Notas apresuradas desde Kabul

Ayer por la mañana recibimos esta crónica apresurada desde Kabul, firmada por Èlia Susanna, antropóloga y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya, que vive en la capital afgana, donde imparte clases en la American University of Afghanistan mientras prepara su tesis doctoral. También se puede leer la versión original, en catalán, en su blog: Ràbia, Tifus, Còlera, donde recoge impresines personales de su vida cotidiana en ese país. La crónica se refiere a los recientes ataques talibanes en Kabul

Sobre este último y magnífico ataque

Imagínate que una bomba explota en la otra punta de la ciudad, y que todos los periodistas lo tuitean. Luego te dicen que hay más suicidas, que como todos los últimos ataques, van cargados de estrategia militar y suben al edificio en obras más alto de todo el alrededor de la embajada. Tú estás muy lejos, exactamente al otro lado de la ciudad, tras la montaña que la divide, en Kart-e Se. No has escuchado  ninguna explosión, y piensas, ‘una vez más’, y continuas: ‘ya hace días que los americanos aseguran que habrá un gran ataque conmemorativo del once de septiembre’, pero si eso es todo lo que los insurgentes pueden hacer, vamos bien, y sigues trabajando. Mientras, vas mirando twitter y facebook, donde también hay un montón de periodistas que envían informaciones al instante. Después lees que hubo otro suicida, otra explosión, y que los insurgentes parapetados dentro del edificio en obras lanzan cohetes sobre la ciudad, contra la embajada americana, en el cuartel general del de la ISAF. De momento se habla de muertos en las oficinas donde han explotado los cohetes. Oficinas afganas, en medio de la ciudad. Pero Kabul, al margen de esa zona, continúa su ritmo vital. Entonces recibes el correo de una estudiante que te informa que no puede venir a clase, porque tiene que atravesar la zona en ataque, y que no le pongas falta. Que no pueden salir de la oficina; que están encerrados hasta nuevo aviso de las autoridades. El procedimiento normal.

Haces una última mirada a todas estas páginas llenas de noticias instantáneas, sólo te fías de aquellos periodistas de quien sabes que te puedes fiar, no hay nada nuevo. Cargas los libros y fotocopias que tienes preparados para la clase que debe comenzar cinco minutos más tarde. Sales del despacho, son las tres y treinta y cinco. Y perpleja, ves profesores y trabajadores que corren por los pasillos del edificio. Veo uno que prueba de cerrar la puerta de su despacho con llave: si hay un ataque y necesita el tiempo de cerrar con llave el despacho, es hombre muerto; y me hace reír, es nuevo, y no sabe nada; tengo su imagen y su cara de pánico grabada en la cabeza. Cada vez que lo pienso, se me escapa una sonrisa. Será mi imagen del día. Alguien te dice “vete al edificio principal, todos tenemos que ir”. Y piensas: “Otra americanada”; ya entiendo que esto es la universidad americana y que para talibanes y afganos, educamos en la más absoluta de las laxitudes morales, de moral hipócrita. ¿Pero realmente hay que asustar a todo el personal? Todo pasa en la otra punta de la ciudad. ¿Haremos estos simulacros de evasión una vez al mes cada vez que haya un ataque en cualquier lugar de Kabul? No entiendo estos americanos, entre ellos soy como un pez fuera del agua. Y veo mi compañero de despacho el de enfrente, ha pasado años en Irak, y sabe cómo las gastan. Le cuento que hace tres horas que pasan cosas, que no entiendo este nerviosismo repentino, y me dice: “¿Pero acaso no has oído los disparos, y la explosión? Esto no es en la otra punta, acaba de pasar aquí a lado”. Tranquilamente, mientras miramos cómo algunos corren y otros, como nosotros, se lo toman con serenidad, entramos a los respectivos despachos, cogemos móviles, ordenador y otras cosas necesarias. Yo no me olvido de tomar mi Fieldwork Under Fire, el libro que me ha acompañado todo este tiempo en Afganistán, y que enseña a pensar las guerras. Eso no me lo dejo. Salimos del despacho, y explico el compañero que yo no he oído nada, y que aunque fuera cierto, no entiendo el pánico de los afganos que “nos protegen” blandiendo sus larguísimas armas apuntando hacia el cielo y corriendo por el campus. Se han chiflado, es su oportunidad de sentirse importantes. No tienen un dedo de frente, ni saben hacer su trabajo, y en lugar de calmar a la gente y  hacerla entrar en el edificio vigilado, la asustan. Los estudiantes son otro mundo, todo el mundo está tranquilo, están acostumbrados a esto, como nosotros. Esperan dentro del edificio, charlando, y nos comentan a los profesores de lo pesado que es estar aquí dentro, encerrados, y no poder ir a casa ni poder dar la clase.

