Elecciones en Rusia: por qué la historia es importante

Una caricatura repetida hasta la saciedad: Putin en un cartelón de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, junto a Stalin.

El post que sigue a continuación está sacado del blog: Ballots & Bullets, producido por integrantes de la School of Politics and International Relations, en la Universidad de Nottingham, y su autor es el profesor Nick Baron, profesor asociado en Historia de Rusia. Recomendamos los post: Where the Russian Opposition is Going Wrong, de Nataliya Danilova Will Russia Become a Democracy? de Andreas Umland, de la Universidad Nacional de Kiev, Academia Mohyla, ambos publicados con motivo de las recientes elecciones presidenciales en Rusia.

Artículo traducido del inglés por el historiador Javier Romero

Una buena parte de la cultura política de un país la compone la forma en que ese país mira a su pasado. Esto es cierto si se consideran las actitudes sociales ante los hechos del pasado, o la retórica y las acciones –o inacción- de los políticos de un país que se enfrentan al desafío de remodelar creencias históricas.

Resulta sumamente importante y revelador en un país inmerso en un proceso de transición desde un período de gobierno autoritario.

Por lo tanto, podemos juzgar la situación actual de un país evaluando la naturaleza, y la variedad, de las formas en las que busca aprehender su pasado: qué hechos históricos son recordados, o puede que conmemorados, e integrados en una narrativa de continuidad nacional, cuáles son olvidados, o quizá deliberadamente suprimidos, y desaparecen de las historias que hablan de renacimiento y de nuevos comienzos.

Tradicionalmente se ha dicho en Rusia que el pasado es impredecible. Ciertamente, los sucesivos liderazgos soviéticos dirigieron las riendas de la historia en beneficio propio, reescribiendo los libros de texto, remodelando la forma y el contenido de los rituales de rememoración, presionando a los profesionales que “construyen” la historia –y no sólo a los historiadores, sino también a escritores, cineastas, conservadores de museos, arquitectos, artistas, entre otros- para que revisen su visión del pasado; “deconstruir” la historia para que esta pueda ser reconstruida de tal forma que pueda reforzar al poder actual y promover la cohesión y el orden sociales.

Es así como muchos comentaristas occidentales creen conocer a Putin por lo que dice en relación a la historia soviética, al igual que creen conocer a la Rusia actual por la forma en que dicha sociedad busca consuelo en una retirada al pasado.

Pero su análisis tiene un defecto básico.

Muchos observadores externos sufren de una tendencia a ver y escuchar sólo aquello que ya estaban buscando: pruebas de una nostalgia rusa patriotera post-imperial; el anhelo del estatus de superpotencia en el exterior y de estabilidad en el interior.

Pero dichos analistas pasan por alto, con la excepción de las posturas más extremistas de éste o aquel punto de vista, la diversidad de las opiniones políticas y sociales de  la Rusia actual con respecto a su historia, y los matices de lo que tienen que decir. Y también ignoran la transcendencia de esa diversidad y de esos matices.

El mismo Putín mantiene una postura ambivalente con respecto al pasado soviético. Suele citarse mucho su discurso presidencial de 2005, en el que dijo que el colapso de la URSS fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Pero un momento más tarde, en ese mismo discurso, anunció que la “joven democracia” rusa de la era pos soviética, “estaba generando no sólo la energía para preservarse a sí misma, sino también la voluntad de aspirar a una vida nueva y libre”. Putin ha explicado con frecuencia su postura de que Rusia debe pugnar por preservar elementos de su identidad –incluso de su identidad soviética- para así poder transformarse en algo diferente.

Resulta evidente que Putin rechaza la economía planificada soviética, pero al mismo tiempo también cree que el estado debe cumplir una misión reguladora de la empresa privada para poner coto a sus supuestos excesos; denuncia la represión y el terror de masas de Stalin, al mismo tiempo que defiende la autoridad del estado sobre la sociedad, y comprende la futilidad y el coste dela Guerra Fría, pero también rechaza los términos de la “paz” que la sucedió.

