Lo que se ha denominado “política neo-otomana” en la Turquía del Partido de la Justicia y el Desarrollo (Adalet ve Kalkınma Partisi : AKP) surge como reacción a la ofensiva de los bastiones kemalistas contra los gobiernos islamistas turcos a partir de 2003 y hasta el verano de 2008. En esa fecha se puede decir que el AKP se consolida definitivamente en el poder, tras asegurar los resultados de las elecciones legislativas de 2007 –en las cuales el AKP vuelve a revalidar mayoría absoluta- y las presidenciales, a raíz de las cuales Abdullah Gül se convertirá en el primer presidente islamista de la República turca.
El ascenso de las fuerzas islamistas durante la compleja transición posterior a las revueltas de Oriente Medio y del Norte de África podrían tener un impacto en los estados post-soviéticos del Asia Central, que están todavía pugnando por la transición a la democracia o que aún tienen que experimentar revueltas populares, según subraya James M. Dorsey.
“The Great Deception” es un interesante clip de argumento marcadamente conspirativo, editado por AnarchitexT, que se define como: ”an Egyptian political research group, dedicated to questioning the current events occurring rapidly in the global political scene, and uncovering the truth about events taking place in today’s modern world”. En la dirección señalada podrás encontrar todos sus clips e infografías, así como en su canal de You Tube
Hasta el momento hemos dedicado tres post a poner de relieve que realmente existen indicios ciertos de inducción estratégica en el desencadenamiento de la “Primavera Árabe”. En este último de la serie, vamos a explicar qué intereses pudieron haber movido a Washington a propiciar los sucesos en el Magreb y Machrek que empezaron en enero de 2011. Dado que el asunto posee ramificaciones variadas, optamos por una presentación sintética, que en el futuro podría ser completada por otra pequeña serie de post sobre este asunto.
Un nuevo reportaje con datos y nombres concretos sobre las políticas de inducción estratégica y sus protagonistas en el área MENA. Anunciamos que, debido a su interés, se añadió un nuevo reportaje en el post correspondiente al primer capitulo de esta serie.
En la introducción a su libro: Egipto: las claves de una revolución inevitable (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2011), el periodista Alaa Al Aswany, escribe: “En ese clima, leí en Internt el llamamiento de los blogueros a manifestarse el 25 de enero y no le presté mucha atención. Me dije a mi mismo: `será otra pequeña manifestación con dos o tres centenares de personas rodeadas por decenas de miles de policías antidisturbios que les impedirán avanzar’. La mañana del 25 de enero me desperté temprano, como de costumbre, y me dediqué a trabajar con mi nueva novela hasta el mediodía, pero cuando me senté para comer y encendí la televisión vi el milagro. Millones de egipcios habían salido a las calles pidiendo la caída del régimen y la marcha de Mubarak”. A continuación, siguen cuarenta y cinco artículos escritos por el mismo Alaa Al Aswany entre 2005 y finales de 2010 en los que arremetía contra el régimen de Mubarak.
El logo del egipcio Movimiento 6 de Abril es un simple remedo del que utilizó el movimiento serbio Otpor, hace ya once años
Y como contundente refuerzo argumental, un extenso reportaje, con todo tipo de detalles y entrevistas, realizado por Journeyman.tv y subido a la red en junio de 2011: The Revolution Bussines
En abril de este mismo año, los periodistas Marwa Awad y Hugo Dixon, vinculados a la agencia Reuters, publicaron un informe en el que se dejaba claro que las protestas que habían provocado la caída de Mubarak eran menos espontáneas de lo que se creía. Estaban, de hecho, muy bien organizadas gracias al trabajo de un grupo de activistas egipcios residentes en Londres y de los activistas agrupados en organizaciones como el Movimiento 6 de Abril. Las redes de opositores que llevaban años preparándose, habían previsto desde finales de 2010 una manifestación para el 25 de enero, día nacional de la policía. La protesta finalmente se llevó a cabo nueve días después de la dimisión del presidente tunecino, Ben Ali.
El primer grupo había empezado a reunirse en 2005 y terminó creando la “Academia del Cambio” que, eventualmente, trasladaría su sede del Reino Unido a Qatar. Su misión consistía en la adaptación a la realidad egipcia del marco conceptual y de actuación de las “revoluciones de colores” no violentas patrocinadas por Estados Unidos entre 2000 y 2005. En particular, su referente era el académico norteamericano Gene Sharp, cuya Albert Einstein Institution contribuyó activamente en la preparación de los grupos que hicieron caer a los regímenes de Yugoslavia, Georgia, Ucrania y Kirguistán. Uno de los miembros de la Academia, Wael Adel, estableció contacto a finales de 2005 con el grupo Kefaya, inspirado en los que llevaron a cabo las “revoluciones de colores” y en noviembre dirigió el primer seminario a 30 de sus miembros en El Cairo. En 2008, a partir de un grupo de militantes de Kefaya, nace el Movimiento 6 de abril, que adopta la simbología utilizada en Serbia y Georgia por Otpor y Kmara respectivamente y, a partir de la llegada de Mohamed el Baradei a Egipto, en febrero de 2010, se sumerge en el mundo de las redes sociales. A través de la página de Facebook del Movimiento se reclutaron seguidores que fueron divididos en grupos de 100 personas que, a su vez, extenderían en la población las diversas técnicas de la acción no violenta. El coordinador de esta fase fue otro de los miembros de la academia: Saad Bahrar.
