
Carros de combate kurdos desplegados en los alrededores de la ciudad de Kirkuk, el pasado 3 de diciembre. Fuente: Yahoo!News
Miguel Máiquez, Recortes de Oriente Medio, 12 de diciembre, 2012
A punto de cumplirse un año ya de la salida de las tropas estadounidenses, Irak está muy lejos aún de haber encontrado una mínima estabilidad. De hecho, el año parece estar acabando exactamente como empezó: con una escalada de la tensión sectaria y étnica que ha marcado la historia del país desde que en 1932 la Sociedad de Naciones dio por finalizado el Mandato Británico y reconoció su (tutelada) independencia.
En los primeros meses de 2012 estalló el conflicto sectario cuando, nada más salir los últimos soldados de EE UU, el Gobierno del primer ministro Nuri Kamal al Maliki, un chií, ordenó el arresto del vicepresidente, Tariq al Hashemi (suní), acusado de participar en actividades terroristas. Ahora, el año concluye con un preocupante agravamiento del interminable conflicto étnico del Kurdistán iraquí, una crisis en la que, obviamente, hay otros factores en juego, más allá de la etnia. El primero de todos, el petróleo.
El último capítulo hasta ahora del ‘problema kurdo’ comenzó también tras un movimiento de Maliki, cuando el primer ministro decidió incrementar significativamente el control de Bagdad sobre las fuerzas de seguridad que operan en Kirkuk, un territorio de gran riqueza petrolera, disputado por ambas partes, y en el que tropas iraquíes y kurdas se reparten la responsabilidad de mantener el orden. La excusa: evitar atentados terroristas. Como explicaba Joost R. Hilterman, del International Crisis Group, a The New York Times, recurriendo a una de las expresiones más mencionadas en la región últimamente: “Para los kurdos la decisión de Maliki fue cruzar una línea roja. Básicamente, Maliki se hizo con el control de la policía, y los kurdos nunca van a ceder Kirkuk”.
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