Está escrito que Irán y los Estados Unidos deben entenderse; sus propios intereses así se lo exigen; la paz en Oriente Próximo y Medio así lo requiere. No obstante ambos interlocutores llevan 30 años perdidos, incapaces de hacerse llegar sus buenos propósitos, puesto que, en el bosque en el que tratan de encontrarse, sus declaraciones de buena voluntad son persistentemente distorsionadas por los duendes del pasado.
Reportaje de Presstv.ir sobre lo que en Therán es considerada su gran victoria diplomática de la primavera y el verano: la normalización de las relaciones diplomáticas con Egipto después de treinta años de interrupción
No voy a entrar a detallar ahora el calendario de la crisis de proliferación nuclear iraní ni a debatir sus verdaderos objetivos. La república Islámica es un país soberano y responsable ante la comunidad internacional; no existe, a priori, razón legítima para desconfiar de ella si no lo ha existido antes para hacerlo de las actuales potencias nucleares, declaradas o no. Aún así, Occidente sobrerreaccionó ante el programa nuclear, por percibirse amenazado, y actuó simultáneamente en dos frentes: uno económico, con las consabidas sanciones y otro diplomático, tratando de influir en la política exterior de los países vecinos de Irán para crear un vacío en su derredor.
Pero a la vez que se colocaba la soga en el cuello iraní, se le regalaba una tijera para cortarla: la desastrosa situación creada allende las fronteras iraquí y afgana por la coalición de guerreros contra el terror, favoreció el ejercicio de una política exterior empática, pragmática y responsable que rápidamente se extrapoló con éxito a las distintas coyunturas de los países vecinos y de su entorno regional.
El concepto de la política exterior iraní se puede plasmar en algo así como: “lo que es bueno para mi vecino, es bueno para mí, y viceversa”. A partir de ahí, la República Islámica se lanzó a ofrecer su colaboración en aquellos problemas candentes que afectaban a la región y cuya solución pasaba forzosamente por un esfuerzo conjunto: seguridad, desarrollo económico e infraestructuras de comunicaciones.
Así, en el campo de la seguridad, Irán coordinó esfuerzos para aplacar al extremismo suní, reducir el tráfico de estupefacientes y solucionar conflictos enquistados como el que enfrenta a Armenia con Azerbaiyán. En el campo económico concedió préstamos e invirtió en proyectos, actuando como motor económico en Oriente Medio y Asia Central. En el campo de las infraestructuras, facilitó el acceso de los vecinos a su propia red ferroviaria y oleoductos, convirtiendo su territorio en un corredor que comunica Asia Central con el Golfo Pérsico.
Esta política exterior es un triunfo personal de Ahmadineyad; inicialmente se empezó a trazar de forma paralela entre el ejecutivo y la presidencia (el anterior ministro de exteriores iraní, Manucher Mottaki, había sido designado directamente por el Guía Jameneí). Pero cuando se desveló la preeminencia de la primera vía frente a la segunda, Ahmadineyad tomó las riendas y nombró a su propio ministro de exteriores. La destitución de Mottaki, que no podía llegar sin la sanción del Guía, fue el reconocimiento del triunfo de la diplomacia ejercida por Ahmadineyad, que consiguió desbaratar el bloqueo impuesto por EE.UU. sobre la república islámica.
Dentro de esta coyuntura, a mediados de 2010, las diplomacias egipcia e iraní iniciaron un acercamiento después de 30 años de ttoal carencia de sintonía. Aunque cabe pensar que la iniciativa fuera de la imaginativa campaña desatada por Ahmadineyad, desde luego no habría ocurrido sin una voluntad de aproximación por parte de El Cairo. El acercamiento hacia Egipto es muy relevante, puesto que a los ojos de Irán, éste país compartía junto con EE.UU. el estigma satánico por su acuerdo de paz con Israel. La maniobra hubo de superar la oposición israelí y también la saudí, y además se ha mostrado consistente como para trascender los cambios políticos ocurridos en Egipto.
Pero la trascendencia del acercamiento no quedó sólo en el hito histórico, dado que la nueva coyuntura en Egipto, junto con el alejamiento entre Israel y Turquía (que además se aproxima posiciones iraníes) convierte a Irán de asediado a asediador del estado de Israel, al acercar a todos los países limítrofes a una postura política favorable. Desde luego, la diplomacia iraní parece superar con creces a la israelí, y no es de extrañar dado que ofrece apoyos bastante consistentes basados en los tres ases arriba citados: 1º la lucha contra el extremismo suní, 2º apertura de sus puertos del Golfo Pérsico al comercio con Asia Central y, si hiciera falta, ¡ayuda económica a base de sacos repletos de dólares! (como no dudó hacer el propio Ahmadineyad en su visita a Kabul en 2010).
Las consecuencias del acercamiento con Egipto también se hicieron sentir en el Reino Saudí, país que con un 10-15% de población chií se siente amenazado por la República Islámica y trata de contener su expansión. Arabia Saudí también había constituido un anillo defensivo frente a Irán: los Emiratos del Golfo, Irak, Kuwait y Pakistán, eran sus principales peones; exceptuando Kuwait, en todos ellos su influencia ha sido desplazada o equilibrada. Cuando la minoría chií de Bahrein se manifestó por sus derechos, el vaso saudí empezó a derramarse.
