Rusia: protestas contra el inmovilismo

Regresan las banderas rojas a la Plaza Roja. En primer término, se puede apreciar el retrato de Stalin. Como ha venido siendo habitual en las protestas que han tenido lugar a lo largo de 2011, y de la misma forma que sucedió en las “revoluciones de colores”, las grandes agencias de noticias occidentales tienden a difuminar la composición social y política de las protestas tras definiciones genéricas tales como: los “jóvenes rusos”, los “indignados” o los “manifestantes de la oposición”. Sin embargo, está quedando demostrado que tras el etiquetado mediático de fenómenos como la “Primavera Árabe”, laten fuerzas muy diversas

RUSIA: EL TIEMPO NO PASA EN BALDE

“El Periódico de Catalunya”, 27 de diciembre, 2011

Francisco Veiga

La pérdida de votos que ha experimentado Rusia Unida en las recientes elecciones, y las protestas callejeras que han seguido después (en menor medida) evidencian que un porcentaje creciente de rusos piensan, abiertamente, que su país necesita una mano de pintura. Eso resulta evidente para cualquier occidental que viaje a Rusia en general y a Moscú en particular: miles de coches rutilantes de gama alta circulando por unas calzadas que necesitan de mejor conservación; pijería local de calañas diversas arracimada en las escasas cafeterías capaces de responder  a sus expectativas de consumo. Y abajo, en el metro, tristón y no siempre bien iluminado, la imagen de la perpetua infelicidad desplazándose de aquí para allá: público mortecino y hosco vestido con ropa de hace años. Es la viva imagen que ofrecía el film Metrópolis”, de Fritz Lang, allá por 1927: los trabajadores en el subsuelo y los ricos explotadores en la superficie. De un lado: ¿cómo se puede disfrutar de la propia riqueza en un entorno empobrecido y tristón? Del otro: en tiempos de la Unión Soviética, quizá valía la pena defender un modo de vida sobrio, que era el sustento de una ideología pretendidamente mesiánica, de alcance universal. Pero ahora, las propias privaciones sólo parecen respaldar el coste de la vida absurdamente caro, que es el que genera la nueva clase media rusa.

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