“Primavera Árabe”: Vestigios de inducción estratégica (y 4)

The Great Deception” es un interesante clip de argumento marcadamente conspirativo, editado por AnarchitexT, que se define como:  “an Egyptian political research group, dedicated to questioning the current events occurring rapidly in the global political scene, and uncovering the truth about events taking place in today’s modern world”. En la dirección señalada podrás encontrar todos sus clips e infografías, así como en su canal de You Tube

Hasta el momento hemos dedicado tres post a poner de relieve que realmente existen indicios ciertos de inducción estratégica en el desencadenamiento de la “Primavera Árabe”. En este último de la serie, vamos a explicar qué intereses pudieron haber movido a Washington a propiciar los sucesos en el Magreb y Machrek que empezaron en enero de 2011. Dado que el asunto posee ramificaciones variadas, optamos por una presentación sintética, que en el futuro podría ser completada por otra pequeña serie de post sobre este asunto.

a)      Se había manejado la opción explicativa de que los Estados Unidos en realidad sólo han intentado  ”encabalgar” a posteriori el proceso de las primeras revueltas, en Túnez y Egipto. De esa forma,  los ejemplos de inducción estratégica que hemos señalado en post anteriores, serían inventos a posteriori, para dar a entender que los americanos habrían apoyado las revueltas desde el principio, cuando de hecho, le sabría pillado desprevenidos. Una línea argumental retorcida, de matices conspirativos y que queda totalmente desmontada por el material que cualquiera puede encontrar en la red, anterior a enero de 2011, e incluso a ese años. Por lo tanto, lo que sucedió en Túnez y Egipto puede que hubiera sido una sorpresa en Madrid –cosa que también dudamos-, pero no en Washington.

b)      Por lo tanto, y como mínimo, los americanos no estaban, a priori, en contra de las protestas que se produjeron y que llevaron a la caída de los presidentes Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto. En realidad, Washington no tardó en dejar claro de qué lado estaba: ya a mediados de febrero, el presidente Obama declaró que al apoyar a las revueltas en Egipto,  Estados Unidos habían estado en “el lado correcto de la historia”, expresión que, expresada en relación a la reciente “Primavera Árabe”, volvería  ser utilizada en diversas ocasiones por policy makers americanos.  También por entonces, Hillary Clinton comparó los cambios en Túnez y Egipto con las revoluciones de 1989, que habían echado abajo al comunismo en Europa del Este. Recientemente, el senador MacCain no dudó en enlazar directamente las revueltas de la “Primavera Árabe” con las “revoluciones de colores”.

c)      En un intento por remarcar la espontaneidad de las revueltas, hay quien critica la “lentitud” de la administración Obama en ponerse francamente del lado de los contestatarios egipcios. Son discusiones bizantinas. Hubiera sido muy irresponsable por parte americana hacer eso desde el mismo 25 de enero; pero pasó muy poco tiempo hasta que las revueltas cobraron consistencia y se pudo disimular que Mubarak había sido vendido desde el principio. Paralelamente, se iban dejando claras las reglas del juego: sólo las repúblicas árabes se verían realmente afectadas en mayor o menor medida por las revueltas de la primavera. No así  las monarquías, y mucho menos las del Golfo. El 26 de febrero, el rey Juan Carlos asistió en Kuwait al quincuagésimo aniversario de la independencia del país. Paralelamente, las revuelta iba siendo aplastadas en Bahrein.  Con posterioridad, Washington, Londres y Paris recibirían el firme apoyo de las monarquías de  Qatar y Jordania en la campaña de Libia.

Por lo tanto, si los Estados Unidos desarrollaron una política de inducción estratégica en los países del MENA, ¿qué objetivos de fondo perseguían?

1)      Obama no hizo sino continuar con el rediseño de las zonas críticas que pretendió aplicar su predecesor George W. Bush en Oriente Medio y las repúblicas de la ex URSS. En el primer ámbito, por medio de la invasión de Irak (2003) y la “revolución del cedro” en Líbano (2005); en el segundo, a través de las “revoluciones de colores” entre 2003 y 2005. En el año 2009, a muy poco de llegar al poder, Obama viaja a Estambul (abril) y El Cairo (junio), capitales que van a tener un destacado protagonismo en el “Primavera Árabe”. Sobre todo en la capital egipcia, el presidente americano da un discurso más que elocuente: declara que los EEUU no están en guerra con el islam; y añade, de forma más que inusual: “La situación de los palestinos es intolerable. Sufren las humillaciones diarias que acompañan a la ocupación. Nunca daremos la espalda a su derecho legítimo a vivir con dignidad y un estado propio”.

