La “Libiaración ” y sus figurantes (y 3)

Cuando se percatan de que acaban de entrar inadvertidamente en cámara, los dos individuos que acaban de salir del coche, de rasgos nada libios, intentan ocultar sus rostros y salen de escena tan rápido como pueden. Al parecer no se trataba de militares americanos, como proclama el rótulo, sino británicos.  Interesante el cartel al final de la grabación: “Next Stop, Syria”. 

¿Y ahora qué? Desde el punto de vista de una audiencia farruca, necesitada de una nueva dosis de glorias militares de Occidente, la operación ha cumplido con unas expectativas que no cuajaron en Afganistán ni en Irak. Al menos por el momento, claro está. Si comparamos el estado de esos países con aquellos otros en los que se han venido produciendo intervenciones occidentales desde 1991, el futuro de Libia resulta, ciertamente inquietante. Somalia, Bosnia, Kosovo, además de los mencionados Afganistán e Irak, parecen juguetes rotos  que no han recuperado su andadura como estados plenamente normalizados, tras haberle pasado por encima la parafernalia militar occidental. A tal respecto, ya sin haber concluido la guerra en Libia,  los medios destilan unos artículos de opinión y análisis buen preocupantes, como no se habían dado inmediatamente después del final de la guerra en Irak y, no digamos, Afganistán.

Sin embargo, en el caso libio hay un factor muy novedoso, que está en el centro del análisis: ¿cómo influirá en la Primavera Árabe la intervención de la OTAN? En estos momento resulta muy difícil de responder a esa cuestión, dado que la dinámica de ese fenómeno ya sobrepasa ampliamente el marco original de Túnez y Egipto, llegando hasta Siria o Yemen (¿quién se acuerda ya del desastre que es  Yemen?), e implicando a países que no se desea considerar afectados ,  y que son protagonistas y activos, de lo que está pasando: Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e Irán.

Hasta ahora, la prensa occidental, y una parte de la “izquierda aturdida”, junto con la derecha prepotente han saludo a la Primavera Árabe como un genuino levantamiento de masas, sino incluso como una verdadera revolución. Sin embargo, con el discurrir de los meses ha quedado claro que en algunos países los movimientos de protesta han sido acallados y hasta aplastados –el ya célebre caso de Bahrein-, mientras que en otros ni siquiera se ha querido considerar que sus regímenes sean candidatos a irse por el fregadero de la historia. Por último, en Egipto la revuelta de la pasada primavera no ha llevado todavía a un cambio real de régimen.

En medio de todo ello,  en Libia el padrinazgo occidental ha sido tan descarado y masivo, que por sí mismo podría llegar a extender una enorme sombra de duda sobre lo que realmente sucedió en Túnez y Egipto. Sobre todo, si consideramos la progresión Túnez-Egipto-Libia , por este orden, en una escalada intervencionista de menos a más evidente, de menos a más problemática.

En base a ello, una clave de lo sucedido sería la presencia más directa de los occidentales en la zona a fin de operar más estrechamente en los cambios a realizar en todo el conjunto. Por supuesto que ya antes Egipto era un firme aliado de los Estados Unidos; pero ahora, además de que sigue siéndolo, el control parece mucho más inmediato. Y sobre todo, es un control más estrecho en relación a lo que pueda suceder en Libia, en Siria o en Yemen, y al papel de Egipto en esos escenarios.

Pero claro, todo eso es harto teórico. De entrada, el gobierno interino del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), en Egipto, parece muy cerca de reanudar las relaciones diplomáticas con Irán después de haberlas interrumpido durante más de treinta años. Ni que decir tiene que eso está causando una enorme preocupación en Washington, y no digamos en Israel.  Por otro lado, no cesan de incrementarse los rumores de que las unidades de islamistas radicales presentes entre las milicias de rebeldes libios, podrían intentar imponerse políticamente; comenzando por Trípoli, tratando de ponerle las cosas difíciles al gobierno del CNT. Por ello, lo visto en Libia no sería un panorama muy diferente del ya vivido en Irak, por ejemplo: operaciones militares de intervención muy cuidadas, y planes políticos para el día después, inexistentes o mal trabados. La diferencia, ahora, estaría en que se debería hacer frente a “uno, dos, muchos Iraks”, parafraseando al Che Guevara. Llámeseles Somalia, Yemen, o como se quiera.

