“Primavera Árabe”: Vestigios de inducción estratégica (3)

Un nuevo reportaje con datos y nombres concretos sobre las políticas de inducción estratégica y sus protagonistas en el área MENA. Anunciamos que, debido a su interés, se añadió un nuevo reportaje en el post correspondiente al primer capitulo de esta serie.

En la introducción a su  libro: Egipto: las claves de una revolución inevitable (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2011), el periodista Alaa Al Aswany, escribe: “En ese clima, leí en Internt el llamamiento de los blogueros a manifestarse el 25 de enero y no le presté mucha atención. Me dije a mi mismo: `será otra pequeña manifestación con dos o tres centenares de personas rodeadas por decenas de miles de policías antidisturbios que les impedirán avanzar’. La mañana del 25 de enero me desperté temprano, como de costumbre, y me dediqué a trabajar con mi nueva novela hasta el mediodía, pero cuando me senté para comer y encendí la televisión vi el milagro. Millones de egipcios habían salido a las calles pidiendo la caída del régimen y la marcha de Mubarak”. A continuación, siguen cuarenta y cinco artículos escritos por el mismo Alaa Al Aswany entre 2005 y finales de 2010 en los que arremetía contra el régimen de Mubarak.

El autor busca demostrar que la contestación contra el régimen no surgió de la nada, y que existían causas sociales objetivas para lo que sucedió a partir del 25 de enero de 2011. Nadie puede negar eso; pero tampoco que el gran éxito de la revuelta egipcia se debió a dos detonantes muy concretos: a) El precedente exitoso de Túnez, que generó un efecto emulación en Egipto, cosa que no menciona Al Aswany;  b) La labor de los internautas, que sí específica, concediéndoles el mérito que tuvieron.

Pues bien, en la organización y formación de una parte importante de esos “movilizadores” jugó un papel destacado (por no decir trascendental) la red de instructores y coordinadores orquestada desde los Estados Unidos y heredada del tinglado que se piso en pie para generar las “revoluciones de colores” entre 2003 y 2005. Es evidente que los admiradores de Gene Sharp, o aquellos que tratan de convertirlo en una especie Gandhi 2.0, o Clausewitz de la Guerra No Violenta, insisten en que él es el genuino “hacedor de revoluciones”, merecedor del  Premio Nobel. Pero no es necesario escarbar mucho para constatar que las modernas políticas de inducción estratégica no son obra de un solo hombre; y no pueden serlo, porque son el resultado de esfuerzos colectivos, firmados por un complejo entramado de instituciones, think tanks, analistas, lobbies, ONGs, y hasta partidos políticos y todopoderosos senadores, allá en Washington. Todo ese tinglado, no lo olvidemos, arranca  de una iniciativa política concreta que tiene ya más de treinta años de experiencia: el National Endowment for Democracy (NED) lanzado por Ronald Reagan en 1983 “to promote US-friendly democracy”

Por lo tanto, no hay cabida para aficionados, arribistas, aventureros o individualistas. NED,  Freedom House, Albert Einstein Foundation, Open Society, y no digamos el  Instituto Nacional Demócrata,  el Instituto Internacional Republicano o la mismísima USAID,  no se ponen a promocionar la libertad y la democracia en un país determinado, ayudando a crear grupos de oposición o formado y coordinando a activistas en la red sin la luz verde del Departamento de Estado.

¿Quiere esto decir que las revueltas de Túnez y Egipto fueron una mera puesta en escena, una enorme conspiración que utilizó a miles de figurantes? En modo alguno: en Túnez, en Egipto, y también en Libia, existían desde hace tiempo causas de malestar social capaces de sacar a mucha gente a las calles (no necesariamente a toda la ciudadanía o al “pueblo”) , mantenerla allí presionando y conseguir un impacto apreciable en las estructuras de poder. Pero nada de eso está reñido con las políticas de inducción estratégica, ni ahora ni en el pasado. Hay unas causas, legítimas. Pero también hay unos tiempos, unos momentos apropiados. Y eso es lo importante en las políticas de inducción: el cuándo.

Es significativo que las revueltas se concatenaran mecánicamente en el Norte de África republicano: hasta que no se obtenían resultados en las unas, no comenzaban las otras, y eso en un corto periodo de tiempo. Recordemos el ajustado timing:  Túnez, 17 de diciembre de 2011-14 de enero de 2011 (caída de Ben Ali) ;  Egipto: 25 de enero -11 de febrero (caída de Mubarak); Libia: a partir del 17 de febrero. Lo que pase a continuación depende de la captura de Gadafi, con la excepción del escrutinio en la Asamblea General de la ONU mañana mismo: 20 de septiembre. Pero eso parece ser otra línea de trabajo. Como lo fueron las revueltas que cayeron en la órbita saudí y se encargaron de silenciar o aplacar Riyad o  las monarquías del Golfo. Recordemos cómo desaparecieron prontamente de los medios de comunicación occidentales, sobre todo cuando descarrilaron o fueron a parar a vía muerta: Yemen y, muy especialmente, la tragedia sangrienta de Bahrein.