2)      En efecto, algo está cambiando en las relaciones con Israel. El nuevo plan de paz fracasa definitivamente en el otoño de 2010 por las triquiñuelas habituales de Bibi Netanyahu, y Washington decide que no puede seguir atendiendo eternamente a un juego que se prolonga sin solución de continuidad desde el final de la Guerra Fría, es decir, prácticamente a lo largo de veinte años. Pura y simplemente, el coste político es demasiado elevado para los americanos y los beneficios que le supone tener a Israel como aliado en la zona ya no son lo que eran. De hecho, la posibilidad de que ese país lance un ataque unilateral contra Irán supondría una catástrofe estratégica y sobre todo económica, que nadie puede asumir. En consecuencia, impulsando la “Primavera Árabe”, Washington va a actuar indirectamente, remodelando todo el conjunto de Oriente Medio, lo que incluye el conflicto entre Israel y los palestinos. Es una forma de desmarcarse del Estado judío sin hacerlo frontalmente. De hecho, la situación le permite a Obama apoyar de puertas afuera a Tel Aviv cuando la situación lo requiera. Por otra parte, pase lo que pase en Oriente Medio, Israel no está realmente en peligro; y menos si Siria queda paralizada por la insurgencia intestina durante meses. También vale la pena considerar que en medio de las tensiones turco-israelíes del otoño de 2011, los americanos siguen vendiendo material militar a los turcos, y cuentan con ellos para acoger el escudo antimisiles.

3)      Paralelamente, Washington continúa con su política de erradicar aquellos regímenes que en su día fueron aliados de los soviéticos o pueden ser definidos como “post-socialistas”: la Yugoslavia post-titoísta, la Venezuela de Chávez (golpe fracasado de 2002),  el Irak de Saddam Hussein, las repúblicas ex soviéticas de Georgia, Ucrania, Kirguistán (más otros intentos fallidos, como Bielorrusia),  la Libia de Gadafi o la Siria de Bashar al Assad. En principio, Irán es la estación final de ese recorrido, aunque la opción del ataque directo está descartada, los ciberataques no han funcionado y las políticas de inducción estratégica no parecen ser eficaces tampoco. En consecuencia, no es de extrañar que se abra paso la hipótesis de un pacto de no agresión entre los Estados Unidos e Irán, que no dejaría de tener importantes ventajas para ambos. Si eso funcionara, al menos durante unos años Washington podría dar por concluida la primera fase del Nuevo Orden Mundial.

4)      Pero para entonces, le deberá quedar claro a las monarquías de la península arábiga que su seguridad y estabilidad interna depende, más que nunca, de los Estados Unidos, y que no deberán cuestionar la alianza con Irán. Por otra parte, éste colaborará en  anular el régimen de Bashar al Assad, en Siria, con lo que impedirá que  triunfe allí la política de inducción estratégica que Riyad ha contribuido a organizar.

5)      No debe dejarse de lado que otro de los objetivos de las políticas de inducción estratégica de los Estados Unidos van encaminado a la neutralización de la izquierda europea. Ésta, desde 1991 ha debido aplaudir e identificarse reiteradamente con “revoluciones” más relacionadas con el triunfo de nacionalismos o clases medias neoliberales que con causas de naturaleza realmente izquierdista. Eso ha generado mucha confusión y división, aparte de desmoralización.  Todo ello ha contribuido, y en no escasa medida, a la parálisis o ineficacia movilizadora de la izquierda ante el desmantelamiento del estado el bienestar en Europa.

En conjunto, la “Primavera Árabe” es un fenómeno aún en curso, que se ha complicado mucho desde su arranque en enero de 2011,  pero que todavía se interpreta sobre unos presupuestos marcadamente políticos. Eso incluye poner en primer plano el “arranque” del proceso en Túnez y Egipto, fenómenos supuestamente concluidos –un planteamiento entusiasta, más que realista- interpretando todo lo sucedido a continuación por ese orden. En realidad, no hay razones para afirmar que las cosas deban verse así: bien pudiera ocurrir que el plato fuerte de la “Primavera Árabe”, haya sido lo sucedido en Libia, que algunos ya han tildado como “verdadera revolución” por lo que ha supuesto de erradicación completa del antiguo régimen, a diferencia de la situación en Túnez y Egipto. Si eso fuera así, las revueltas en esos países podrían haber funcionado como “teloneros” de un  concierto cuyas actuaciones principales se sitúan en Libia y Siria. Donde, por cierto, también se detectaron rastros de inducción estratégica con anterioridad a 2011, y la implicación directa de algunas grandes potencias occidentales no deja lugar a duda.

Francisco Veiga (UAB) y Carlos González Villa (Universidad Complutense)

La misma Voice of America no se quita de presentar a Srdjan Popović de Otpor, como un personaje clave en el desencadenamiento de la “Primavera Árabe”

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