Se informa, en general, que no nos podemos mover del edificio principal, y yo, voy leyendo noticias por móvil. Busco a mis amigos, después de charlar un rato con la chica aquella, casada con un pastún, que conoce el lugar y la gente como yo, y lo toma con la misma serenidad y calma. Y entonces alguien suelta que todo esto ha pasado ante la Escuela Habib. ¿Eh? ¡Eso es a dos minutos de casa, caminando! Se desconoce el número de muertos, y yo sufro por los cristales de mi habitación. Si se han roto, limpiar será un desastre, y no tengo tiempo de agobiarme por  ello, debo escribir demasiado. Pero entonces pienso en los niños de la escuela, supongo que a las y  media ya no estarían. Es la escuela de secundaria más antigua de todo Afganistán. Tiene justo enfrente la mezquita chií más grande del país, financiada por el gobierno iraní, que también quiere su trozo del pastel afgano que se reparten entre todos los países vecinos. Desde el primer día que vi el edificio imaginé que tener al lado de casa, una academia de policía afgana, donde los militares americanos van cada día a entrenar a los autóctonos, pared por pared con la mezquita, no es ninguna gran idea. Y dicho y hecho: ataque a la academia. No se han roto ni los cristales de mi habitación, ni los de casa. La habitación está intacta.

Pero los combates no se detienen. Ahora se ha producido uno en el barrio donde viven los corresponsales de los medios internacionales, en Kal-e Fatullah. Otro suicida, para quien Alá debe tener las siete vírgenes preparadas, el mejor de los regalos. Es de la única manera que puedo ponerme en la cabeza de los suicidas afganos, que merecen un estudio, como ocurrió con los Kamikazes japoneses, que nadie entendía, cuando se empezaron a suicidarse por su país durante la Segunda Guerra Mundial. Y llamo a Habib, que me dice como primer saludo del día: “Odio a los americanos, ¿qué cojones han venido a hacer en nuestro país?”. Desde luego  que es una rara avis, y aún así la primera reacción no es en contra de los insurgentes, que continúan la batalla, parapetados en la oscuridad de la noche que ya es total, sino hacia los americanos. Habib continúa la conversación diciéndome que la ciudad está llena de suicidas y que vigile mañana por la mañana. Tiene razón. Después me cuenta exactamente todas las bombas, que los periodistas americanos con los que trabaja han contabilizado. Y me dice: “Ahora que quería esta beca para poder irme, no he podido ir a la entrevista. A ver si todavía logro ir mañana”, y nos ponemos a hablar de ello. Las bombas… ya se sabe.

Se hace de noche, y todavía estamos encerrados en el campus, sólo los extranjeros, mientras esperamos un coche que nos lleve hasta nuestro domicilio, con los compañeros de casa. Estamos todos bien aburridos. Los directores ponen expresiones trascendentales, y a mí, me hacen reír más que otra cosa, algunos hace un mes que viven aquí, otros no han salido nunca del campus de la universidad. Y pretenden protegernos. Es cómico. Nuestra casa está tan cerca de la bomba de la academia que cuando llega el coche nos cargan a todos y hacemos una ruta totalmente diferente. A ver si algún afgano o algún americano es bastante espabilado para darse cuenta de que cada día pasamos por el lugar atacado. Dudo que cambien las rutinas hasta que no lo hablemos, algunos de aquellos a quien los jefes consideren fiables, y les hacemos ver que esto no tiene ningún sentido. Toda lógica es inexistente entre esta gente acostumbrada a obedecer, a repetir esquemas, y a no pensar. Todos hemos visto imágenes de las madrasas, donde lo único que aprenden es a mover el cuerpo arriba y abajo y repetir el Corán. Leo lo que tuitean desde el ministerio: “Aunque tengamos que entrar palmo a palmo mataremos a todos los insurgentes parapetados en el noveno piso del edificio en obras. Pero es de noche, estamos en el octavo. No podemos ir, el noveno, todo está oscuro, no se ve nada”. Los insurgentes, dos, según parece, siguen disparando, ocho horas más tarde.

Lo primero que hago al levantarme es mirar cómo ha terminado todo. Y no ha terminado. El loco a quien Alá espera, todavía dispara, y me viene a la cabeza una pregunta: los entrenan para matar todo lo que puedan, y luego morir en espera de Alá, pero el muchacho que lucha toda la noche en lo alto del edificio, ha estar totalmente exhausto, solo, todo el día completo y la noche entera, y aún desea todavía más reencontrarse con Alá y que le conceda doce vírgenes por haber aguantado tanto; ¿o quizá la moral también le desfallece, como a las personas que no se suicidan, y piensa en sus padres, amigos, y hermanos, y le da miedo morir, pero ve que ya no se puede salvar y por eso sigue luchando? Me parece que a mí me pasaría esto.

Èlia Susanna

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