El fin de Osama Bin Laden: algunas preguntas y respuestas

Caricatura de Mike Luckovich

[La primera versión de esta pieza ha sido elaborada para ElPeriódico.com]

Al hilo de la ejecución de Osama Bin Laden en Pakistán, anunciado esta misma madrugada (hora española) cabe hacer algunas reflexiones de urgencia, recogiendo los escasos datos que van apareciendo aquí y allá.

1.- La primera, que enseguida ha llamado la atención, es el lugar donde fue abatido Bin Laden: un complejo residencial frecuentado por militares paquistaníes, en la misma ciudad, Abbotabbad, que es sede de la Academia Militar de ese país, la deKakul. Por lo tanto, se ciernen serias sospechas sobre el protagonismo de los servicios de inteligencia e incluso círculos castrenses paquistaníes. En este sentido, la tensión que levantó la detención en Lahore de  Raymond Allen Davis, agente de la CIA, el pasado 27 de enero, cobra un sentido que no tenía antes del 1 de mayo.

2.- Es evidente que la desaparición de Osama Bin Laden agilizará el “endgame” o proceso de retirada de la OTAN de Afganistán (aprobada en la reciente cumbre de Lisboa) que viene acompañado por un intento de negociación con los talibanes. Ya desde hace tiempo se sabía que Al Qaeda no jugaba un papel preponderante en la lucha de los talibanes. Pero aún así, la suerte final de bin Laden caso de una retirada estadounidense de Afganistán, jugaba un papel distorsionador que ahora se ha visto dramáticamente disminuido.

3.- Se ha repetido mucho en las últimas horas lo chocante de la “oportunidad” de la muerte de Bin Laden justamente ahora, en medio del proceso de agitación política que viven el mundo árabe.  En realidad, la muerte de un personaje como el líder de Al Qaeda, que ha estado en el centro de tantas conspiraciones, siempre hubiera resultado chocante. Antes, durante o después de las revueltas árabes y en cualquier otra circunstancia.

Sin embargo, no es menos cierto que en este momento, el suceso marcará el devenir de los acontecimientos en MENA de muy diversas formas. Por ejemplo, acentuará el anunciado declive del mensaje político de Al Qaeda frente al que enarbolan los contestatarios en la mayor parte de los países implicados. También abrirá el camino hacia “soluciones drásticas” contra aquellos que Washington designa como “malvados oficiales”, comenzando por Muhammar al Gadafi, por ejemplo.

4.- ¿Con cuanta antelación seguía la CIA los pasos de bin Laden? Esto es difícil de saber, aunque ya empiezan a circular noticias al respecto. Se puede deducir que no era algo demasiado reciente. El momento, dentro de todo, parece escogido. Pero tampoco es factible pensar que en Langley se sabía de la presencia de Bin Laden en Abbottabad con mucha antelación. Dado la trascendental importancia de la presa y su carácter escurridizo, resulta difícil de creer que los americanos compartieran la información con sus aliados, ni siquiera con los israelíes. A eso debe añadirse el que, a todas luces, el ISI paquistaní debía de saber del paradero del líder de Al Qaeda, por lo que los servicios de inteligencia estadounidenses debieron de extremar las precauciones; en tal sentido, dejar pasar demasiado tiempo hubiera llevado, tarde o temprano, a que se destapara el pastel.

5.- ¿Qué va a suponer la muerte de Osama bin Laden para el yihadismo internacional?  Esta es una de las preguntas del millón. Es evidente que las células seguirán golpeando aquí y allá. Hasta es posible que ocupe el puesto de Bin Laden un nuevo líder, más joven y enérgico:  Abu Yahya al Libi, Jalid al Habib, Adnan el Shukrijumah, Atiyah Abd al Rahman… Pero la figura del desaparecido es mítica, y su muerte ha contribuido a reforzar esa imagen. Resultará muy difícil sustituirla; quizá sea imposible. De otra parte, el sentimiento de invulnerabilidad casi sobrenatural, la idea de que Bin Laden sobrevivía eficazmente arropado por la umma, eso ha desaparecido. La leyenda viva y activa ha muerto, y con ella, es posible que la Al Qaeda se vaya diluyendo en su propia mitología. Aún correrá mucha sangre, posiblemente aparecerá algo nuevo; pero no lo mismo que existía.

F. Veiga

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