El último primer ministro, la última Yugoslavia

Ante Marković, durante la reunión que mantuvo con George Bush en la Casa Blanca, 13 de octubre de 1989. El semblante de ambos refleja y anticipa, inconscientemente, lo que va a suceder: el yugoslavo mantiene una expresión ilusionada: aún parecía posible salir de los apuros económicos y salvar a Yugoslavia. El presidente americano esboza una medio sonrisa escéptica: y, en efecto, no se esforzó mucho en secundar los esfuerzos de Marković cuando las cosas empezaron a ir mal: no valía la pena. Algún día se revalorizará el papel del último primer ministro yugoslavo: realmente, pudo haber logrado la continuidad de una nueva Yugoslavia unida; no ya titoísta, sino socialdemócrata. Pero, como parece estar ocurriendo a la Unión Europea en nuestros días, los egoísmos nacionales pesaron más que la pura lógica económica

“El último primer ministro”, es el inevitable título que anuncia la muerte de Ante Marković, fallecido el pasado lunes a los 87 años. Es la misma definición que lo acompañó durante veinte años, desde aquel 20 de diciembre de 1991 en que dimitió como primer ministro de la Federación Yugoslava.

Nacido en 1924 en Konjić (Bosnia-Herzegovina), de nacionalidad croata, Ante Marković  formó parte, en su juventud, del movimiento antifascista yugoslavo. Tras graduarse en electrotécnica, de 1961 a 1984 ostentó el cargo de Director General de la “Rade Končar”, la empresa líder de la electromecánica yugoslava. La eficacia de su gestión le valió una prestigiosa, aunque tardia, entrada en las instituciones políticas. Era un verdadero tecnócrata, por usar una definición obsesivamente en boga en la actualidad. Marković fue primer ministro (1982-86) y Presidente (1986-88) de la República de Croacia, antes de ser nombrado, en marzo de 1989, primer ministro de la Federación Yugoslava. Su predecesor, Branko Mikulić había dimitido dos meses antes, abrumado por la caída libre de la economía federal, con una inflación ya muy por encima de los tres dígitos, el fuerte crecimiento del desempleo y de la deuda extranjera. El contexto estaba agravado por las protestas sociales continuas, la inestabilidad política y las graves tensiones nacionales que ya se habían extendido dentro de la Federación.

Marković se comprometió a lograr las reformas económicas estructurales que habían quedado incumplidas: un programa masivo de privatizaciones, la apertura a las importaciones y la reorganización del sector bancario. En un principio, el plan fue apoyado por el FMI, el Banco Mundial y  varios asesores económicos occidentales, entre ellos Jeffrey Sachs. Sin embargo, Markovic quiso reafirmar que su proyecto no era neoliberal, sino una síntesis entre una economía con elementos de mercado y una defensa de las protecciones sociales heredadas de la autogestión titoísta.  “Novi socijalizam”, así prefería llamarlo. Los primeros resultados obtenidos con las reformas (el freno a la inflación, la acumulación de divisas extranjeras, la convertibilidad del dinar) fueron alentadores y hasta inesperados. El problema era que la “Tercera Yugoslavia” socialdemócrata y pluralista de Marković requería una política fiscal y monetaria común a nivel federal: pero esta opción no era viable, frente a las consolidadas autarquías económicas de Eslovenia, Croacia y Serbia. “Markovic hubiera tenido que llegar justo después de la muerte de Tito”, dijo el embajador de Estados Unidos en Yugoslavia, Warren Zimmermann. Marković trató de evitar el obstáculo lanzando en julio de 1990 por su propio partido, la Alianza de las Fuerzas Reformistas (SRSJ). Pero el proceso de desintegración yugoslavo ya estaba en marcha, y era difícil de revertir, también en ámbito institucional. Las primeras elecciones multipartidistas en 1990 se llevaron a cabo a nivel republicano, no federal, lo que inflamó la retórica nacionalista y debilitó aún mas el programa reformista y yugoslavista del SRSJ. La clave del fracaso fue Bosnia-Herzegovina, donde el SRSJ rechazó aliarse con el postcomunista SDP, sobrestimando la enorme popularidad que las encuestas acreditaban a Markovic. En esas fatídicas elecciones de Bosnia de noviembre de 1990, la falta de acuerdo entre las dos fuerzas no nacionalistas relegó ambas a un resultado lamentable y allanó el camino a los partidos étnico-nacionalistas: su rampante triunfo – y la crisis política que consiguió – fue otra pieza, tal vez decisiva, de la desintegración federal. El SRSJ se disolvió rápidamente, los cuadros locales – entre ellos el joven Milorad Dodik – elijeron otros caminos. A pesar de los éxitos económicos iniciales, la Tercera Yugoslavia de Markovic fue derrotada políticamente, antes de acabar desgarrada por las secesiones de Ljubljana y Zagreb, los cañones del Ejército Federal y los preparativos para la guerra en Bosnia.

Hasta el final, Markovic intentó imposibles mediaciones con los líderes republicanos y buscó apoyos financieros y políticos extranjeros. Estos, sin embargo, fueron cada vez más débiles, hasta que desaparecieron totalmente: primero entre todos, los de Estados Unidos y del mismo Jeffrey Sachs. “No puedo y no quiero financiar un presupuesto de guerra”: con estas palabras Ante Marković dimitió del cargo de premier el 20 de diciembre 1991, antes de desaparecer intencionalmente de la vida política y pública. Se dedicó a la actividad de asesor empresarial, primero en Austria, luego en Zagreb y Sarajevo. En 2003 testificó en contra de Slobodan Milošević al Tribunal de La Haya, en relación al acuerdo de Karadjordjevo tomado por Franjo Tudjman y Milošević sobre la partición de Bosnia-Herzegovina entre Croacia y Serbia. Por lo demás, Marković concedió apenas un par de entrevistas(a Globus en 2003 y a Lider en 2009) y demostró una amable, pero firme reticiencia, no sólo hacia la prensa, sino también hacia los investigadores que deseaban conocer los detalles de la Tercera Yugoslavia, y que aún se interrogan sobre el alcance de aquella experiencia.

Alfredo Sasso

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