Arabia no sólo se vio forzada a intervenir en Bahrein y Yemen, mostrando su cara autocrática a la Primavera Árabe, sino que intentó contagiar su propia preocupación a las demás monarquías del Golfo para alejarlas de la influencia iraní. También en el campo económico, Arabia Saudí ha contraatacado intentando llevar a la baja el precio del crudo, factor que afectaría directamente a las finanzas iraníes y reduciría la capacidad de la República Islámica para influir económicamente en su entorno. La respuesta de Ahmadineyad muestra lo consolidada que es su posición interna, dado que consiguió, en primer lugar, sustituir al hombre de Jameneí al frente del Ministerio de Petróleo por uno propio (provocando el revuelo parlamentario que se citaba en la primera parte de este artículo) y aprovechar su mandato por turno de la OPEP para liderar una mayoría de naciones contrarias al aumento de extracciones de crudo, desmontando la iniciativa saudí.
La diplomacia iraní, sin recurrir a la agresión, esta cosechando triunfos donde coaliciones multinacionales y millones de dólares y euros han fracasado. Ante su trayectoria se comprende que la República Islámica comience a pedir al régimen de Siria, uno de sus tradicionales apoyos en la región, que se doblegue ante las exigencias de los sublevados. El futuro de una república nacida de la expresión de la voluntad del pueblo, pasa por escuchar y respetar la voluntad del pueblo. Ojalá que el anillo de la Primavera Árabe se cierre con un Irán aceptado internacionalmente, que, libre de la paranoia de la amenaza externa, deje de ser tan cruel con sus enemigos internos y consolide definitivamente su sociedad civil.
Han pasado dos años desde la reelección de Ahmadinejad y el inicio de los tumultos en que desembocaron las elecciones más disputadas y amargas de la historia de la República Islámica de Irán. Para algunos analistas, lo allí ocurrido constituye un precedente a la posterior Primavera Arabe , destinada a retornar en forma de contagio, cerrando el ciclo en una Primavera Iraní.
Pero ¿es comparable la situación política iraní a la de Túnez, Egipto, Yemen, Bahrein, Siria, Libia, Marruecos o Jordania, antes del inicio de la Primavera Arabe? Desde luego que no. Es más, puestos a establecer algún paralelismo lo podríamos llevar a cabo con la revolución que en 1979 depuso al Shah de Irán; desde entonces, el sistema político que rige en la República Islámica, por mucho que disguste en Occidente, ofrece más un modelo a emular que a evitar. Irán es uno de los países con más bazas para constituirse en una democracia civil consolidada, superando incluso las fracturas étnicas, si se le permite evolucionar sin interferencias exteriores.
Así, mientras que en Occidente se ansía que la oleada de revueltas culmine con la defenestración de los Ayatolás, la República Islámica defiende la legitimidad de todos los movimientos revolucionarios, allá donde ocurran e independientemente de sus intereses estratégicos. Irán, a diferencia de Occidente, ha apostado sin ambages por respaldar la voluntad popular de cambio de todas y cada una de las revueltas contra regímenes totalitarios, a los que acusa de ir contra los principios del Islam.
Y es que Irán ofrece un modelo que muchos países de la zona desearían para sí mismos, y que, aún con la deposición de sus actuales tiranos, encontrarían numerosos obstáculos para su implantación en sus distintas versiones autóctonas. La República Islámica es una democracia, lejos de la perfección, por supuesto. ¿Cuál de las existentes lo es? ¿Hemos olvidado como aconteció la reelección de George W. Bush? En Irán existen plataformas políticas que recogen las inquietudes de la población y se llevan a cabo procesos electorales con vivos y enconados debates entre los candidatos; además la República Islámica es dueña única de sus recursos naturales y celosa guardiana de su soberanía e independencia.
No obstante en Irán hubo ciertamente un movimiento de protesta, salieron a la calle decenas de miles de iraníes y se produjeron altercados y enfrentamientos: se manifestaba un claro descontento con el resultado electoral y se pedía su revisión. La principal diferencia entre los principales candidatos era de índole económica; mientras Ahmadineyad defendía una mayor intervención del estado en la economía y subvenciones para los más desfavorecidos, el Movimiento Verde propugnaba la privatización de los recursos públicos, y una mayor integración de la economía iraní en el mercado global. En ningún momento estuvo en tela de juicio el sistema político existente en la república islámica.
Por otra parte, en el frente interno, Irán no ha levantado el pie de la feroz represión que aplica a sus disidentes políticos, y en lo que va de año ya lleva ahorcados a más de 70 personas, incluyendo a alguna mujer y residentes con doble nacionalidad. Esta campaña de terror que antecede a las actuales revoluciones, desde luego ha inmunizado de forma notable a la república islámica frente a las ondas de la Primavera Árabe y le permitirá seguir concentrando sus esfuerzos en el frente exterior y explotar la situación que se abre con múltiples oportunidades.
Como es habitual, los medios occidentales se empeñan en magnificar todo aquello que pueda desprestigiar al sistema político iraní, el cual, nos guste o no, es el mayor activo de que dispone ese país para ir mejorando su estado de derecho y sociedad civil y, por tanto, salvaguardarlo del entremetimiento del Occidente global. La reciente pugna entre Ahmadineyad y Jameneí, tan pregonada por los medias occidentales, no fue más que un forcejeo típico entre un ejecutivo y la oposición de cualquier democracia, sometido al arbitraje de una instancia superior. Afortunadamente para Irán, el asunto no fue a más, puesto que dispone de un importante elemento moderador de su política interna en el Guía de la Revolución: Alí Jameneí. Y hubiera sido absurdo, por su parte, echar por tierra a un ejecutivo que no sólo ha fortalecido la posición exterior de Irán, sino que ha llevado a cabo exitosas reformas económicas internas (reforma de los subsidios, en especial) que han minimizado el impacto de la actual crisis mundial en el iraní de a pie. Desautorizar al actual ejecutivo hubiera supuesto poner en tela de juicio los logros de la república islámica, dañando de paso la imagen de su sistema político.