
Fuente: Before It’s News
2012 se cerró sin una solución para el conflicto de Siria, al que ya hace tiempo se denomina abiertamente, y sin ambages, guerra civil. La puntualización no es baladí, puesto que durante los primeros meses, los medios de comunicación occidentales mantuvieron aquel guión ensayado en Libia en 2011 (con antecedentes en Kosovo, en 1997 y 1998): lo que sucedía en Siria no era un enfrentamiento civil, sino la mera represión de las manifestaciones de la oposición por las fuerzas de seguridad del régimen de Bashar al Assad. Este tipo de libretos se plantean como carreras de fondo: las protestas no cejan, a pesar de la dureza empleada en la represión, y las sospechas de que entre los contestatarios hay armas son desmentidas o denunciadas como “provocaciones del régimen”. Pero finalmente termina apareciendo como por ensalmo algún grupo guerrillero o miliciano rebelde cuya capacidad de combate crece con notable rapidez.
Ese momento marca también el de la aparición, a plena luz, de la implicación internacional. En el caso de Siria, la indisimulada participación de unos y otros creció de forma tan acelerada como desordenada. Turquía, Qatar, Arabia Saudí, Irán y Rusia en un primer plano; la “comunidad internacional” de las potencias occidentales con mayor discreción; la internacional yihadista con el mayor de los entusiasmos. Y como resultado, una contienda que se nos presenta todavía como una gran batalla que enfrenta a los “rebeldes” contra el régimen de Bashar al Assad, el consabido esquema en negro sobre blanco, reforzado por la constitución de la denominada Coalición Nacional de Fuerzas Revolucionarias y de Oposición, el pasado mes de noviembre.
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