Evidentemente, no está clara, ni ideológicamente ni en la práctica, la posición exacta en que se encuentra Putin entre esos dos polos de interpretación histórica. Éste no ha expresado su posición de forma inequívoca, e incluso si tuviera una posición estable, consistente y coherente, existen sólidas razones políticas para no hacerlo. Sus referencias a la historia son con frecuencia ambiguas. “Cualquiera que no lamente el colapso de la Unión Soviética no tiene corazón”, se le atribuye haber declarado, “pero cualquiera que quiera verla restaurada no tiene cerebro”. En todo caso, como argumentan Fiona Hill y Clifford G. Gaddy en un reciente ensayo, Putin –al igual que todos los políticos-  está más preocupado por “usar” el pasado para “hacer historia” que en empeñarse en un debate histórico. Pero su ambivalencia abre espacio para el debate, y lo estimula.

Así, mientras los urbanistas de Moscú restauran inscripciones en loor de Stalin en una remozada estación del metro de la era estalinista, las escuelas rusas incluyen Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn –el mayor alegato contra Stalin de la literatura mundial- en el currículo escolar. Los libros de texto más recientes reflejan esa ambivalencia oficial. Por otro lado, Medvedev se ha referido sin ambages a favor de una desestalinización renovada. Pero no ha conseguido trasladar esta retórica –al igual que sus repetidas promesas de poner fin a la corrupción gubernamental y modernizar la economía- a la acción efectiva. Esta es una de las razones por las que el respeto por él, incluso entre sus antiguos partidarios, desaparece con rapidez. La sociedad rusa demuestra tener la misma diversidad de puntos de vista acerca de su pasado que cualquier país “normal”, una construcción que es en sí misma, por descontado, modelada por creencias culturales. Sin duda alguna en Rusia existe una mayor tolerancia hacia puntos de vista que en muchos países occidentales serían considerados intolerables, pero esta es una diferencia más de cantidad que de calidad. Sería erróneo hablar de un patrioterismo ruso inherente, o de una predisposición intrínseca a liderazgos fuertes o a gobiernos autoritarios,  aún cuando buena parte de la sociedad parece mostrar ambas características.

Los diferentes estratos sociales y las diferentes generaciones demuestran tener actitudes variadas hacia el pasado. Según el Centro Levada, que lleva a cabo regularmente encuestas de opinión entre la población rusa, desde 1991 la figura de Lenin se ha hecho “menos importante”, mientras que “las actitudes hacia Lenin se han vuelto más positivas”. El aumento en las valoraciones positivas del papel de Lenin tiene lugar, curiosamente, en la generación más joven, de 25 años o menos.

Las encuestas de la Fundación de Opinión Pública confirman estos datos. Los sociólogos de este organismo sugieren que los veinteañeros de hoy ven a Lenin de forma más positiva que aquellos que finalizaron la escuela entre 1978 y 1985. La actitud con respecto a Stalin de los que acaban de finalizar la escuela es también más positiva que la de sus padres, aunque la juventud de hoy –al igual que la mayor parte de la población rusa- sigue evaluando a Stalin de forma más negativa que a Lenin.

¿Acaso estas estadísticas señalan un deseo de aquellos que nunca conocieron la URSS de retornar a un pasado autoritario? ¿O se trata tal vez de la expresión del rechazo de esta generación a la política de hoy en día? En verdad, ¿qué es lo que saben en realidad de su historia los jóvenes de Rusia? ¿Cómo se ha transmitido o creado su “conocimiento” del pasado? ¿Quiénes son realmente los “Lenin” y “Stalin” evocados por los encuestadores?

Tales son las preguntas cruciales para comprender el papel de la historia en la cultura política rusa contemporánea.

Nick Baron, Associate Professor de historia rusa, Universidad de Nottingham

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