Eurasia, fronteras y agua

El problema que supone la gestión del agua en Asia Central es tan importante como el que supone el reparto de los yacimientos de gas y petróleo, aunque es potencialmente más conflictivo. Sin embargo, en los análisis que solemos leer, para uso de los intereses occidentales, se suele pasar absolutamente por alto. El mapa que mostramos, en toda su complejidad, ilustra la complejidad de las problemáticas hidrológicas en la zona. Fuente: UNEP

En la gran masa continental eurasiática donde los desiertos eran mares surcados por caravanas de camellos, las ciudades representaban islas donde recalar, mientras los ríos eran las orillas donde se cobijaban los grandes puertos comerciales. El impacto del siglo XX ha desbaratado la geografía cambiando su significado según nuevos patrones.

La geografía mayormente árida de la Eurasia ubicada entre el Caspio y el Pamir siempre dificultó la cohesión política y facilitó la acción de las potencias invasoras. Aisladas entre sí, las grandes ciudades eurasiáticas competían por la preeminencia, mientras pasaban de las manos de un conquistador a las de otro; el único factor político que las aglutinaba era el de la potencia a la que debían pagar tributo.

Si bien el trazado de las grandes fronteras en la región por las últimas potencias hegemónicas -el Imperio Británico y la Rusia zarista- evitó, en base a la contención mutua, cualquier motivo para un encontronazo bélico a gran escala, la posterior descolonización, fragmentación y desarrollo económico han dado pie a conflictos relacionados con la gestión de los recursos hídricos en la zona.

El desarrollo industrial de las repúblicas centroasiáticas soviéticas se llevó a cabo a partir de  un único sistema centralizado dirigido desde Moscú. Las repúblicas se especializaban en producir aquellos recursos que mejor se adaptaban a sus condiciones, compartiendo materias primas, fuentes de energía, maquinaria industrial, medios de transporte y, finalmente los recursos producidos. En este contexto, las fronteras que delimitaban las repúblicas, cuyo trazado caprichoso reflejaba la original naturaleza sedentaria o nómada de las etnias que albergaban, eran inocuas en virtud de la acusada interdependencia económica .

La delimitación de fronteras del conjunto del valle de Fergana es un ejemplo de la disrupción de la actividad económica en el tránsito de la economía integrada de la época soviética a las economías independientes de unos países que están (o han estado) bajo regímenes demasiado personalistas para facilitar las cooperación entre ellos. Así, en el valle de Fergana, la planicie fértil y productiva es uzbeka, pero todos los cursos de agua que la riegan nacen en Kirguistán; para colmo, a pesar de que el Sir Daria toma cuerpo en territorio uzbeco, es en territorio tayiko donde puede explotarse como recurso hidroeléctrico y regulador; y, para colmo de colmos, la producción agrícola del valle debería tener su salida en las ciudades kirguizas y tayikas próximas, dado que para alcanzar la más lejana Tashkent, o se mueve la producción por carretera, o se envía por ferrocarril a través de Tayikistán.

Pero en un entorno árido donde los recursos hídricos fueron el motor de una economía basada en la producción de algodón, aún a costa de impactos ecológicos a escala faraónica (como el desecamiento del mar de Aral), el margen de maniobra en su gestión era inexistente. Una vez rota la interdependencia y la solidaridad entre repúblicas, las infraestructuras de comunicaciones terrestres sin salida al mercado global condenaron a la región a una autarquía absurda dictada por la desconfianza mutua. Los intentos de generar desarrollos locales sólo condujeron a una pugna por el control de los recursos e infraestructuras que compartían.

Así ocurrió cuando Uzbekistán comenzó a incumplir sus compromisos con Tayikistán para adquirir energía hidroeléctrica producida en la presa de Kairakum (en el Sir Daria, a la salida del valle de Fergana); en contrapartida el gobierno tayiko, muy necesitado de potenciar su economía, decidió poner en marcha un proyecto para construir la central hidroeléctrica de Roghun (el mayor proyecto hidroeléctrico del mundo) descabalando en el proceso el equilibrio de recursos hídricos con su vecino Uzbekistán. Éste respondió con un bloqueo de las comunicaciones terrestres que, al coincidir con unas fuertes inundaciones y con el bloqueo de las comunicaciones de Tayikistán hacia Rusia (por una supuesta epidemia de polio) puso al país de rodillas. Sólo la intervención de Irán, amenazando a Uzbekistán con un bloqueo similar (Tayikistán es un país de cultura persa), consiguió levantar el castigo.

También el contencioso entre Afganistán e Irán por las aguas del Helmand esconde múltiples facetas vinculadas a acontecimientos actuales. Este río, que nace del macizo central afgano, recorre el sur-suroeste de ese país muriendo en un extenso delta interior en la confluencia de las fronteras de Afganistán-Irán-Pakistán. Como la mayoría de los conflictos de este tipo, nace cuando el país que ocupa la cabecera de la cuenca (Afganistán en este caso) construye infraestructuras para regular el caudal en su provecho. En el caso que nos ocupa se trata de dos grandes presas (Kajaki y Arghandab) construidas con ayuda americana en los años 50.

Aunque el 90% de la cuenca se encuentra en territorio afgano, existen dos grandes lagos de agua dulce en territorio iraní (hay un tercero en territorio afgano y otro salado en la frontera con Pakistán) que se alimentan del flujo que el Helmand vierte a su delta. Estos lagos no sólo son la principal fuente de agua potable para la provincia de Sistán-Baluchistán, sino que la pesca que producen es la principal fuente de proteínas para la población. El entorno de estos lagos ha sido un asentamiento humano desde hace más de 4.000 años.

Afganistán nunca ha aplicado los compromisos adquiridos con Irán para permitir el paso de un caudal mínimo, hecho que se ha visto agravado por la persistente sequía que azotó la zona hasta hace unos pocos años. A raíz de la sequía, Afganistán acapara todo el agua, manteniendo llenas sus dos presas y cesando el flujo hacia Irán hasta conseguir que desaparezcan los lagos del delta del Sistán. Esto ha supuesto el colapso económico de la zona al terminar con la escasa agricultura y la pesca, desastre que en Irán se ha visto agravado por la entrada de la población desde la parte afgana de delta del Sistán, igualmente afectada.

Estados Unidos ha vetado el desarrollo de proyectos iraníes conducentes a optimizar la gestión del agua del Helmand. Mientras tanto, las reservas almacenadas se emplean en el riego de los campos de amapola de opio produciendo unos beneficios ingentes que, no sólo mantienen en marcha la guerra afgana sino que también constituyen una lacra terrible en la sociedad iraní, que se ve desbordada para frenar el consumo de narcóticos a precios muy baratos, procedentes de Afganistán.

Pablo Martín

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