Libia, Año Cero

El linchamiento de Gadafi le ha conferido, post mortem, cierta dignidad a su figura que había perdido desde hacía tiempo: cumplió su promesa, no huyó y resistió en su ciudad natal hasta su muerte

La toma de Sirte y el linchamiento de Gadafi (pues no ha sido otra cosa) sitúan a Libia en un Año Cero. Lo cual no quiere decir que la guerra haya concluido, ya veremos. Y eso no por el hecho de que los gadafistas continúen resistiendo: muerto el líder, se acabó esa guerra, porque él manejaba todavía determinados resortes de poder y, sobre todo, el dinero. Pero, a cambio, su gesto de permanecer y luchar hasta el final en su ciudad natal, donde tenía muchos seguidores, contrasta con la figura de algunos de sus hombres, que desertaron al bando rebelde por pura conveniencia o cobardía. Y la ominosa muerte del líder, grabada en móvil, ha puesto el resto. Ni siquiera tuvo el beneficio de un tribunal de pacotilla, como el que juzgó y condenó a Ceausescu. En aquel invierno de 1989, el dictador rumano llegó a hablar ante sus jueces, ante las cámaras, y su discurso enloquecido pareció dar cierto sentido irreal a aquella farsa jurídica. Ayer, Gadafi no llegó a testificar ante nadie, y eso le va a suponer réditos políticos post mortem, aunque su silencio ya no revelará los trapos sucios de los que eran sus amigos en Occidente o sus antiguos lugartenientes convertidos ahora en demócratas de fantasía.

Con ello se han puesto las bases para un posible  neogadafismo que podría crecer como la espuma si la situación social y política no se endereza en Libia. Y parece difícil que lo haga. El Consejo Nacional de Transición (CNT) sigue sin remontar su déficit de credibilidad política. Ayer, mientras pasaban las horas, y no llegaba confirmación de la muerte de Gadafi, la única certidumbre que emergía era que ni la OTAN ni Washington daban crédito al anuncio del CNT, y con ello demostraban la confianza que les merecía. Una vez desveladas las pruebas gracias, una vez más, al protagonismo apabullante de “Al Yazira”, se impuso la necesidad de pasar página lo más rápidamente posible: el vergonzoso linchamiento de Gadafi ante las cámaras no contribuía, precisamente, a legitimar al CNT como garante del orden y la “transición democrática”, ni hacía de la turba un ejército creíble, mientras que largaba por el fregadero cualquier aspiración a aplicar la justicia internacional en Libia.

Así que, más allá de las caras de circunstancias de los políticos, los analistas  han comenzado a reaccionar. “Qaddafi’s Death Does Not Legitimize U.S. Intervention in Libya”, razonaba Christopher Preble en Cato Institute. “A Victory for America’s `New Approach to War´?”, se preguntaba incrédulo Philip Ulrich en “Small Wars Journal”, con mucha presencia en Twitter.  En Estados Unidos, los críticos a la política exterior de Obama rechazan “sus” guerras y una de ellas, la joya de la corona, no es Afganistán, sino Libia. De aquella, los americanos no saldrán victoriosos. De ésta, sí. Al menos hasta la muerte de Gadafi. Lo que venga después siempre se puede meter debajo de la alfombra o, sencillamente, rechazar como algo ajeno. Porque una cosa son las tragedias humanitarias, desbarajustes regionales o vacíos geoestratégicos que pueden llegar a generar las grandes potencias en sus intervenciones. Y otra muy diferente que se asuma como responsabilidad. o como fracaso de la acción emprendida.

Ahora bien: ¿es sólo Libia? Esta semana ha pasado desapercibida la noticia de que los Estados Unidos habían enviado tropas de las fuerzas especiales a Uganda, oficialmente para ayudar a la neutralización del Lord Resistance Army (LRA) la guerrilla ultracristiana liderada por el visionario Joseph Kony, que se autoproclama portavoz del Señor y en contacto con el Espíritu Santo. Lo que sucede es que quien gobierna Uganda y es objeto de las atenciones de Obama es Yoveri Museveni, jefe de estado y primer ministro al mismo tiempo, en un régimen vigilado que no permite hacer campaña electoral a los partidos.

Y claro: dado que el LRA opera también en Sudán del Sur, la República Centroafricana y la República Democrática del Congo, Washington ha hecho extensiva a esos países su ayuda militar. ¿Es una nueva manifestación del “New Approach to War”? En todo caso, parece claro que los Estados Unidos están regresando a África, implicándose, aunque sea de forma “directa pero menos” por primera vez desde 1993.  Mientras tanto, no lo olvidemos, las tropas de Kenia han penetrado en territorio somalí para castigar a la milicia de Al Shabab y parece que están obteniendo buenos resultados. Los americanos dicen que no sabían nada, a pesar de que Kenia es un firme aliado de Washington y sus fuerzas armadas le deben mucho al apoyo estadounidense. En cualquier caso todo esto ha sucedido a lo largo de la semana en curso y sinuosamente, sin hacer ruido.

¿Se está produciendo una intervención americana en África, a  varios niveles? Es pronto para decirlo.  Y por otra parte, ese no es un territorio que  Eurasian Hub estudie y analice como parte de su zona de interés específica.  En todo caso, resulta pertinente preguntarse si Obama ha escogido ese continente para continuar la labor emprendida (y frustrada) en 1993 por Bill Clinton: extender a África el New World Order… y empezar (ahora) a cuestionar la presencia china. Mientras tganto, más al Este, quedaría, más desatendido, el “óvalo de la violencia” (Global Zone of Percolating Violence) de Zbigniew Brzezinski.

Francisco Veiga

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