En ese contexto, ningunear o negar el protagonismo de las políticas de inducción estratégicas, sobre todo en el Magreb-Mashrek, sólo contribuye a devaluar, a medio y largo plazo, las causas autóctonas de los levantamientos. Ocurre como en las “revoluciones de colores” de 2003-2005, hoy juguetes rotos de la era Bush: por entonces, casi nadie osaba comentar que andaba por allí la mano de de la inducción estratégica estadounidense. Aquello eran revoluciones populares genuinas, lo que parecía quedar patente por el número de los manifestantes en las calles y el entusiasmo de los jóvenes implicados en ellas. Hubo que esperar no pocos años, para que,  tras el fiasco militar de Saakashvili, la huida de Bakiyev, el hundimiento político de Yushenko y el encarcelamiento de Yulia Timoshenko, por abuso de poder, las pomposas “revoluciones de colores” quedaron condenadas a pena de incómodo recuerdo, pasando a ser, según algunos estudios, resbaladizas  “revoluciones postelectorales” o gajes populistas de las  transiciones en las repúblicas ex soviéticas.

Y es que resulta incoherente exaltar el protagonismo de las redes sociales en el desencadenamiento de la “Primavera Árabe”, hasta extremos fantasiosos, y a continuación, ningunear las inversiones de millones de dólares, anunciadas públicamente por Hillary Clinton ya a mediados de febrero (en vísperas de las revueltas en Libia) a fin de ayudar a “activistas digitales” a sortear la censura de los regímenes dictatoriales,  advirtiendo, de paso, que los gobiernos se arriesgan a rebeliones si ponen restricciones en una red cuyas principales herramientas han sido diseñadas en los Estados Unidos. Pues bien, tan sólo un mes más tarde, el mundo se enteraba, a través de “The Guardian”, de que el Pentágono  estaba creando un software para manipular cuentas falsas de usuarios en redes sociales, a fin de crear perfiles ficticios con los cuales “luchar contra ideología extremista y propaganda antiestadounidense”. El proyecto se enmarcaba dentro del programa Operation Earnest Voice (Operación Voz Seria), desarrollado inicialmente en Irak como un arma de guerra psicológica contra Al Qaeda. Desde entonces se estimaba que se habían invertido más de 140 millones de euros con propaganda en redes sociales.

Estos 140 millones dejaban en poca cosa los 25 ó 30 millones que Hillary Clinton destinaba a incentivar a los “activistas digitales”. Y era comprensible: ¿para qué favorecer a activistas de carne y hueso cuando se estaba trabajando para fabricarlos por ordenador? “Estos perfiles, crearían clima de opinión favorable a temas que convienen al Gobierno de Estados Unidos, neutralizar comentarios contrarios a sus intereses y difundir informes favorables” –se explicaba. Los detalles de esta denuncia apuntaban a que las acciones se coordinarían desde la base aérea MacDill en Florida, “aunque los perfiles falsos estarían teóricamente situados en diferentes puntos del mundo para ganar credibilidad y dar sensación de ser una línea de pensamiento activa y real”.

En este marco de irrealidad virtual, no resulta tan inverosímil que algunos iconos más fulgurantes  de la “Primavera Árabe” en su versión virtual, hayan sido cuestionados o, pura y simplemente desenmascarados.  La bloguera siria Amina Arraf Abdallah al-Omar, autora de un célebre blog titulado “Una chica gay en Damasco”, presuntamente detenida por las fuerzas represivas de Dashar Al Assad, resultó ser al final una creación de Tom MacMaster, un activista estadounidense sobre temas del Medio Oriente que estudia en la Universidad de Edimburgo. La historia de Mohamed Bouazizi, el frutero que se inmoló frente a las oficinas del gobierno provincial en Sidi Bouzid, en Túnez, dado lugar a la “revolución de los jazmines”, también ha sido cuestionada.  Un par de ejemplos que demuestran con qué facilidad las redes sociales pueden convertirse con suma facilidad en herramientas de control o de tergiversación, más que como vehículos de libertad. Y, desde luego, llegado el caso, hasta el mismísimo Cameron no duda en emular a Mubarak e interrumpir las redes sociales, como estuvo a punto de suceder durante lso recientes disturbios del pasado mes de agosto en Londres.

Hay demasiado dinero invertido ahí, son muchos esfuerzos, es mucho tiempo el que se ha invertido en las políticas de inducción estratégico a lo largo de los últimos treinta años. Fueron eficaces en la resonante victoria de los Estados Unidos en la Guerra Fría, derrotando a la Unión Soviética sin disparar un solo tiro, en medio de sonados bluffs, como lo fue, de principio a fon, la “Guerra de las Galaxias”, que engañó a Gorbachev.  Las políticas de inducción estratégica funcionaron igualmente bien durante las enrevesadas crisis balcánicos de los noventa. Luego, sirvieron fielmente a los designios agresivos de George W. Bush, desde las invasiones de Afganistán e Irak hasta las “revoluciones de colores”. Y ahora, según todos los indicios, trabajan a pleno rendimiento en el área MENA.

Pero ¿en qué dirección? Eso es lo que explicaremos en el próximo capítulo. Y, por el moemtno, tomaoe nota de lo que sucederá mañana mismo, cuando el presidente Mahmud Abbas solicite en las Naciones Unidas el reconocimiento del Estado Palestino.

Francisco Veiga (UAB) y Carlos González Villa (U. Complutense)

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