Vende opio, compra té: China, 1830

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Desde finales del siglo XVII, cuando entraron en contacto con el Imperio chino, portugueses, holandeses y británicos buscaron establecer un flujo comercial cada vez más intenso con esa potencia. De entre todos ellos, estos últimos lograron mejores resultados al no buscar que el comercio dependiera de unas relaciones diplomáticas en las que no estaba interesado el emperador, a no ser que los occidentales se sometieran como naciones tributarias. Así, a través de su Compañía de las Indias Orientales, los británicos lograron tomar la delantera, aunque el comercio quedaba circunscrito a algunos puntos de la costa china.

Sin embargo, los intercambios no iban a más. Beijing respondió mal a las presiones  europeas para conseguir más derechos e incrementar el comercio. De hecho, en 1760, los contactos se redujeron a un solo puerto: Cantón. Y eso bajo unas reglas estrictas: las Ocho Normas y las Trece Factorías.

El comercio británico con China pronto fue deficitario. Los chinos apenas estaban interesados en la lana inglesa y algunos productos de metal. En cambio, la Compañía de las Indias Orientales incrementaba continuamente sus compras de té. Dado que no era posible establecer unos intercambios equiparables, el desembolso británico  de plata creció proporcionalmente. En 1800, la Compañía de las Indias Orientales compraba anualmente 10 millones de kilos de  té chino, con un coste de 3,6 millones de libras. En consecuencia,  los pagos ingleses en plata también se incrementaron, y ya desde un principio: si en 1760 la China de los Qing ingresaba plata por valor de 3 millones de taels, en la década siguiente ya superaba los 7 millones y medio, y en 1780 era de 16 millones.

A la frenética demanda de té había contribuido, además, la normalización del comercio de ese producto gracias a la Commutation Act, promulgada por el gobierno de Londres, que recortaba fuertemente los impuestos sobre esas transacciones. De esa manera, se terminaba con el contrabando, el comercio aumentaba poderosamente y, al final, el gobierno británico obtenía más réditos fiscales.

De ahí que ya desde los años 20 del siglo XVIII, los británicos recurrieran a un producto que iba a darles importantes márgenes de beneficio, contrarrestando así el déficit con los chinos: el opio.

La comercialización del opio fue una operación que se organizó concienzudamente.

Factoría de producción de opio en Patna, India. Sala de secado. Fuente: The First Opium War

La producción se estableció en la India, a caballo de las conquistas realizadas por los británicos entre 1750-1800. Allí había terrenos apropiados, clima conveniente y mano de obra barata y abundante, tanto para recoger la savia de la planta como para el proceso de laboratorio (hervido) que debía convertirla en una pasta espesa, susceptible de ser fumada.

Todo esto lo promovió la Compañía de las Indias Orientales, pero lo hizo mediante un proceso de “outsourcing”: estableció el monopolio para la compra del opio indio, pero vendió las licencias para comerciar con él a mercaderes privados, los “country traders”. Por lo tanto, la honorable compañía participaba directamente en la primera gran operación de narcotráfico de la historia contemporánea, con la aquiescencia, de momento pasiva, del gobierno de Londres

En China, el comercio del opio creó una adicción creciente que iba de la mano con el consumo del tabaco, también llevado por los occidentales en el decenio de 1720. Fumar se puso muy de moda en el periodo Qing, hasta el punto de plantarse en China  tabaco procedente de América Latina.

Así, el comercio de opio creó una masa de adictos que en 1820 se cifraba en un millón; al menos potencialmente: esa era la cantidad de drogadictos que podía atender el volumen de comercio alcanzado.

Una caja o alijo estándar de opio. Fuente: The First Opium War

Los cargamentos entraban en cajas de 59/70 kilos (alijos) de opio procesado. En 1729 se vendieron 200 cajas. En 1790 ya se había llegado a las 4.000. En 1832, ya eran 23.570[1].

Según el célebre historiador británico David K. Fieldhouse, el tráfico de opio hacia China llegó a convertirse, durante un tiempo, en piedra angular del sistema colonial inglés. Para él, el problema residía  en que, inicialmente, antes de 1833, la Compañía de las Indias Orientales “no podía importar suficientes géneros de la India a Gran Bretaña como para proporcionar dividendos a sus accionistas y permitir que sus empleados repatriaran el capital privado que había adquirido en la India”[2]. En cierta manera la India se había transformado en una especie de trampa, porque la Compañía de las Indias Orientales no generaba unos beneficios tan elevados como para que los inversores británicos obtuvieran unos dividendos interesantes. La Compañía era un negocio para los que vivían de ella en la India, aunque a base de explotar las rentas locales, de las tierras y el comercio local dentro de la India. Pero “la repatriación de los beneficios de la compañía o privados en metálico, la habría privado rápidamente de dinero”. La exportación de productos como yute, arroz, añil y algodón sólo cubría parcialmente el déficit crónico de la balanza comercial con Gran Bretaña.

Y ese problema lo solucionaba, precisamente, el comercio con China desde la India. Primero con el té, aunque era una solución “ingeniosa pero incompleta”, siempre según Fieldhouse. Debemos tener en cuenta que los comerciantes británicos vendían en China productos de la India, básicamente el algodón en rama“. De esa forma, China se convirtió en el eje del comercio y de las finanzas británicas en el Extremo Oriente” –añade el historiador británico. Así que el comercio con China rentabilizaba la posesión de la India, de ahí que el narcotráfico a gran escala llegara a ser esencial para seguir manteniendo a la India como colonia.

Penetración del opio en China, 1833-1839.  Fuente: The First Opium War

El éxito del tráfico de opio hacia China llegó a tales extremos que no sólo se liquidó con creces el déficit generado por las compras británicas de té, sino que además se cobraron toda la plata y más con el contrabando de opio. Así, mientras que en el decenio de 1820 salieron del imperio 2 millones de taels, a comienzos del decenio de 1830 eran ya 9 millones. Y, mientas tanto, el opio seguía entrado en China, a granel: 30.000 cajas en 1835, 40.000 en 1838 (¡1.400 toneladas de droga!).

Obviamente, el incremento masivo del narcotráfico tenía que generar problemas con el gobierno chino. Ese fue el origen de la denominada guerra del opio, entre 1839 y 1842. Esa contienda fue el origen de la denominada “diplomacia de las cañoneras”, de la carrera imperialista de fines del siglo XIX, y de una serie de argumentos políticos y morales asociados a ella que no le resultan desconocidos al consumidor de noticias de nuestros días.

Conforme negociaban las disposiciones para poner fin a  la primera fase de la guerra del opio, el premier británico, lord Palmerston, le escribía al nuevo plenipotenciario británico para China, Henry Pottinger, en la primavera de 1841: “El Gobierno de Su Majestad no puede permitir que en una transacción entre Gran Bretaña y China, la práctica irrazonable de los chinos sustituya la práctica razonable de todo el resto de la humanidad[3].

En efecto, la guerra del opio puso en circulación, por primera vez, el adaptativo concepto “comunidad internacional”, tal como hoy lo conocemos.

Un fumadero de opio en algún lugar de la costa china, finales del siglo XIX. una imagen trágicamente clásica. Fuente: Opium Museum


[1] Para los datos de evolución de ventas de opio, véase el libro de Jonathan D. Spence, En busca de la China moderna, Tusquets Eds., Barcelona, 2011; pag. 196

[2] David K. Fieldhouse, Economía e imperio. La expansión de Europa, 1830-1914, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1977; vid. pag, 242

[3] Jonathan D. spence, op. Cit., pag. 241

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