La vinculación de estos grupos con los instrumentos del “poder blando” de la política exterior de Estados Unidos, que había sido desplazado en los medios de comunicación españoles, tanto masivos como alternativos, incluso comienza a hacer una tímida aparición. Pero es que ya desde febrero es posible conocer gracias a The New York Times la relación entre la Academia para el Cambio, el Movimiento 6 de Abril y la Academia Democrática Egipcia – que recibe fondos de los Estados Unidos para promover los Derechos Humanos y la vigilancia de los procesos electorales – y la presión a la que se vio sometido el dictador egipcio por parte de la Casa Blanca desde la última semana de enero. En otra información, de abril, el diario neoyorkino ya vinculaba la actuación de la vanguardia de las protestas al entramado de ONG vinculadas a los intereses estadounidenses. El Instituto Nacional Demócrata y el Instituto Internacional Republicano (ambos financiados a través del Fondo Nacional para la Democracia) y Freedom House (financiado a través del Departamento de Estado) llevaban años trabajando de forma pública en Egipto, Bahréin y Yemen con organizaciones privadas, lo que era fuente de tensiones con los gobiernos de esos países. Sin embargo, muchas de las conexiones se mantuvieron en secreto para evitar reacciones negativas por parte de algunos miembros de los grupos especializados en la acción no-violenta, como había ocurrido con algunos de los serbios del grupo Otpor
Esas conexiones consistían en, además de apoyo económico, entrenamiento en Estados Unidos, Serbia y países más seguros para sus propósitos en el Medio Oriente y Norte de África, como Marruecos y Jordania. E incluso planificación específica de movilización y protestas, con manuales adaptados publicados por la Albert Einstein Institution, adaptados al entorno concreto de El Cairo.
Aunque ya databan de los momentos iniciales de la “Primavera Árabe”, en enero de 2011, se han ido multiplicando las evidencias consistentes de que existió un interés muy específico en fomentar el activismo político en algunos países de la zona MENA, y más especialmente, en Túnez y Egipto, pero también en Yemen. Desde los Estados Unidos, principalmente, se recurrió a mecanismos bien conocidos y estudiados, ya utilizados con anterioridad, especialmente en las “revoluciones de colores” que se desarrollaron en el espacio ex soviético entre 2003 y 2005, y anteriormente en la defenestración de Slobodan Milosevic en Serbia, en el año 2000. A su vez, esos recursos se habían inspirado en las protestas sociales que habían llevado al hundimiento del bloque del Este, entre 1980 (comenzando con las huelgas del sindicato Solidarnosc en Polonia) y 1989 (con la caída del Muro).
Todos estos habían sido movimientos antisoviéticos o incluso anti izquierdistas (neocomunistas o postsoviéticos, en la terminología estadounidense), algo que conviene tener muy presente para entender los actuales acontecimientos en la zona MENA. Entre otras razones, porque los operativos que se organizaron en las “revoluciones de colores” incluían el relevo concertado de los dirigentes “postsoviéticos” o “filorrusos”: Milosevic por Kostunica, Yanukovic por Yushchenko; Shevarnadze por Saakashvili; Akayev por Bakiyev. Eso no sucedió en Túnez y Egipto; o no parece haber tenido lugar de forma clara. Pero eso no es óbice para que se hubiera producido una repetición, al menos parcial, de lo ya visto en Ucrania, Georgia o Kirguistán, con las variantes lógicas correspondientes.
Plantear la posibilidad de que en Egipto y Túnez (por no hablar de Bahrein o Yemen) se hubiera producido alguna forma de “inducción estratégica” no tendría que desautorizar, a priori, a las revueltas de la “Primavera Árabe” como fenómenos de masas o populares, con motivaciones autóctonas y causas sociales o políticas objetivas, legitimados para derrocar a autócratas y tiranos. Pero esconder bajo la alfombra aquellos indicios que no cuadran con una explicación generalista, canónica o ideológicamente orientada, no contribuye a comprender cómo están operando las grandes potencias en la zona, y qué buscan y obtienen. Es decir, no contribuye a explicar lo que está sucediendo en toda su complejidad.
En sucesivos capítulos, intentaremos ir aportando aquellas explicaciones e hipótesis que ayuden a entender el por qué de los procesos de inducción estratégica que parecen haber estado en los orígenes de las revueltas tunecina y egipcia, en la guerra civil libia, en las derivaciones hacia Bahrein, Yemen y Oman, así como en las revueltas de Siria; e incluso en el enfrentamiento turco-israelí. Todos esos acontecimientos están inscritos en una misma zona, y forman parte de los procesos de cambio que están afectando al mundo árabe en su conjunto, que en estos momentos es una prolongación del enorme tablero eurasiático. Un panorama que, desde luego, parece haber sido previsto por George Orwell hace más de sesenta años en su célebre novela: 1984.
Carlos González Villa (U. Complutense) y Francisco Veiga (UAB)