El verano yugoslavo bajo la alfombra

Hace ahora veinte años, a finales de junio de 1991, se iniciaba la descomposición formal de la Yugoslavia socialista con las proclamaciones de independencia de Croacia y Eslovenia. La consumación de las distintas aspiraciones nacionales que se gestaron en los años previos, dio inicio también a las guerras que asolaron esa parte de los Balcanes y que tanto impactaron al espectador occidental en los años noventa. Desde la perspectiva de éste último, Yugoslavia pasaba de ser el país más abierto y avanzado de Europa del Este a convertirse en un término que denotaba violencia, autoritarismo y corrupción. La brusquedad con la que cambió esa percepción merece explicaciones diferentes a las que se han dado hasta la fecha. Los argumentos simplistas que han predominado en todo este tiempo han tenido como propósito la legitimación de las intervenciones occidentales, que agravaron progresivamente la situación de los Balcanes.

Uno de los aspectos que conviene revisar tiene que ver con el papel de Eslovenia en aquellos fatídicos meses. La pequeña república, ubicada entre los Alpes y el Adriático, ha sido mostrada como ejemplo de que la unidad étnica, el desarrollo económico y la unión del pueblo con unos líderes responsables pudieron evitar una guerra a gran escala. La transición democrática eslovena sería el modelo de una solución pacífica a la crisis yugoslava y, a la larga, para la integración euroatlántica, que Eslovenia consiguió en 2004. No cabe duda de que esa explicación contiene argumentos válidos que, sin embargo, desdibujan otros hechos relevantes de la disolución violenta de Yugoslavia.

La federación, vertebrada en torno a las repúblicas de Serbia y Eslovenia, había entrado en una creciente crisis política desde la muerte de Josip Broz Tito en mayo de 1980, agravada por el deterioro económico tras la crisis del petróleo del año anterior. Los independentistas eslovenos buscaron una salida a la situación basándose en la fortaleza económica de su república. A su vez, el nacionalismo serbio tenía como objetivo la permanencia de su grupo nacional, el más numeroso de Yugoslavia, en un solo Estado. El empeoramiento de la crisis y la emergencia del nacionalismo croata hicieron, posteriormente, que ambos movimientos se apoyaran entre sí.

No obstante, la música de fondo de la crisis yugoslava se tocaba fuera de las fronteras de la moribunda federación. La caída del bloque soviético, el irresistible ascenso de Estados Unidos como única superpotencia mundial y el avance del proceso de integración europeo crearon una atmósfera que favorecía especialmente a los independentistas eslovenos, que veían a Yugoslavia como un lastre en su aspiración de ingresar en la entonces Comunidad Europea.

Las reformas democráticas iniciadas por Eslovenia fueron acompañadas de un programa de importación de armas que permitió la creación de una defensa territorial de más de 40.000 hombres bien equipados. Al mismo tiempo, tanto eslovenos como serbios boicoteaban las reformas económicas del gobierno federal, que habían tenido un cierto éxito a lo largo de 1990. Los cambios políticos que intentó impulsar el primer ministro de la federación, Ante Marković, habían sido bloqueados por los eslovenos ya en 1989. Sin ellos, las instituciones yugoslavas dejaron de obtener el respaldo económico y político de Estados Unidos, perdiendo así buena parte de su capacidad de maniobra y pasando a ser vistas como un resquicio del comunismo.

El poderoso ejército yugoslavo corrió el mismo destino. Tas la declaración de independencia de Eslovenia, fue enviado por el gobierno federal como parte de una operación limitada. La Defensa Territorial eslovena, apoyada por una movilizada población, actuó con rapidez, audacia y, en ocasiones, con brutalidad. Mientras tanto, los mandos yugoslavos en los cuarteles de Zagreb solicitaban a Belgrado un apoyo que nunca llegó. El derrotado ejército federal multinacional había perdido todo su sentido. Su comando supremo, la presidencia federal, era un foro de negociaciones para la disolución del país. A nivel internacional, su imagen había quedado profundamente dañada debido a la propaganda eslovena. A nivel interno, era una institución que, por su propia naturaleza, no podía ser utilizada en una guerra entre pueblos yugoslavos.

Tras la breve guerra eslovena (que duró diez días) se refrendó, con la bendición de la Comunidad Europea, el acuerdo alcanzado medio año antes por el presidente esloveno, Milan Kučan, y el líder serbio Slobodan Milošević: Serbia, que desde hacía meses se había ido haciendo progresivamente con el control del ejército federal, se opondría a cualquier iniciativa de los generales federalistas de lanzar una ofensiva a gran escala hacia Eslovenia. A cambio, los eslovenos se comprometían a no interferir en los planes de sus socios, que se ocuparían de defender las zonas serbias de Croacia y Bosnia-Hercegovina. Eslovenia era libre para iniciar su viaje de retorno a Europa escapando del infierno yugoslavo.

Carlos González Villa

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