Rumania: nuevo episodio de crisis institucional sistémica

El presidente rumano Traian Băsescu en un fotomontaje, caracterizado como césar. Las alusiones a los tics despóticos y maquiavélicos del mandatario rumano son frecuentes en la prensa de aquel país.

De juego de la silla a batalla naval en Rumania

Àlex Amaya Quer, Cluj Napoca, 23 de junio, 2012

En Rumania, las relaciones entre el gobierno y la presidencia han pasado en las últimas semanas de un estado de tensa calma a estallar violentamente en un conflicto político que amenaza con llevarse por delante el siempre frágil equilibrio institucional del país. La causa inicial de la batalla se halla en la discusión de si es el presidente o bien el jefe del ejecutivo quien debe representar a Rumania en el Consejo Europeo del 28 de junio. Sin embargo, esta refriega ha derivado velozmente hacia un agrio cuestionamiento mutuo entre el presidente Traian Băsescu y el primer ministro Victor Ponta cuya resolución se antoja complicada. En el momento actual todo indica que ésta va a pasar forzosamente por la suspensión del presidente, en cuyo caso, la actual correlación de fuerzas permite imaginar un resultado diferente al que se produjo en 2007.

Las hostilidades se desataron cuando el gobierno presentó al parlamento una propuesta para dotar al primer ministro de un mandato de representación en la reunión de Bruselas, algo a lo que el legislativo accedió dada la actual mayoría parlamentaria de centro-izquierda. La respuesta del presidente Băsescu, ante el intento de robarle la silla que tradicionalmente ha ostentado en el Consejo, fue furibunda, alegando que se estaban violando las competencias que la carta magna reserva a la Presidencia en materia de representación exterior de Rumania, y negando la legalidad de la decisión. Para evitar que el jefe de Estado apelara a la Corte Constitucional, el gobierno aprobó entonces un decreto de urgencia que recorta la capacidad de aquélla de anular decisiones y actos jurídicos del poder legislativo. Tras un violento cruce de declaraciones desde una y otra trinchera, el ambiente político rumano alcanzó rápidamente el punto de ebullición.

Tras la caída el pasado 27 de abril del primer ministro de centro-derecha Mihai Răzvan Ungureanu y el nombramiento de Ponta como su sustituto, las dudas sobre si la clase política rumana sería capaz de gestionar armoniosamente el nuevo escenario de cohabitación han sido persistentes. Durante algo más de un mes un espejismo de equilibrio y respeto institucional ha caracterizado las relaciones entre gobierno y presidencia, pese a la evidente sensación de incomodidad que la cohabitación creaba en ambas partes. Esta situación saltó por los aires tras el triunfo electoral de la alianza de centro-izquierda USL, el pasado domingo 10 de junio, en unos comicios locales que tenían cierto carácter plebiscitario y que terminaron por dar carta de legitimidad al gobierno de Ponta.

El gobierno se sintió entonces fortalecido por las urnas para lanzar su órdago institucional y desatar las hostilidades contra el jefe del Estado, el cual parecía claramente vulnerable ante el fracaso de su partido en unos comicios locales en que obtuvo apenas un 15% de los votos. Sin embargo, tanto Ponta como sus aliados en la USL minusvaloraron la capacidad de reacción de un herido Traian Băsescu, capaz de incendiar Roma cuando intenta defenderse. Pese a su condición políticamente frágil debido a los acontecimientos de los últimos meses, que incluyen las graves protestas sociales de enero que tumbaron al gobierno de Emil Boc, así como elputsch parlamentario que terminó con su sucesor 78 días más tarde, el presidente rumano es un animal político bregado en estos lances, capaz de maniobrar con habilidad y transformar sus puntos débiles en posiciones de contraataque. De él surgió probablemente la vergonzante acusación contra Ponta de haber plagiado su tesis doctoral, un asunto habitual en la política rumana pero que alcanzó esta vez notoriedad internacional al ser recogido por prestigiosas publicaciones occidentales. El ambiente terminó por enrarecerse hasta la asfixia el pasado día 20 de junio cuando el ex-primer ministro socialdemócrata Adrian Năstase trató de suicidarsedespués de ser condenado a dos años de cárcel por corrupción. La USL y los medios de comunicación afines a ella, que siempre han defendido la improbable inocencia de Năstase, acusaron a Băsescu de manipular y politizar el proceso para atacar al gobierno.

Pese a que Ponta insistiese que la suspensión del presidente no entraba en la agenda del gobierno, para tranquilizar a una UE que no desea mayor inestabilidad en Rumania, en los últimos días esta posibilidad está más presente que nunca. El Senado ha aprobado un paquete legislativo que facilita el mencionado impeachment. Esta polémica decisión a su vez alimenta las críticas contra la USL, cuya acción de gobierno ha sido calificada de autoritaria.

La competición para determinar esferas de influencia política en un país sin experiencias exitosas de cohabitación, iniciada con la polémica sobre la silla rumana en el Consejo Europeo, ha derivado en una batalla naval de la que el ex-marinero Băsescu parece tener todas las de perder. Y en el fragor de los cañonazos, ha resurgido el debate de si Rumania debe abandonar el carácter presidencialista que la actual Constitución sugiere -y que Băsescu ha llevado al extremo-, y encaminarse hacia un modelo de república parlamentaria que impida nuevas situaciones conflictivas. En cualquier caso, parece que la Rumania postsocialista sigue incapaz de encontrar una identidad institucional sólida que sea marco de soluciones en vez de fuente de problemas.

Àlex Amaya Quer

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