Detrás del referéndum croata

¿Unión Europea? No se, no me importa”. Caricatura publicada por Fitch F.  Rich en su blog: Hello Europe. It´s Croatia Calling el pasado 22 de  enero

El pasado domingo, día 22 de enero, los croatas dieron su visto bueno a la firma del  tratado de adhesión con la Unión Europea, efectuada durante la celebración del Consejo Europeo del 9 de diciembre de 2011. Merece la pena referirse a esa fecha porque pasará a la historia como uno de los momentos más críticos por los que ha pasado el proceso de construcción europea en cuanto a su propia arquitectura.

Ese día, con la resaca del acuerdo fiscal alcanzado en la noche anterior, sin el Reino Unido, los líderes europeos y el presidente y la primera ministra croata pusieron fin  a más de seis años de negociaciones en una escena que no recordaba, ni de lejos, a las vividas en torno a la Gran Ampliación de 2004. El entusiasmo europeísta de entonces se tradujo, el mes pasado, en un gesto de hastío: si hace ocho años las cámaras grabaron a Schröder celebrando las diez adhesiones al ritmo de los bailes regionales, la cancillera Merkel daba ahora un portazo a las aspiraciones de Serbia exigiendo a ese país la renuncia a su soberanía sobre Kosovo. La Europa neoliberal fundada en Maastricht tiene hoy sus límites en Vukovar y en Dubrovnik, ciudades croatas cercanas a las fronteras con Serbia, Bosnia-Herzegovina y Montenegro.

Fue precisamente en el contexto del cierre de las negociaciones del TUE (Tratado de la Unión Europea), en 1991, y también en diciembre, cuando los doce de la Comunidad Europea anunciaron que semanas después reconocerían las independencias proclamadas por Eslovenia y Croacia. En aquel momento, las hasta entonces repúblicas yugoslavas vieron como se consumaba un paso fundamental dentro del proyecto que habían puesto en marcha en 1990, y que debía concluir en la integración de ambas repúblicas en las instituciones europeas sin la carga que suponía el resto de Yugoslavia. Dicha actuación se vendió como una operación excepcional de Alemania para pacificar la zona y, de paso, dar un impulso a la actuación exterior conjunta de los europeos. En realidad, fue la proyección institucional de todo un razonamiento geopolítico para los Balcanes que se remató en el Consejo Europeo del pasado diciembre. Es en este contexto en el que se entiende como, además del frenazo a Serbia, la política exterior europea hacia los Balcanes y Turquía se haya paralizado en términos de ampliación.

Dos Estados ex yugoslavos forman ya parte del club europeo (a la espera del ingreso definitivo de Croacia, que se producirá el 1 de julio de 2013). Al igual que sus procesos de independencia, las adhesiones de Eslovenia y Croacia han seguido un patrón similar: la acción errante y tosca del segundo emula la historia exitosa y limpia de la primera, pero siempre con el convencimiento de que le esperaba una silla en el banquete europeo. Independencia e integración europea fueron, y siguen siendo, elementos que no se pueden disociar en ningún caso. El sí de los croatas a la UE es el mismo sí a su independencia. Así, en paralelo a los proyectos geopolíticos de las grandes potencias, los movimientos aquí descritos son también síntoma de la ausencia de alternativas políticas propias en el espacio ex yugoslavo. Lo que venga después dependerá de las satisfacciones obtenidas por eslovenos y croatas, vinculadas de forma estrecha a un proyecto europeo en la UCI.

Carlos González Villa

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