La “Libiaración” y sus figurantes (2)

Mustafa Abdel Jalil: ¿Le compraría usted un coche de segunda mano a este hombre? El CNT está compuesto por políticos con escaso carisma

El apoyo militar de la OTAN a los rebeldes libios, por excesivo y descarado, ha producido el efecto contrario al buscado, llevando a que ese bando pierda credibilidad, tanto militar como política. Pero así como, al menos, la tutela de las operaciones militares ha sido relativamente coherente con los objetivos a batir, el planteamiento político de lo que debía ser fase final de la guerra está resultando más inconsistente. El pasado 11 de agosto,  “The Times” publicó un proyecto del CNT, elaborado con importante ayuda occidental, para gestionar la transición en la era post-Gadafi. El plan se basaba en las lecciones aprendidas del desastroso relevo de poder en Irak, tras la invasión de 2003. Como se sabe, la inexistencia de un proyecto de reconstrucción política de aquel país, llevó a que las autoridades ocupantes desmontaran al aparato administrativo iraquí sin tener otro preparado para sustituirlo, que además tampoco hubiera contado con la suficiente experiencia para lidiar con las tareas del día a día. A fin de evitar un colapso de ese tipo, los rebeldes libios integrarían en el nuevo estado a una proporción sustancial de antiguos funcionarios del anterior régimen.

El programa, oportunamente filtrado no mucho antes de la ofensiva contra Trípoli, funcionó en realidad como un mensaje dirigido a la administración del régimen de Gadafi; el hecho de que llegara respaldado  por los occidentales y hubiera sido divulgado por un periódico inglés, parecía ser garantía de sus honorables intenciones. De otra parte, y vista la evolución de los acontecimientos en estos días, también dejaba en evidencia que tras la ofensiva sobre Trípoli subyacía el plan político de convertir la toma de esa ciudad en el final de la guerra.

Eso, de momento, no ha sucedido. Es más, Gadafi ha escapado, así como sus hijos, y el enorme mapa de Libia ofrece muchos recovecos para que se escondan y reagrupen sus fuerzas.  A pesar de ello, el CNT y los aliados occidentales han hecho como si tal cosa, y con ayuda de los medias han transmitido la realidad que han querido fabricar, y que tiene bastante de huida hacia adelante.

De hecho, el plan para la transición sonaba a irreal, al no contar de forma clara con la fidelidad de las tribus en base al oportuno reparto de poder: recordemos que esa fue una de las bazas decisivas  que jugó Gadafi para mantenerse al mando todos estos años.  ¿Sigue vigente? Hace pocos meses, cuando comenzaba la guerra civil, el veterano periodista Paco Audije intentó ponderar una actualización del factor tribal en la política y la sociedad de Libia. Documentándose aquí y de allá, le quedó un reportaje convincente, que terminaba por recordarnos un dato significativo: Libia carece de constitución alguna desde 1977, “así que no hay marco legal de referencia y todo acuerdo nuevo tiene que basarse en las estructuras verdaderamente existentes: las tribus aparecen como una referencia inmediata” –opinaba el experto Hans Peter Mattes, del Instituto Alemán de Estudios Globales.

De otra parte, si la contienda ha producido ya unos 20.000 muertos, va a ser difícil soldar fracturas en los aparatos administrativos o de seguridad. Una guerra civil es una cosa muy seria, y más en una sociedad en la cual los vínculos de parentesco tienen tanto peso, dado que la tendencia es a intentar cuantificar y compensar las pérdidas de una manera u otra, y muchas veces en base a la violencia, sin lo cual no puede haber una reconstrucción efectiva del estado y la sociedad. Ésta es la primera guerra civil entre libios y los ajustes de cuentas han sido numerosos, aunque ahora resulta políticamente correcto no aludir a los cometidos por los rebeldes: costará muchos años pasar página.

Por todo ello, y una vez más, el CNT comienza su andadura sin la suficiente credibilidad y sin el sustituto de la fuerza necesaria para imponerse con mano dura, llegado el caso. Es un organismo fragmentado, compuesto por líderes políticos poco convincentes, sin carisma –es proverbial la hosca expresión del primer ministro Mahmud Jibril– al que los aliados occidentales le van diciendo lo que debe de hacer, aunque no siempre, ni mucho menos, lo logra. Ahora toca creerse y hacer creer que la guerra ha terminado y que Libia, un enorme país de casi 1.800.000 km2 (más de tres veces España) está bajo su control.  De hecho, en Trípoli han vencido, o podrían estar cerca de conseguirlo; pero no parece que hayan convencido mucho. De manifestaciones multitudinarias, nada o muy poco, para lo que es una enorme ciudad de dos millones y medio de habitantes. Calles vacías, más bien. Y es que aún contando con el tradicional escepticismo de las poblaciones capitalinas, Trípoli ha sido, en buena medida, creación de Gadafi. Y si la revuelta de febrero no cuajó, por algo sería.

El reconocimiento internacional debería servir para parchear esta situación; se van desbloqueando bienes y aprobando medidas de emergencia para paliar los desastres de la guerra: en su día lo pagarán, que la ayuda desinteresada no existe y menos cuando parece que todavía no se echado el guante al oro de Gadafi. O, según otros, al gran acuífero de Nubia. Los aliados occidentales se han apresurado a reforzar al guión de que todo ha terminado paseando a Mahmud Jibril de una cancillería a otra. Pero por ahí fuera no hay demasiados entusiasmos y sí mucha sorda reticencia. A día de hoy, Rusia no ha reconocido al nuevo régimen libio. Y tampoco lo ha hecho la India, ni Brasil, ni buena parte de América Latina, ni una porción considerable de África… O sea,que no sólo es Chávez. Dado el peso de Libia en el mercado petrolífero, no cabe duda de que no se volverá a repetir el fiasco de Kosovo. Pero ahí está el mensaje: el hartazgo de todos esos países ante las aventuras de los ancianitos occidentales de toda la vida, empeñados en su New World Order, siempre contando sus viejas batallitas, como si la Guerra Fría hubiera terminado ayer. O peor aún: siguiera vigente.

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