Eslovenia y Croacia: cuando veinte años son veinte años

Un ciudadano deposita su voto en la localidad de Naklo, Eslovenia, diciembre de 2011. Fotografía: REUTERS/Srdjan Zivulovic

El pasado domingo se celebraron elecciones legislativas en Eslovenia y Croacia, las dos repúblicas ex yugoslavas consideradas como modelos para la integración euroatlántica de los “Balcanes Occidentales”. En ambos comicios, las izquierdas se proclamaron vencedoras. En Eslovenia, el nuevo partido del carismático alcalde de Ljubljana, Zoran Janković, ya ha iniciado unas complejas rondas de contactos que le permitirán formar un gobierno cuya principal preocupación será la economía y su posición ante la crisis del euro. Por su parte, la coalición Kukuriku, que agrupa a socialdemócratas, social-liberales, pensionistas y regionalistas de Istria, se hizo con la mayoría absoluta en el legislador croata días antes de que el ejecutivo en funciones firmara el Tratado de Adhesión con la Unión Europea.

Bajo el prisma de sus relaciones con la UE, el resultado de las elecciones parece no tener una gran importancia. En el caso esloveno, Janković y sus asesores comparten una visión intervencionista del Estado en la economía. Sin embargo, el éxito de su gobierno dependerá de un pacto con el tecnócrata Gregor Virant. De cualquier modo, en su equipo se reconoce que los imperativos de la política europea alemana no le dan demasiado espacio para tomar decisiones.

Los croatas, por su parte, dieron a Kukuriku un amplio margen de maniobra para implementar los dictados que incluya un muy probable acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Las medidas croatas para salir de la crisis se basarán en la austeridad presupuestaria, sobre todo en los apartados sociales, en la línea de las medidas propuestas por Alemania para la armonización de las economías europeas.

Las elecciones se producen en un momento en el que la Unión Europea intenta que su grave crisis interna afecte lo menos posible a su política de ampliaciones y a las percepciones que proyecta sobre los “Balcanes Occidentales”. Se procura transmitir la impresión de que la situación de la organización únicamente retarda los procesos de ampliación, pero manteniendo fijo el esquema: tras la exitosa experiencia eslovena vendría el turno de los croatas, cuyo ejemplo serviría de puente para que el resto de la antigua Yugoslavia complete su proceso de europeización. La crisis, en definitiva, no haría sino dar valor al dilema al que se ha querido vincular este proceso: ampliación ante profundización.

Sin embargo, el intento de normalizar la adhesión de Croacia y de inscribirla como parte de la continuación de un proceso inconcluso no hace sino correr una cortina de humo hacia el hecho de que ésta se ha retrasado ya varios años. Se oculta, al mismo tiempo, la de facto paralizada ampliación a Turquía y al hecho de que, a día de hoy, serían los turcos los menos interesados en seguir por ese camino. La situación de Bosnia y Hercegovina, la imposición del diktat alemán sobre la postergación de la candidatura de Serbia y el contencioso sobre la denominación del Estado de los eslavos macedonios, terminan por dibujar un panorama que hace tiempo se escapa de los esquemas previstos por una UE empeñada en ganar tiempo.

Llegados a este punto, las elecciones brindan una oportunidad para preguntarse por la efectiva normalidad de la adhesión croata y por la situación de los eslovenos veinte años después de la disolución del Estado yugoslavo. La primera de las cuestiones representa un importante motivo de preocupación para los croatas, que ante la actual situación de la Unión no se encuentran ni mucho menos persuadidos de la idea de un futuro más próspero dentro de la Europa comunitaria.

Eslovenia, por su parte, vinculó su proceso de independencia a la existencia de la entonces Comunidad Europea y a su integración en la misma. El país se enfrenta a la necesidad de reinventar su razón de existir al tiempo que lo hace la UE, que atraviesa, a su vez, una crisis sobre su propia identidad.

Desde otro punto de vista, las elecciones de Eslovenia y Croacia sí muestran síntomas de cambio que escapan al entendimiento de la Europa de las ampliaciones y de los tecnócratas. En Croacia, la victoria de Kukuriku debe ser interpretada como un castigo a la derechista Unión Democrática Croata por su gestión de la crisis y por el escándalo de corrupción de Ivo Sanader. Sin embargo, también es conveniente atender a la idea de una reconciliación de los croatas con su propio pasado. El resultado también puede ser visto como una muestra de apoyo al presidente de la república, el socialdemócrata Ivo Josipović, que ha llegado a mencionar que Croacia jugó un papel negativo en las guerras de secesión de los años noventa. Hasta el momento, una aseveración de ese tipo era tabú en el país. Otro tabú que podría romperse tendría que ver con la posibilidad de que la minoría serbia se integrara en la coalición de gobierno, a pesar de que esta no necesita nuevos socios.

Los síntomas del cambio en Eslovenia también tienen que ver con su relación con su pasado y con la ex Yugoslavia. La inesperada derrota de Janez Janša es positiva en este aspecto, en tanto quedarán fuera de juego (al menos de momento) sus resentimientos personales hacia el resto de actores eslovenos que contribuyeron a la independencia del país. Estos últimos, los poscomunistas, mantienen buenas relaciones con los líderes croatas y serbios. Es de esperar queJanković siga la línea de Borut Pahor en este terreno. La figura del nuevo primer ministro es, en sí misma, otra muestra del cambio de percepciones en Eslovenia. El todavía alcalde de Ljubljana despertó las irás de parte de la derecha al intentar dar el nombre de Josip Broz Tito a una nueva calle de la capital eslovena. “Era un gran hombre y tendríais mucho que aprender de él”, dijo a un grupo de jóvenes que le increparon por esa acción. El hecho de que sea serbio (nació y creció en Serbia, de padre serbio y madre eslovena), invita también a dar a estas elecciones una lectura diferente.

Las propias elecciones, por lo tanto, hacen preguntas por lo que ocurrió hace ahora veinte años. Cinco guerras y seis nuevos Estados después, Europa no ofrece lo que etonces, aunque se empeñe de proyectar lo contrario hacia su vecindario. Eslovenia y Croacia fueron creadas para formar parte de una Unión Europea que ha confiado demasiado en una promesa cada vez más vacía de contenido. La alternativa, por lo tanto, será el acomodo de la antigua Yugoslavia en nuevas estructuras que garanticen la viabilidad de sus pequeñas unidades y su protección de cara a los nuevos proyectos que Europa está obligada a emprender para garantizar de una manera efectiva la paz en el continente.

Carlos González Villa

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