Vamos a dejar para otra ocasión la cuestión de las claves maestras de la Primavera Árabe, asunto bien complejo que no se puede ventilar en un simple post. De momento, y a la vista de lo que sucede en Libia, con qué nos quedamos: ¿los occidentales van a salir ganando o perdiendo? Por supuesto, habremos de esperar a ver cómo evoluciona la situación, en las próximas semanas. Si va a peor, si estamos ante un nuevo Irak, una Somalia o un Yemen mediterráneos, mal lo van a  tener. Para que ello no suceda, las cancillerías occidentales necesitarán dotar al CNT de credibilidad y peso político, a fin de lograr una transición estable. Como arguye Barak Barfi en un excelente análisis, a base de ayudar y respaldar en demasía, el nuevo régimen libio puede acabar siendo dependiente de la asistencia extranjera. Por lo tanto, mal asunto si son los occidentales los que deban dotar de vida propia al nuevo gobierno libio y seguir apuntalándolo después. El CNT necesita desesperadamente obtener logros por sí solo. ¿Le dejarán?¿Podrá hacerlo?

¿Y después de Libia vamos a por Siria? Tras convertir en confeti la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad, al tomar la OTAN partido por un bando y enviar incluso tropas de tierra a la zona, es evidente que las potencias emergentes no van a dar muchos más cheques en blanco en la ONU. Y debe resaltarse lo de “potencias emergentes”, porque hace muy pocas semanas, Gustavo de Arístegui, portavoz del Partido Popular en la Comisión de Asuntos Exteriores, se rasgaba las vestiduras porque Rusia y China obstaculizaban la decisión de actuar contra Bashar al Assad. ¿Sólo Rusia y China? Está bien eso de aprovechar cualquier situación para regresar a la Guerra Fría; pero es que no sólo Moscú y Beijing ven con sospecha que la “comunidad internacional de las potencias occidentales” continúe imponiendo su particular visión de New World Order. También la India, la mayor democracia del mundo, se ha opuesto a los interesados entusiasmos occidentales. A Israel, que tanto admira José María Aznar últimamente, tampoco le hace ninguna gracia que se le metan en su patio trasero sirio. De hecho, no es ningún secreto que la “Primavera Árabe” le está trayendo muchas preocupaciones al actual gobierno de la pequeña potencia eurasiática, que se van a poner el rojo vivo cuando el próximo 20 de septiembre, se lleve a la Asamblea General de la ONU la demanda de adhesión de un Estado palestino.

Pero el dilema es que si las potencias occidentales no intervienen en Siria después de haberlo hecho en Libia, con tan “excelentes resultados” cara a la galería,  mal asunto. La costosa victoria en el Norte de África (si es que llega a producirse, por fin, de manera clara) quedará más que deslucida. Si, por el contrario, las potencias occidentales también se lían la manta a la cabeza en Siria, el cántaro estará yendo a la fuente demasiadas veces. Sobre todo, si eso se hace sin haber estabilizado mínimamente la situación política allí: el gobierno argelino, por ejemplo, acaba de anunciar que no reconocerá al nuevo gobierno libio si no se compromete inequívocamente a luchar contra Al Qaeda del Magreb Islámico. Y también habrá que restañar algunos desgarros importantes en la Liga Árabe. Algo de todo esto y mucho más se puede leer en un amplio artículo del veterano periodista Enric González, desde Jerusalén.

Sea lo que sea lo que está pasando en MENA, parece haberse producido una descongelación histórica mucho más patente de la que, se dijo, tuvo lugar en Europa central y oriental a partir de 1989. La guerra ha regresado a Libia cuando se cumple un siglo exacto de la vivida en 1911; también en Libia, ingleses y franceses han vuelto, sacándose la espina de 1956, en Suez; y esta vez, el poder americano se ha mantenido en un timorato segundo plano. Vuelve a la ONU una votación decisiva sobre la soberanía de Palestina, pero esta vez, según parece, de signo contrario a Israel.

En estos días, no faltó quien proclamara, en las redes sociales, que la de Libia es la primera revolución real de la “Primavera Árabe”, por cuanto el régimen anterior ha sido derribado y lo que se construya se hará desde cero. Podría ser verdad, o no ser más que un simple deseo o menos aún: una frase. Si son las potencias occidentales las que deban ocuparse de ello, terminarán de contaminar a toda la “Primavera Árabe”. Y eso podría ser el comienzo del fin de un sueño, dando paso a una pesadilla.

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