Egipto apuesta por la política del no alineamiento

La tan anunciada manifestación cairota del pasado día 24 de agosto, viernes,  contra el presidente Mursi y el nuevo régimen islamista, pinchó sin lugar a dudas. En la plaza  de Tahrir -ahora convertida en uno de los puntos de mayor inseguridad ciudadana de la capital- se produjeron choques entre partidarios y detractores de Mursi (foto) e incluso se llegaron a escuchar disparos. Pero el número de los manifestantes fue exiguo. La estrategia de distribuir la manifestación entre otros puntos de la ciudad, como la distante Heliópolis, sólo llevó a  la dispersión, y a que apenas se notara su efecto en la vida cotidiana de la ciudad. Foto:  Reuters – Amr Abdallah Dalsh

La rápida transformación de Egipto
El reciente viaje del presidente Mursi a Teherán antes que a Washington ha desconcertado a Occidente

El Periódico, Opinión, Miércoles, 5 de septiembre del 2012

La administración Obama ha heredado de aquella que dirigió Bush un gran proyecto de cambio para eso que los estadounidenses denominan MENA (Middle East &North Africa). Quizá el equipo del presidente republicano pensaba en nuevas fronteras, mientras el demócrata incide más en un cambio socio-político global en el mundo árabe, basado  en algo parecido al modelo turco surgido hace diez años: sistemas democráticos controlados por islamistas moderados.

Egipto entra en ese esquema: desde la revuelta de Tahrir, en enero de 2011, hasta el presente régimen islamista moderado presidido por Mohamed Mursi, desde hace sólo dos meses.

De ahí el desconcierto que ha generado en los medios occidentales, e incluso egipcios, el reciente viaje del presidente a Teherán; antes que a Washington o Ankara. Además, era la primera visita de un mandatario egipcio a Irán en más de tres décadas. Y parecía rematar el desconcertante acercamiento egipcio-iraní que siguió a la caída de Mubarak y marcó el viraje político que terminó llevando a los islamistas al poder en El Cairo.

Una parte nada desdeñable de los analistas políticos occidentales cercanos a las tesis estadounidenses más combativas, sólo entiende la raíz de los conflictos en Oriente Próximo a partir de la dicotomía chiitas-suníes. No faltan islamófobos que imaginan un gran combate final entre unos y otros, que los lleve al exterminio mutuo. Una guerra imposible entre Arabia Saudí e Irán, o una sucesión interminable de coches bomba de unos contra los otros. De ahí que el acercamiento entre Egipto e Irán no cuadre en el esquema. O las informaciones de hace un año y medio, según las cuales Irán estaba ayudando a los Hermanos Musulmanes egipcios parecieran inconcebibles.

En realidad, las cosas son más matizadas. El Egipto de Mursi está apostando por el viejo papel que ya instituyó el archienemigo presidente Nasser en los años cincuenta: el no alineamiento. La prensa occidental parece haber pasado de puntillas sobre uno de los motivos del viaje del presidente egipcio a Teherán: entregar formalmente la presidencia del Movimiento de Países No Alineados a Irán en su XVI cumbre.

En esa misma línea, se han resaltado las palabras del presidente egipcio contra Bashar al Assad, cierto; pero no se ha dicho nada de su petición a reconocer el Estado palestino ante la ONU, también efectuado en esa misma cumbre del Movimiento de Países No Alineados. Y debe recordarse que tanto los Estados Unidos como Israel están ejerciendo fuertes presiones para que toda una serie de países –entre ellos España- no apoyen diplomáticamente esa iniciativa, que se va a plantear en breve.

Así que el Egipto post-Mubarak parece estar resituándose en la órbita de los No Alineados más combativos, al menos en el plano internacional. Por si faltaba algún síntoma más: el viaje a China del egipcio. En la política doméstica sí podríamos considerar que el nuevo régimen apuesta por seguir al pie de la letra la experiencia turca del Partido de la Justicia y el Desarrollo, en el poder desde hace ya una década. Al fin y al cabo, el partido que preside Mursi se denomina, no por casualidad, Partido de la Libertad y la Justicia.

Si atendemos a la contundencia con la que los islamistas han llegado al poder en Egipto, por la vía estrictamente electoral, y cómo han copado la presidencia, el paralelismo con lo sucedido en Turquía, ello es evidente. Mucho más si consideramos que el presidente Morsi, que se mueve con mucha rapidez, sólo hace muy pocas semanas que destituyó la cúpula militar encabezada por el mariscal Tantaui, poniendo en jaque al poder del ejército en el estado egipcio: de una forma muy parecida a como lo hizo Erdogan en Turquía. Más paralelismos: el turco permitió que las fuerzas armadas se implicaran de nuevo en la lucha contra el PKK kurdo, esta vez en Irak, en 2008. Mursi ha enviado a las tropas a luchar contra los fundamentalistas en el Sinaí. Y para completar las semejanzas, la manifestación del pasado 24 de agosto en El Cairo, que debería ser un desafío de los sectores laicos contra la acaparación del poder por los islamistas, pinchó como las que se organizaron con ese mismo fin en Turquía en abril de 2007. Pero de una forma mucho más rotunda.

Por lo tanto, los islamistas egipcios parecen firmemente asentados en el poder. ¿Pero estamos tan seguros de que todo se va a desarrollar según el modelo turco? Y aquí entra de nuevo en escena la política exterior. El mal llamado “neotomanismo” de la diplomacia turca, diseñada por el ministro Davutoglu y aplicada con la bendición de Washington, está haciendo aguas en la tormenta siria, un mar lleno de escollos. Si en la orgullosa política exterior turca afloran las contradicciones críticas, la política interior también se resentirá. Porque el “neotomanismo” era una forma de arrinconar el legado de Atatürk, sobre el que se había fundado la república en 1923. Así que el activismo no alineado de los islamistas egipcios, poco complaciente con la Unión Europea, puede ser otro síntoma de que la influencia del  modelo turco, tal como fue imaginada por los americanos, está tocando techo.

Francisco Veiga, profesor de Historia contemporánea (UAB) y coordinador de Eurasian Hub

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