las fuerzas de Al Qaeda por la vecina África, por el Sahel y hacia Nigeria y Mali y Mauritania, tomando a Somalia como cabeza de puente.

Los americanos eran muy conscientes de ese peligro. Entre la no muy abundante bibliografía dedicada a la historia y cultura del Yemen, sobresale un cierto número de títulos relacionados específicamente con el poder de Al Qaeda en el país y la lucha de los Estados Unidos por destruirlo.

Tal como lo menciona Bobby Ghosh en su reportaje, y para desilusión de Washington, el presidente Saleh no estaba por la labor. No era sólo una cuestión de corrupción organizada. Ocurría que el poder del longevo presidente yemení -33 años en el poder- se basaba en la capacidad para mantener un equilibrio entre todas las fuerzas sociales y políticas en el Yemen: las tribus, desde luego, pero también los islamistas radicales, protegidos por uno u otro jefe tribal.

A la llegada de la Primavera Árabe, los observadores occidentales que mitificaron el fenómeno –la gran mayoría de ellos- olvidaron dos hechos importantes: que en Yemen las protestas comenzaron ya en enero de 2011, a la par que en El Cairo; y que diferencia de aquellos otros países en que triunfó con el destronamiento del respectivo autócrata y la apertura a la democracia, no se instauró una deriva política hacia el islamismo político. Lo cual, teniendo en cuenta que Yemen es uno de los corazones del Islam árabe más vigorosos, resulta bien significativo.

El tira y afloja con Saleh para forzar su partida duró un año, durante el cual AQAP se extendió por el sur. Se hizo con armamento pesado capturado al Ejército yemení, llevó a Abyan voluntarios somalíes, y hasta afganos, pakistaníes y chechenos,  y se lanzó a una guerra abierta contra Sana´a y los americanos. Y entonces, estos empezaron a meter el genio en la botella, también en Yemen. En mayo logaron asesinar a Bin Laden, y en septiembre liquidaron a Awlaki. AQAP y los grupos afines respondieron: golpearon en Sana´a una y otra vez, matando a militares yemeníes, a la vez que perdían territorio y bastiones, empujados por el Ejército, las tribus y los drones. Pero los estrategas americanos habían logrado conjurar el peligro de que Yemen se convirtiera en la nueva base para La Base, desde la cual golpear  Estados Unidos o los países occidentales. Ese era el sentido último de la portada de Time para el 11 de septiembre de 2012.

Post scriptum

El martes 11 de septiembre, grupos de alborotadores intentaron asaltar la Embajada estadounidense en El Cairo y el consulado de esa misma potencia en Bengasi, Libia, donde asesinaron al embajador, Christopher Stevens. Al menos en la capital egipcia, los asaltantes esgrimían banderas de Al Qaeda, y hasta llegaron a izar una en el mástil de la Embajada. En Bengasi se insiste en la autoría del grupo radical yihadista Ansar al-Sharia.

Los agresores esgrimieron, como motivo de su furia, la emisión en la televisión americana de un desconocido film del muy marginal productor judío-americano Sam Bacile, apoyado, al parecer por el  pastor fundamentalista Terry Jones

Emitido en la fatídica fecha del 11 de septiembre, la provocación es muy burda, a lo que contribuye la nefasta calidad del producto. La administración estadounidenses debería ser consciente de que este tipo de provocaciones genera un impacto desproporcionado, capaz de arruinar su estrategia contra Al Qaeda, que tantos esfuerzos, vidas y millones de dólares le ha costado. Y que además une a odos los musulmanes, sunníes y chiítas, contra los Estados Unidos. Algo de lo cual los militares americanos son muy conscientes.

Si la emisión del film ha tenido algo que ver con el rechazo del presidente Obama a recibir al primer ministro israelí Benjanín Netanyahu a fin de comprometerse a  discutir sobre un futuro ataque contra Irán, el hecho podría revestir una notable gravedad.

Caso de que los asaltos no hayan estado relacionados con la argumentada emisión del film, y hubieran sido programados con anterioridad para señalar el retorno de la vieja estrategia de Al Qaeda coincidiendo con el undécimo aniversario del 11-S, entonces es que algo no está funcionando en el plan americano  de meter al genio en la botella.

Si, además, se confirmara la noticia de que Tariq al Fadhli, un antiguo comandante yemení de al Qaeda “ha llegado a un acuerdo con EE.UU. y Arabia Saudita que prevé el envío de 5.000 combatientes del grupo terrorista a Siria con el fin de respaldar a los rebeldes y derrocar al presidente Bashar al Assad”, es que Washington y Ryad han ido demasiado lejos en la manipulación de al otrora Primavera Árabe, convertida en una arrolladora Primavera Islamista que, como opina más de un diplomático yemení en Sana´a, los americanos difícilmente podrán controlar.

Francisco Veiga

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