La “Libiaración” y sus figurantes (1)

Sesión de fotos en posado. Los medias occidentales han tenido difícil crear una imagen aguerrida de los variopintos e indisciplinados grupos de rebeldes libios. Con la creciente irrupción de la OTAN en la guerra, a veces han terminado por convertirse poco menos que en figurantes

La entrada de los rebeldes libios en Trípoli, seguida de la insistencia por parte de los líderes occidentales y portavoces de la OTAN en que la guerra ha concluido, ha pasado por ser la única buena noticia emitida para los medios occidentales en este verano, en el cual las perspectivas económicas no paran de dar sobresaltos. Pero esa ansia por pasar página tiene un inquietante tufillo a propaganda de guerra salida de las páginas de la célebre novela 1984, de George Orwell.  Pura y simplemente, el relato lineal de la caída de Trípoli en manos de los rebeldes –si es que es así- desafía toda lógica, y apela a la credulidad del telespectador.  Cada vez que hacen su irrupción en los telediarios, podemos ver a una colección de personajes vocingleros, como si salieran armados de un after hours: desmadejados,  claramente descoordinados entre sí y con una necesidad compulsiva de malgastar munición ante las cámaras, como si la regalaran. Un veterano experto en asuntos militares escribió, hace pocos meses, que el UÇK  de los albaneses de Kosovo, allá por 1999, era como el Afrika Korps de Rommel comparado con las bulliciosos rebeldes libios, lo cual ya es decir. Dado que es inverosímil pensar que tales fuerzas, y además en número escaso, hayan roto el empate estratégico que se vivía en la Guerra Civil libia, y eso en unas 48 ó 72 horas, resulta lógico pensar que es otro el factor explicativo real.

Fácil es imaginar la respuesta: quien ha hecho el trabajo duro y eficaz, quien está ganando la guerra y ha entrado en Trípoli, ha sido la OTAN, reservando a los rebeldes libios el papel de figurantes. La contribución ha sido triple. Por un lado, muy importante, las toneladas de bombas arrojadas en las 20.000 salidas de las fuerzas aéreas de la OTAN participantes en la operación. A buen seguro que dentro de unos meses leeremos balances mucho menos triunfalistas sobre objetivos alcanzados, pero aunque sea así el dominio del aire absoluto ha supuesto la destrucción sistemática de buena parte de la maquinaria militar de las fuerzas gadafistas, amén de la capacidad de obtener información e interferencia de comunicaciones. En segundo lugar, la OTAN ha suministrado armas a los rebeldes, una somera instrucción, y mucha coordinación.  Esto último, sobre todo:  a partir de la información obtenida, por los medios de inteligencia OTAN sobre el terreno, el diseño de los planes de operaciones, y hasta el manejo de las unidades rebeldes (las que haya) ha sido asunto del estado mayor de la Alianza Atlántica.

La cosa ha llegado a tales extremos, que helicópteros de la organización transportaron milicianos libios desde Bengasi a Trípoli, con la intención de que fuerzas de ese centro político salieran en la foto de la capital liberada junto con los imazighen (bereberes) procedentes de las montañas de Nafusa, armados desde el aire por los franceses, que integran la mayoría de las fuerzas que accedieron a la ciudad por el oeste. Además, los vehículos de los rebeldes iban identificados con banderolas y señales rojas y amarillas, es decir, marcas tácticas para evitar ser víctimas de la aviación amiga. A destacar que la misma OTAN distribuyó esas señales, especialmente para la operación contra Trípoli. Y junto con ello, teléfonos vía satélite y equipos de comunicaciones, y oficiales de enlace, y…

En tercer lugar, el protagonismo (más que simple colaboración o apoyo) de unidades de fuerzas especiales de países OTAN y árabes amigos: el 22 Regimiento SAS británico, el 2ème REP  (Régiment Étranger de Parachutistes), buzos del DINOPS de la Legión Extranjera, soldados de la Jordan’s Royal Special Forces, expertos en combate urbano y asalto a posiciones fortificadas, así como fuerzas especiales de Qatar, trasladadas desde Bengasi. Estas unidades tuvieron un papel decisivo en la penetración sigilosa y veloz dentro de Trípoli y, presumiblemente, en el asalto al  complejo presidencial de Bab al-Aziziya, con su maraña de túneles y sótanos blindados. De hecho, durante las primeras horas de combates, las fuerzas de Gadafi intentaron separar a las fuerzas OTAN de las magras unidades de rebeldes, lo que hubiera supuesto la aniquilación de estas tropas, dejando en evidencia, de paso, la importancia decisiva de los “aliados” en la operación.

El protagonismo de fuerzas de la Alianza Atlántica es de tal calibre que de hecho convierte a la Guerra Civil libia en una contienda entre las OTAN y el régimen de Gadafi. O, mejor dicho, entre Gran Bretaña y Francia, potencias que habían formado una “Entente Cordiale” en noviembre de 2010, y la Libia gadafista. Sobre las tensiones que eso puede suponer en el seno de la OTAN o la UE, a corto o medio plazo, ya leeremos en el futuro. En relación al papel de esos u otros países en la inducción de las revueltas del 17F, escribiremos en otro momento.

Pero, ahora mismo el resultado de la importancia que ha cobrado la OTAN en la guerra contra Gadafi supone que el Consejo Nacional Transitorio (CNT) del nuevo régimen libio, goza de muy escasa o casi nula credibilidad, lo cual va a complicar enormemente la normalización social y política de Libia, una vez haya terminado la guerra, cosa que de momento no ha sucedido entrando ahora  en una mera segunda fase.  Contribuye a esta falta de credibilidad el hecho de que el CNT esté gobernado por lo que podríamos denominar un selecto grupo de grandes traidores al gadafismo, es decir, a los cargos que hasta hace bien poco,  eran hombres de confianza de Gadafi, implicados hasta el fondo en las arbitrariedades y abusos del régimen. Es bien sabido que Mustafa Abdul Jalil, Presidente del Consejo, era ministro de Justicia (¡nada menos!) en enero de este mismo año, mientras que el primer ministro Mahmud Jibril, había desempeñado el cargo de jefe de la Junta Nacional de Desarrollo Económico. Y al frente de los asuntos militares está Omar Hariri, compañero de primera hora de Gadafi, con quien colaboró en el golpe de 1969 que derrocó al rey Idris. La cosa es tan relevante que a veces casi parece haya estado teniendo lugar una guerra civil entre los mismos gadafistas. Que a su vez ya ha vivido un conato guerra civil dentro de la guerra civil, cuando el pasado 28 de julio, fue asesinado el jefe de Estado Mayor de las fuerzas rebeldes, el general Abdel Fatah Younes, ex ministro del Interior de Gadafi, verdadero “número 2” del régimen. Los perpetradores fueron rebeldes libios, combatientes de su mismo bando; y sucedió, precisamente, veinte días antes de que se pusiera en marcha la ofensiva contra Trípoli.

Así que, tanto si la OTAN aceleró la operación para tomar la capital a raíz del asesinato de Younes, como si el incidente puso en peligro los preparativos, el asunto fue lo suficientemente grave como para tirar piedras de mucho peso contra el propio tejado del CNT. A lo que se une la escasa credibilidad de las informaciones que suministra el organismo, a veces bien fantasiosas, o el extraño suceso de la “captura” de los hijos de Gadafi, que el mismo Saif al Islam se encargó de desbaratar con un espectacular golpe de efecto.

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