Irán, la primavera deseada (1)

Teherán, febrero de 2011: no hubo Primavera Iraní

Han pasado dos años desde la reelección de Ahmadinejad y el inicio de los tumultos en que desembocaron las elecciones más disputadas y amargas de la historia de la República Islámica de Irán. Para algunos analistas, lo allí ocurrido constituye un precedente a la posterior Primavera Arabe , destinada a retornar en forma de contagio, cerrando el ciclo en una Primavera Iraní.

Pero ¿es comparable la situación política iraní a la de Túnez, Egipto, Yemen, Bahrein, Siria, Libia, Marruecos o Jordania, antes del inicio de la Primavera Arabe? Desde luego que no. Es más, puestos a establecer algún paralelismo lo podríamos llevar a cabo con la revolución que en 1979 depuso al Shah de Irán; desde entonces, el sistema político que rige en la República Islámica, por mucho que disguste en Occidente, ofrece más un modelo a emular que a evitar. Irán es uno de los países con más bazas para constituirse en una democracia civil consolidada, superando incluso las fracturas étnicas, si se le permite evolucionar sin interferencias exteriores.

Así, mientras que en Occidente se ansía que la oleada de revueltas culmine con la defenestración de los Ayatolás, la República Islámica defiende la legitimidad de todos los movimientos revolucionarios, allá donde ocurran e independientemente de sus intereses estratégicos. Irán, a diferencia de Occidente, ha apostado sin ambages por respaldar la voluntad popular de cambio de todas y cada una de las revueltas contra regímenes totalitarios, a los que acusa de ir contra los principios del Islam.

Y es que Irán ofrece un modelo que muchos países de la zona desearían para sí mismos, y que, aún con la deposición de sus actuales tiranos, encontrarían numerosos obstáculos para su implantación en sus distintas versiones autóctonas. La República Islámica es una democracia, lejos de la perfección, por supuesto. ¿Cuál de las existentes lo es? ¿Hemos olvidado como aconteció la reelección de George W. Bush? En Irán existen plataformas políticas que recogen las inquietudes de la población y se llevan a cabo procesos electorales con vivos y enconados debates entre los candidatos; además la República Islámica es dueña única de sus recursos naturales y celosa guardiana de su soberanía e independencia.

No obstante en Irán hubo ciertamente un movimiento de protesta, salieron a la calle decenas de miles de iraníes y se produjeron altercados y enfrentamientos: se manifestaba un claro descontento con el resultado electoral y se pedía su revisión. La principal diferencia entre los principales candidatos era de índole económica; mientras Ahmadineyad defendía una mayor intervención del estado en la economía y subvenciones para los más desfavorecidos, el Movimiento Verde propugnaba la privatización de los recursos públicos, y una mayor integración de la economía iraní en el mercado global. En ningún momento estuvo en tela de juicio el sistema político existente en la república islámica.

Por otra parte, en el frente interno, Irán no ha levantado el pie de la feroz represión que aplica a sus disidentes políticos, y en lo que va de año ya lleva ahorcados a más de 70 personas, incluyendo a alguna mujer y residentes con doble nacionalidad. Esta campaña de terror que antecede a las actuales revoluciones, desde luego ha inmunizado de forma notable a la república islámica frente a las ondas de la Primavera Árabe y le permitirá seguir concentrando sus esfuerzos en el frente exterior y explotar la situación que se abre con múltiples oportunidades.

Como es habitual, los medios occidentales se empeñan en magnificar todo aquello que pueda desprestigiar al sistema político iraní, el cual, nos guste o no, es el mayor activo de que dispone ese país para ir mejorando su estado de derecho y sociedad civil y, por tanto, salvaguardarlo del entremetimiento del Occidente global. La reciente pugna entre Ahmadineyad y Jameneí, tan pregonada por los medias occidentales, no fue más que un forcejeo típico entre un ejecutivo y la oposición de cualquier democracia, sometido al arbitraje de una instancia superior. Afortunadamente para Irán, el asunto no fue a más, puesto que dispone de un importante elemento moderador de su política interna en el Guía de la Revolución: Alí Jameneí. Y hubiera sido absurdo, por su parte, echar por tierra a un ejecutivo que no sólo ha fortalecido la posición exterior de Irán, sino que ha llevado a cabo exitosas reformas económicas internas (reforma de los subsidios, en especial) que han minimizado el impacto de la actual crisis mundial en el iraní de a pie. Desautorizar al actual ejecutivo hubiera supuesto poner en tela de juicio los logros de la república islámica, dañando de paso la imagen de su sistema político.

                                                                                                              Pablo Martín 

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